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«Ha desaparecido el horizonte ético. Nadie se atreve hoy a hacer una propuesta de hombre en la enseñanza»

un mundo que agoniza

«Ha desaparecido el horizonte ético. Nadie se atreve hoy a hacer una propuesta de hombre en la enseñanza»

Olegario Fernández de Cardedal, teólogo

15.03.13 - 12:40 -
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Abulense de cuna y salmantino de vocación, Olegario González de Cardedal es el teólogo español más internacional. Lo era ya antes de recibir el premio Ratzinger de teología en 2011, y mucho más después.Amigo personal del hasta hace unos días Benedicto XVI, cuya renuncia ha elogiado y defendido, es hombre de una solvencia intelectual intachable. No en balde fue compañero de Xavier Zubiri y alumno y compañero de Karl Rahner. Desde la atalaya de la salmantina plaza del Concilio de Trento, con la vista puesta en la estatua de Francisco de Vitoria, por un lado, y en el convento de San Esteban, por otro, reflexiona sobre el devenir del ser humano desde la vitalidad de sus 78 años bien sobrellevados.

–¿Qué le preocupa más de la situación actual: la crisis económica o la crisis de humanidad?

-Me preocupa la crisis de confianza, de esperanza de la humanidad en sí misma, dos de cuyas expresiones son la crisis económica y la crisis política. Ellas derivan de que algo en el ejercicio de lo humano no ha estado a la altura de nuestras posibilidades y responsabilidades.

–Durante más de una década hemos vivido entregados a los valores materiales, despreciando cualquier otra consideración.De alguna manera esto está en la clave de lo que está pasando ahora.

–Habría que esbozar un mapa más complejo de lo que ha sido la dinámica de fondo del siglo XX. En un primer momento, a partir de la primera guerra mundial, surgen las grandes propuestas de cambio total de la realidad (sea el fascismo del III Reich o la sociedad sin clases socialista). Hasta 1989 cuando el último gran proyecto utópico mesiánico, el comunismo, se derrumba. Y en esemomento, de brazos caídos, la humanidad se pregunta: ¿pero todo aquello valió la pena?¿Nofueuna desmesura? Ycambia el horizonte. Se desiste de los absolutos, lo teológico incluido, para atenerse al placer de cada día, al gozo de cada día.Ynos decimos a nosotros mismos que lo otro puede esperar.

–Pero no solo se ha renunciado a los absolutos, sino también a toda idea transformadora. Nos hemos instalado en un carpe diem pobre.

–El hombre tiene que tener un horizonte de totalidad para comprender las cosas individuales y un horizonte de futuro para comprender el cada día. Y eso abarca lo cultural, lo moral, lo religioso, lo político, etc. A partir de esas fechas que hemos citado, los años 80-90, ese marco de totalidad englobante de sentido se quiebra y ese horizonte es sustituido por los objetos, las cosas. El nihilismo no es un problema moral, es la desaparición de las realidades trascendentes a partir de las cuales las inmanentes cotidianas tenían sentido, valor, dignidad y exigencia. Sin ellas, las cosas se agotan en sí mismas. Se vuelven insignificantes.

–Sin embargo, existe un fenómeno paralelo a este, y en cierto modo compensatorio. Hay generaciones enteras que siguen alimentándose en su cotidianidad de viejos valores despreciados, que no figuran en el circuito de lo que cotiza, pero que les nutren personalmente.

–Es que existe una gran dificultad en el análisis de los cambios históricos, que es conocer la proporción entre lo que cambia y lo que permanece. Estamos inclinados a dejarnos llevar por la impresión de que los cambios son muchos y revolucionarios, y no suele ser así. Los estratos profundos de la vida humana, de los que se alimenta y que la sostienen, como la conciencia de dignidad personal, la seriedad profesional, la familia, las instituciones acreditadas a lo largo del tiempo… eso no cambia fácilmente. ¿Quién está sosteniendo ahora España? La familia, la Iglesia (Cáritas), Cruz Roja… lo digo como símbolo de instituciones naturales, religiosas y cívicas que estaban ahí, y que no habían sido desmontadas. Falta por saber qué será de la sociedad cuando asuma el poder una generación que no ha sufrido nada hasta hoy. Porque en política, en Iglesia y en cultura somos aún los remanentes de la generación anterior los que tenemos sostenidas a pulso la sociedad, la cultura y la Iglesia. El cambio total no se ha producido.

–Ya hemos intuido algo del vértigo de ese peligro con la generación de Rodríguez Zapatero…

–Claro, es una generación sin profesionalidad, sin dureza de la vida, sin horizonte internacional, cultural… Mire, es sobrecogedor pensar cómo pudo ocurrir eso. Un proyecto político ciego, insolente, llevado a cabo por un adolescente resentido.

–Permítame que le lea una cita de Pascal Bruckner, de ‘La tentación de la inocencia’. «Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en secuencias de los propios actos.A ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones: el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada». Tiene que ver con lo que hablamos, me parece.

–Perfecto. Esta es la explicación de lo que hemos querido decir…

–Este es uno de los problemas. Que hemos sido educados solo en derechos y no en deberes. En la libertad, pero no en la responsabilidad…

–Mi generación tuvo que salir primero del mundo rural, luego del mundo dictatorial y luego de la exclusión de Europa y de la pobreza. Y lo hizo mediante el esfuerzo, y a través de la cultura como instrumento de libertad y de dignidad. Esta generación que sufre, que batalla y que lo tiene difícil, cuando forma una familia intenta ahorrar a sus hijos la dureza y carencias que ellos habían sufrido, pensando que cuanto más se les facilitara la vida mayor sería la conquista y el logro. La generación de esos niños así crecidos es la que ahora tendría que tomar la responsabilidad pública, pero carecen de dureza, de capacidad para asumir el dolor.Han nacido en una sociedad medicalizada, donde al primer dolor ya había una pastilla. Y lo primero que desconocen son las necesidades del alma humana. Cuando necesidades, derechos y responsabilidades no van unidos, algo grave pasa. Porque, ¿qué posibilidad hay de responder a derechos si nadie se siente con obligaciones? Ese es el gran drama. Hemos pensado que el estado de bienestar debía atender todas nuestras necesidades, fueren las que fueren. Pero una cosa es el bienestar y otra el bien ser. En la medida en que las necesidades primarias de pan, cobijo, cultura y paseo están cada vez más resueltas, más altisonantes, duras y provocativas son las otras preguntas. ¿Quién soy? ¿Para qué estoy? Y cuando llega el momento de la muerte, ¿quién me dice por qué muero y para qué muero? Nos refugiamos en las pólizas de vida y de enfermedad en busca de seguridades, pero las verdaderas seguridades siempre son de orden personal.

–El problema es que durante las dos últimas décadas esas grandes preguntas han sido aplastadas por la promesa del bienestar.

–El proyecto socialista marxista, pese a todo, era un proyecto de dignidad ética. Con todas sus miserias y carencias, pero de alguna forma ponía al hombre al servicio de su prójimo. Cuando eso se hunde, sólo queda la alternativa de la cultura materialista, porque Europa se había plegado a la fascinación de ese discurso. Buena parte de la cultura e incluso de la Iglesia estaba dispuesta a sacrificar la libertad. La traición de la cultura europea está ahí, en su incapacidad para hacer examen de conciencia de su encubrimiento de tantos excesos del comunismo. George Steiner, en ‘A la sombra de las luces’, cuestiona la Ilustración y recuerda que fue justamente Alemania, que era la cumbre cultural y técnica de la época, la que se pliega a un asesino loco como Hitler y provoca la masacre de la II Guerra Mundial. Eso es la Ilustración. Eso ha sido la cultura. El entusiasmo por la razón, que hay que mantener siempre, debe ser realista, y saber de lo que es capaz y lo que necesita.

–En ese despliegue ilustrado de la razón, hay un efecto perverso muy europeo que es el desmontaje intelectual de los fundamentos que nos sostenían…

–Es un antihumanismo. Coja a Foucault, Deleuze, Derrida… es terminar con el hombre. Se puede decir del cristianismo todo, pero ha mantenido la gloria del hombre, con una dignidad absoluta. Porque es imagen de Dios y porque Cristo murió por cada uno. De modo que tienes que considerarte aquel por quien Cristo murió. Esto ha permitido a cada hombre –incluso en el gulag, incluso en la cárcel, incluso en la pobreza…- decir: «No estoy solo». En el prójimo,Dios seme hace presente. Ahí se sitúa la filosofía de Levinas: el rostro del otro me dice acusativamente: «No me mates».

–Esto, que lleva a la consideración del otro como hermano, está en la base de conquistas decisivas como los derechos humanos…

–Evidentemente. Tenemos de fondo a Francisco de Vitoria, que es el primero que se pregunta qué pueden hacer los conquistadores con los conquistados. ¿Son materia bruta? ¿son carne humana? Luego vendrá el pensamiento moderno, pero odo comienza en la Escuela de Salamanca. No hay nadie radicalmente distinto de otro hombre, porque se le define como imagen de Dios, y aquel por quien Cristo murió.

–Hay un problema. Podemos tener la tentación de creer que los derechos humanos son una especie de árbol que se sostiene solo, pero sin la savia de las convicciones cristianas o humanistas puede secarse.

–Los derechos humanos se formulan en París en 1948 por Jacques Maritain, en un momento en el que bullía todavía el proyecto de hombre que la herencia grecolatina y cristiana ilustrada había forjado. Se trataba de una concepción ascendente. El hombre comoalguien que con su razón se abre a lo absoluto y, por tanto, es encargado del mundo, soberano de las cosas y distinto de los demás animales y superior. En un momento como el actual este presupuesto está acosado por dos lados. Primero, por el mundo musulmán, que dice: esos derechos humanos no son universales, son el producto de una tradición cristiana, que no es la nuestra, y de una cultura occidental, que no es la nuestra. Por tanto, nosotros no nos sentimos afectados por ellos y organizamos la política y la cultura a nuestro modo. Segundo, por la amenaza de una comprensión puramente horizontal del hombre que lo ve en la mera continuidad de lamateria a la vida, y de la vida a la conciencia, pero en igualdad con el resto de los seres, sin ruptura de nivel. Por ese camino se llega a lo que afirma Peter Singer: como la persona se define por la conciencia, y la conciencia en los ancianos y en los niños con síndrome de Down es menor que la del chimpancé, debemos cambiar la definición de persona, extendiéndola a más que los humanos y no a todos los humanos.

–¿Dónde queda el hombre entonces?

–Justamente aquí está en juego la definición del hombre. ¿Es el animal que ha sobrevivido afirmándose como el más poderoso frente a los otros? ¿O es como lo define el Génesis en el diálogo de Dios con Caín? Todo ese capítulo está pensado para dar marco a la frase «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?». Porque, por definición, eres el guardián de tu hermano. Tú no eres tú sin él, y solo eres tú en la medida en que velas por él. Y ahora vamos a la segunda parte del capítulo cuando Dios prohíbe que nadie ponga lamano sobre Caín, pese a que es culpable de fratricidio, que es el segundo pecado original. Otienes esta comprensión del hombre o tienes la del evolucionismo darwiniano… Pero cuidado, que el eslabón de la cadena evolutiva no se ha encontrado. ¿Por qué no sabemos de ningún prehumano que haya compuesto una sinfonía, o escrito una ‘Divina Comedia’ o un ‘Quijote’? Ha desaparecido el horizonte ético. Nadie se atreve hoy en la enseñanza a hacer una propuesta de hombre, porque teme que le tachen de dogmático, radical o ingenuo.

–El sociólogo Zygmunt Bauman con su concepto de sociedad líquida refleja de formamuy gráfica la situación en la que estamos, con un mundo caracterizado por la mutación de valores, sin solidez.

–Los que somos hijos de la tierra sabemos que la lluvia es soberana nuestra. Cuando uno ha vivido las cosechas sabe que él no es dueño. Y cuando tiene el camposanto al lado de su iglesia ve nacer y vemorir. Y acompaña a los enfermos. Ese ser humano sabe que hay realidades primordiales que nos exceden siempre. Y por tanto nunca sucumbirá a la fascinación prometeica de ser superior a eso. Ni a la tormenta,ni a lamuerte, ni, en última instancia, a la inseguridad radical de la existencia. Porque sabe que ni pudo asegurar su comienzo ni puede asegurar su final.

–Ha mencionado algunas de esas experiencias de la fragilidad que tan importantes son para hacerse preguntas. Pero las ciudades son un microcosmos tan protector que alimentan en las personas la ficción de creersemenos desamparadas de lo que realmente son.

–Yo, que soy de Cardedal, he visto cómo las casas iban conquistando terreno al campo; ahora que el pueblo está abandonado, la naturaleza regresa y come a Cardedal; vuelve a ser selva. Por tanto, hagamos un elogio incondicional de la ciudad. Pero si es verdad que la ciudad nos defiende, y nos ayuda a superar ese desamparo, crea otros desamparos. La comunicación interior que antes se daba en los pequeños municipios ha sido sustituida por una comunicación uniformizada, la de los medios informativos, acompañada de la infinita soledad de bloques de viviendas donde nadie conoce al vecino y en los que una persona puede llevar muerta dos semanas sin que nadie se entere. La ciudad es generadora de defensa y amparo y, a la vez, generadora de otras formas de soledad.

–Hay algunos síntomas de que este modelo que estamos viviendo tiene resultados insatisfactorios. La prueba es que la depresión es la enfermedad de nuestro tiempo. Es un síntoma de alarma. En algo estamos fallando y no estamos sabiendo hacer bien las cosas.

–Hicimos un hombre incapaz para el sufrimiento. Incapaz de la espera. Le dijimos que todo estaba para su disfrute inmediato. El placer y el amor. No, mire usted. El gozo está al final, no está al principio. Nada que no lleve esfuerzo por delante merece la pena. Nadie que no haya llorado sabe lo que es la vida. Si quiere a alguien, no le ahorre sufrimiento, acompáñelo. Y luego hay un intento de aplanamiento de todo, instaurando el método democrático como el instrumento regulador de todas las situaciones humanas. Y es absolutamente falso. Ni en ciencia, ni en ética, ni en creación literaria, ni en religión vale el método democrático. Por este camino estamos deshaciendo la propia democracia, vaciándola de lo que son sus raíces, que están en otro lugar más allá de sí misma. De estemodo se convierte en un estanque en el que pueden cantar todas las ranas. Y en el que todas las fórmulas políticas terminan siendo posibles.

–Hay un riesgo de que retornen los totalitarismos y fundamentalismos.

–Evidentemente.

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«Ha desaparecido el horizonte ético. Nadie se atreve hoy a hacer una propuesta de hombre en la enseñanza»
Olegario González de Cardedal. / G. Villamil
El Norte de Castilla

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