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«Vamos hacia un mundo instalado en la banalidad más absoluta»

UN MUNDO QUE AGONIZA

«Vamos hacia un mundo instalado en la banalidad más absoluta»

GUSTAVO MARTÍN GARZO, ESCRITOR

18.01.13 - 11:30 -
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Hablemos de la crisis. Porque uno de sus efectos menos comentados, y que aparentemente preocupa poco, es su impacto en el mundo de la cultura. Se han reducido, o suprimido, todas esas actividades (conferencias, encuentros…) que ayudaban a despertar la curiosidad y la reflexión, y a divulgar el conocimiento. Todo eso se ha considerado prescindible.
–Completamente prescindible. Y la verdad es que era importante, porque pese a la modestia de las actividades, ahí es donde se realiza una labor de siembra, que es más importante que los grandes congresos. Lo que queda es eso, la cultura del espectáculo, el gran evento, el gran acontecimiento… la gran exposición de Velázquez que lleva a la gente a hacer grandes colas cuando resulta que el 90% de los cuadros están permanentemente en el Museo del Prado. La idea es esa: transformar la cultura en una especie de acontecimiento social. De manera que la gente que vaya tenga el sentimiento de que no se ha perdido algo imprescindible, que ha formado parte de su época, y de un grupo social, más o menos selecto, que es capaz de disfrutar de cosas delicadas. Es la concepción burguesa de la cultura: la cultura como adorno.
–Esto tiene que ver con una forma de concebir la vida como un lugar en el que se van marcando muescas, para dejar constancia de lo que se ha hecho… De esto se han dado ya cuenta los expertos en turismo. Ahora ya no se promocionan lugares, se venden experiencias. Pero es una forma de interpretar la palabra experiencia bastante devaluada de partida.
–Completamente. Esto lo decía Walter Benjamin cuando identificaba la crisis de la experiencia como una de las crisis de lo contemporáneo. Es decir, se hacen viajes, se visitan museos, se va de un lugar para otro, pero esto no se traduce en algo que deje huella en la propia vida. Esas personas apenas saben contarte luego qué ha pasado, porque no ha pasado realmente nada. No lo han transformado en una experiencia suya. Cuando lo transformas en una experiencia de verdad entonces surge la necesidad de contar. Y contarlo es reflexionar sobre lo que ha sucedido; y eso significa pensamiento, que es de lo que carecemos.
–Vivimos instalados en la superficie, en la cáscara de las cosas…
-Claro, la experiencia profunda significa un cambio, una conmoción, un cuestionarte lo que eres. Tiene algo de inquietante y de perturbador.
–Cuando eliminamos esas pequeñas actividades culturales que son las que estimulan la curiosidad, la disgresión, la inquietud… ¿no nos lanzamos camino del precipicio?
–Bueno, supongo que sí. Vamos hacia un mundo en el que se ha instalado la banalidad más absoluta. Pero hay que confiar en que surgirán resistentes. Será una minoría, porque en el fondo siempre ha sido una minoría la que se plantea estas cuestiones. La cultura tiene que servir para situarse en el corazón de las cosas, para volver a hacerse las grandes preguntas, para cuestionarse si el mundo tiene que ser exactamente así, por qué lo es, y si no puede ser de otra forma. Todas esas preguntas que forman parte de la gran cultura.
–Esas reflexiones producen nostalgia. ¿De verdad queda gente que se haga esas grandes preguntas en estos días? Si ni siquiera se estudia ya filosofía en los colegios…
–Hombre, sí queda gente. Muy pocos, pero hay escritores, cineastas, artistas, pensadores, que siguen haciéndoselas. Pero es algo preocupante de nuestro tiempo el que probablemente nunca como ahora se había dado un corte tan radical con todo lo anterior. Antes el hombre sabía que había una tradición, que había una historia, que otros hombres habían vivido antes que él, que todo aquello con lo que él se encontraba se lo debía a ellos… A lo mejor no sabía mucho, pero por lo menos tenía esa visión. Pero es que ahora se ha producido un corte con el pasado, con la memoria. Y la cultura, como depositaria de esa memoria esencial, en gran parte ha perdido su función y su valor. Ahora vivimos como si hubiéramos caído del cielo, como si hubiéramos crecido por generación espontánea.
–Es el presente perpetuo, la novedad permanente, la pasión por lo último… que en realidad podría concebirse como una consecuencia del capitalismo, que es un sistema económico que prima la renovación frente a la durabilidad de las cosas…
–Sí, claramente. Y de ahí que ahora ocupen las noticias de los telediarios cosas como el nuevo aparatito que ha sacado Apple. Es una locura absoluta que esto sea lo que llene nuestras vidas. Ha desaparecido en gran medida esa visión clásica de la cultura como aquello que nos proporciona objetos necesarios y bellos, según la definición de Platón. Y todo ese mundo anterior, de los grandes artistas, los grandes pintores, los grandes pensadores… todo eso ha quedado descartado, y eso produce un vacío. Y quienes hemos disfrutado de ellos sentimos que ahí se ha perdido algo esencial. Eso explica que nos sintamos un poco pesimistas respecto al estado del mundo, la verdad.
–De pesimista a pesimista, ¿tiene arreglo nuestro mundo?
–Supongo que sí, que algo saldrá. La conciencia de crisis es algo inherente a nuestra historia. Todos los tiempos han sentido que aquello no iba bien y han idealizado el pasado. Por tanto vamos a confiar en que también nuestro tiempo sea capaz de generar sus propios valores. Supongo que la gente joven, inquieta y sensible se hará las mismas preguntas y se cuestionará las cosas de manera semejante a como lo hicimos nosotros. Y hallarán sus propias respuestas y sus propios caminos, que no sé cuáles puedan ser, pero seguro que los encontrarán.
–Uno de los aspectos más sugerentes de tu talante personal es tu culto a la lentitud, que no deja de ser una actitud de resistencia frente al vértigo de nuestros días.
–La lentitud es esencial. Es importante detenerse ante las cosas. Es incluso una forma de ser justo con lo que sucede a tu alrededor: prestar atención. Dar el tiempo suficiente que las cosas necesitan para mostrar lo que de verdad son. Esto te lo enseña la escritura.
La lentitud y la dificultad con la que normalmente el escritor escribe sus novelas, página a página, frase a frase, durante horas… por una parte es desesperante, porque te gustaría que todo fuera más rápido. Pero, a la vez, esa lentitud es buena porque te permite ahondar en lo que estás escribiendo e, inesperadamente, descubrir cosas que, si hubieras ido más veloz, no habrías visto. Creo que si he tenido alguna idea aceptable ha surgido por mi torpeza a la hora de escribir. Si hubiera sido más hábil probablemente habría pasado demasiado deprisa y no la habría percibido.
Lo que merece la pena siempre está escondido: hay que llamarlo, pedir que aparezca. Pero no aparece de golpe, no basta con pedir para recibir, sino que hay que insistir, merodear, perseguir… y esa es la búsqueda esencial. Y es una buena táctica para la vida. La gente juzga con demasiada facilidad todo, a los demás, por ejemplo. Hay que darles su tiempo.
–Quizás por eso es frecuente verle hablando con personas desconocidas. Es una forma de proceder que parece ir en contra de los preceptos de funcionalidad y eficacia de nuestro mundo, que nos invitan a perder tiempo sólo con aquellos que puedan sernos útiles.
–Esto no es algo que uno haga por resultar generoso o por ser compasivo. La vida es recibir, y para ello hay que estar abierto a lo que pueda aparecer ante ti. Para mí ésta es una cuestión clave. El escritor C. S. Lewis, que se ha hecho famoso por 'Las crónicas de Narnia', pero que ya era un célebre ensayista, decía que la poesía es lo que se encuentra, lo que se recibe.
Frente a la idea de que el poeta es aquel que expresa su propio mundo, o sus sentimientos, él afirma que antes que eso, la poesía es aquello que viene a ti. Esa disponibilidad ante el mundo, ese estar abierto, me parece una de las condiciones de la vida. Pensar que todo lo tuyo es lo único que merece la pena, que es lo bueno, que es lo justo, lo más complejo, lo más excelso… esto es un disparate completo. Muchas veces lo interesante es lo que te viene de fuera. Creo que hay mucha gente así: gente que está pendiente del otro, que tiene disponibilidad.
–Con permiso de los futuristas, ¿el vértigo es compatible con la mirada poética?
–Depende del modo como definamos vértigo. La mirada poética siempre comporta una dosis de vértigo porque es andar en las azoteas, en las cornisas, en los lugares donde no debes andar. La mirada poética tiene que ver, como decía Kafka, con andar metido en asuntos peligrosos. Es salirse de lo trillado, de lo que ya conocemos.
Hay personas que lo que parecen buscar, cuando leen un libro o van al cine, es que le hablen de las cosas que ya conocen, para identificarse. Yo creo que esa no es la función del arte. Es todo lo contrario: sacarnos de nosotros mismos, obligarnos a ir más allá y abrirnos a otras formas de ver el mundo. Hay una frase de un poeta israelí que yo comparto que dice: «Donde tenemos razón, no crecen las flores».
–¿Por qué nos pone tan nerviosos el silencio?
–Probablemente es uno de los problemas de nuestro tiempo, que tiene que ver con el otro vértigo, el vértigo entendido como velocidad y aceleración. Personalmente creo que el silencio es importantísimo.
-Es una de las grandes pérdidas relacionadas con el abandono de lo religioso. Las religiones siempre creaban espacios de silencio.
–El espacio de silencio verdadero es un espacio de espera, de lo que no sabes lo que es. La poesía surge del silencio. Hay que silenciar las palabras habituales. Tenemos que dejar de utilizar las frases hechas, los tópicos, los lugares comunes, para crear un lugar en el que algo nuevo pueda aparecer. El silencio tiene que ver con aquel que prepara su casa para atender a ese posible huésped desconocido que pueda llegar. Para atenderle, darle de comer, cuidarle si hace falta, y luego escuchar su historia: Quien es, de donde viene, por qué estaba así…
El silencio es ese lugar donde uno puede empezar a hablar de verdad, y contar lo que le ha sucedido, con esas palabras que no son aquellas con las que fingimos, sino las palabras que de verdad revelan lo que son. Esto lo decía también Miguel Delibes, quien afirmaba que la misión del escritor es la convocatoria de la palabra. Y la palabra aparece o no aparece. Pero para convocar la palabra tienes que callarte.
–Estamos hablando de la palabra verdadera. De la palabra simbólica.
–Claro, sí. De la palabra que tiene el poder de nombrar las cosas.
–O de hacerte vivir. Porque hay palabras que ayudan a vivir.
-Hombre, claro. La palabra poética es portadora de vida. A mí me gusta mucho 'Ordet' de Dreyer. Es una película deslumbrante, con una especie de Don Quijote que se obsesiona con los Evangelios y piensa que es Cristo, e intenta hacer milagros. A su familia aquello les desborda. Pero en un momento de la película se muere una cuñada suya y la niña, la hija, le pide que la resucite. Es la única que cree en él. El otro lo intenta, pero en un primer momento no lo consigue, y entonces dice una frase muy hermosa: «¿Dónde están esas palabras que tienen el poder de dar vida?». Y finalmente la termina resucitando.
Si lo piensas bien, esto es muy obvio. ¿Por qué leemos? Se pueden dar muchas explicaciones, pero hay una que es la más sencilla de todas: leemos para vivir con más intensidad nuestra propia vida. De un libro esperamos que nos haga vivir. Por tanto esperamos lo mismo que de un amor, de un viaje, de una experiencia… que de verdad merezca la pena. ¿Y cómo lo consigue el libro? Pues a través de las palabras. La palabra poética es palabra dadora de vida.
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