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Los negocios cuarentones de la calle San Lázaro

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Los negocios cuarentones de la calle San Lázaro

Varios establecimientos con cuatro decenios de historia recuerdan sus primeros años en esta vía de La Victoria

18.11.12 - 21:49 -
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Imagina que lanzas una pregunta al aire: ¿Ha cambiado mucho el barrio?_Pues antes de que el signo de la última interrogación caiga al suelo, las protagonistas de la historia la cogen al vuelo y comienzan a jugar con ella al pimpón, en un intercambio de recuerdos memorable. Maximiliana del Palacio –espléndida sonrisa en la frontera de los 90– tuvo una panadería en la vecina calle Neptuno. Carmen Giralda todavía despacha manzanas y naranjas en Frutas Rosa Mari, la tienda que hace más de 40 años abrió aquí, en la calle San Lázaro. Y entre las dos dibujan el blanco y negro del barrio, cómo era esta zona de la ciudad cuando ellas llegaron, a finales de los 60. La hemeroteca de El Norte, entre 1968 y 1970, es una continua sucesión de la publicación de licencias para construir, construir, construir. Y es en esta época –de calles embarradas y sin asfaltar, de huertas, de locales recién estrenados, como recuerdan Maximiliana y Carmen– cuando se asentaron la mayor parte de los rostros que se pasean por estas páginas.
Como Carmen. Llegó aquí hace más de cuatro decenios con la intención de parar, después de varios años dedicada a la venta ambulante. Con base en Puente Duero, Carmen y su marido Amando –primero con la isocarro, «luego ya en furgoneta y camión»– se conocían el calendario de las ferias regionales: «Los miércoles en Íscar; jueves, en Cuéllar; los domingos, en Medina, y los martes, Tordesillas. Me conozco Benavente como la palma de mi mano y Olmedo, como si fuera el pueblo de mi familia», dice mientras limpia, cuchillo en mano, una coliflor. Hasta que se cansaron de devorar kilómetros y decidieron echar raíces en la capital. «Mi marido conocía a un amigo del teniente del alcalde y nos comentó la posibilidad de coger un local barato en esta zona, que estaba creciendo», recuerda Carmen. El matrimonio aprovechó la oportunidad y cambió el remolque por un local en la calle San Lázaro que hoy también atiende su hijo Fernando, quien ha decorado la tienda con latas antiguas del cola cao, botellas de La Casera y radios de madera.
Pero veteranos como Carmen hay varios en la calle San Lázaro. Ahí está, sin ir más lejos (apenas unos metros calle arriba), Hipólito Pérez. Cuando su padre, Miguel, decidió dejar San Cebrián de Mazote y venirse a Valladolid (con diez hijos), Hipólito tenía 19 años, todavía no había hecho la mili, y enseguida comenzó a colaborar con su padre en el negocio familiar, en el autoservicio Hermanos Pérez (luego Hipólito lo llevaría con su hermano Miguel) que acaba de cumplir 45 años. «Lo abrimos el 5 de noviembre de 1967, cuando el barrio todavía estaba por hacer», recuerda Hipólito. «Esta calle era de tierra y aquí al lado, en lo que hoy es la plaza de la Solidaridad, estaba Textil Castilla, que dejó de funcionar al poco de venir nosotros. ¡Si casi no había edificios! ¡Desde aquí veíamos salir el tren burra incluso!», rememora Hipólito, quien presume de una colección de calabazas secas que adorna uno de los muchos estantes del negocio.
Ahora, para estantes, los que hay en la ferretería Delgado. Cuando abrió sus puertas en 1969 era un pequeño local en el que apenas se vendían «cuatro cazuelas». En realidad, esta es una exageración de Begoña Abad, burgalesa que montó un negocio que poco a poco ha crecido hasta ocupar los mil metros cuadrados. «Mi marido, Cristóbal Delgado, trabajaba en la Fasa y yo necesitaba algo para estar ocupada, así que montamos la ferretería», recuerda Begoña. Cuando en 1978 nació su segundo hijo, Cristóbal decidió dejar la marca del rombo y que la familia se dedicara exclusivamente a un negocio que se ha adaptado a los nuevos tiempos. «Aquí hemos vivido los primeros años del barrio, cuando había que meter lámparas y electrodomésticos porque se estaban equipando las nuevas casas. Luego vivimos los años de la construcción, en los que nos volcamos con las herramientas. Y ahora nos tenemos que adaptar a unos tiempos donde hay muchas reparaciones», explica Begoña, simpática dependienta que atiende a una clientela «fiel y que nos viene de muchos pueblos del entorno».
Peluquería y cocido
Las manos de Modesto Herreras se mueven con destreza por la cabeza de todo aquel que se acerca por su peluquería. Con 41 años en San Lázaro, ha peinado a medio barrio. Y a los hijos del otro medio. Su habilidad con las tijeras es hereditaria, puesto que su padre, natural de Barcial de la Loma, también era barbero. Y la de Modesto es hoy la peluquería veterana de una calle en la que también cortan el pelo en Truko y Nora. El paseo por la calle permite chatear por los bares Tejadillo, Las Cubas o Loira, que hace un año cogieron Chemi y Marta, quien ha trabajado en bares del centro –«por la zona de San Benito»– y reconoce que hay más movimiento por los barrios, «sobre todo a la hora del vermú y desde las 20:30 horas», con parroquianos asiduos y mejor relación entre ellos (hasta tienen un cuadro con las firmas de los clientes, «no sea que alguno al final se haga famoso», bromean). También se puede comprar en la joyería Victoria, echar la lotería o tomarse un buen cocido. Lo sirven Antonio Lorenzo y Feli Fernández en el restaurante Aliste, un negocio abierto en el año 1982 y del que Antonio está a puntito de despedirse. «El año que viene me jubilo», asegura mientras el pasado le hace una visita. «Soy de Latedo de Aliste, pero nos fuimos muy jóvenes a Bilbao, a montar una cafetería. ¿Pero sabes qué pasa? Que el terruño tira, así que al final nos acercamos y nos vinimos a Valladolid». Aquí montó un restaurante que rinde homenaje a la comarca zamorana, desde donde casi cada día recibe la carne de ternera que se ha convertido en especialidad de la casa.
Si se prefiere pescado, las clientas dicen que María Ángeles Valcárcel lo limpia como nadie. «Acabé Administrativo y un verano me puse a trabajar en la pescadería de mi cuñado, en la calle Caamaño, para conseguir un dinero y sacarme el carné de conducir». El caso es que desde entonces no ha dejado de despachar merluzas y pescadillas. Primero lo hizo en las Delicias, pero en 1998, cuando se enteró de una jubilación, se mudó a La Victoria. Hoy regenta la pescadería Los hermanos Marian, que María Ángeles ha decorado con unos graciosos peces de papel, hechos por ella, para animar la espera de las clientas.
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