Dos guitarras amigas se encontraron anoche en el Teatro Cervantes de Valladolid. El sonido de la una sin la otra no habría sido el mismo. Se complementaban y caían fácilmente en el juego de la improvisación. Santiago Auserón, que dejó de ser él para convertirse en Juan Perro nada más pisar el escenario, y Joan Vinyals controlaron esas dos guitarras (o las guitarras a ellos, no quedó muy claro) en un concierto que fue, antes que nada, una fiesta.
«Si no nos lo pasamos bien nosotros, esto no funciona», dijo Auserón. Humor, ironía y una voz que Auserón modulaba a placer (conseguía parecer una caricatura de él mismo), construyeron una atmósfera que trasladó al público de un concierto a una sobremesa de una cena entre amigos en la que alguien se 'arranca' y coge una guitarra para pasar un buen rato.
En 'Obstinado en mi error' y'Dos girasoles robados', además de en muchas otras, el guitarrista Joan Vinyals se lució especialmente, dejando patente que el concierto (o la sobremesa entre amigos) sin él, habría perdido mucho de esa esencia que los asistentes pudieron percibir. 'El mirlo del Pruno', un tema del último disco de Juan Perro (Río Negro), fue testigo de una espectacular batalla de guitarras improvisando, batalla en la que Auserón y Vinyals parecieron enloquecer y arrastraron a su delirio a la sala al completo. Pero claro, una amistad entre dos guitarras no se rompe tan fácilmente, así que el tándem entre ellas continuó hasta el final. La canción 'Ámbar' lo agradeció porque salía tímidamente de la boca y la guitarra de Auserón. Tímidamente porque es una de esas canciones que el artista pone a prueba ante su público antes de llevarlas al estudio.
El público respondió al ambiente festivo que Juan Perro propuso, pero lo hizo 'in crescendo', al principio con aplausos y gritos tímidos. Pero hubo un momento clave en el que todos se dejaron arrastrar por el blues, el rock y los sones cubanos que Auserón traía. Juan Perro se levantó en ese momento, se descolgó la guitarra y aparcó el micrófono para decir: «vamos a probar la sonoridad de la sala». Y así cantó 'No más lágrimas', inundando sin ayuda amplificadora, cada recoveco del Cervantes.
Después de la ovación que le brindó la sala, la cosa cambió por completo. Un Auserón divertido que contaba una historia por cada canción y una complicidad evidente entre dos guitarras, lograron que lo que iba a ser un concierto, acabase siendo una auténtica fiesta.