El alcalde, a las puertas de su despacho. / G. Villamil
Javier León de la Riva, el alcalde, abre las puertas de su despacho de par en par. Sin reparos. Sin miedo a la mirada curiosa, al objetivo indiscreto de la cámara, al bolígrafo inquieto del periodista. «Sacad las fotos que queráis», asegura, mientras hace de guía, de cicerone por sus dominios, por la guarida del León. Con memoria de bibliotecario aplicado explica los pormenores de cada detalle, recita documentos históricos hasta el punto final, desempolva chascarrillos del último objeto de la esquina más escondida de su despacho, de esta sala de 80 metros cuadrados (10 de largo por ocho de ancho), techos altos (más de ocho metros) y papeles varios desde donde dirige la ciudad desde 1995, cuando relevó a Tomás Rodríguez Bolaños. ¿Lo primero que hizo nada más llegar? «El mismo día de la toma de posesión (sábado, 17 de junio de 1995) me preguntaron qué sería lo primero que haría como alcalde. Y lo tenía muy claro. Quitar dos toldos que había, uno en la ventana de este despacho (hacia la Plaza Mayor) y otro simétrico en el otro extremo de la fachada, donde está la Sala de Comisiones, que puso el anterior alcalde. Yo entiendo por qué, porque en verano aquí a las doce de la mañana no hay quien lo aguante, es como una sauna. Pero estéticamente le pegaba como a un Cristo unas pistolas». Así que, ese mismo lunes, ya estaban los toldos retirados. A lo largo de ese verano, terminó de pulir el despacho. «Cambié unos cortinones que había tapando las dos puertas y las dos ventanas. Eran de paño antiguo, en oro, muy historiados, pero no dejaban entrar un poco de luz. Y lo iluminé más. Está más claro el techo y hay más luz, porque cuando yo me metí aquí en mi primer mandato era como si entrara en un velatorio. Era algo lúgubre, siniestro, una cosa tremenda. Se me caía el despacho encima. Así que aquel primer verano lo adecenté un poco». También cambió de lugar el escritorio, para que la luz le entrara por la derecha y no por la izquierda, como le daba al socialista Rodríguez Bolaños. Desde aquel verano de 1995, el despacho del alcalde ha mantenido los tesoros históricos, pero también incorporado detalles personales de León de la Riva. Documentos, cuadros, libros, recortes o regalos que el propio regidor nos enseña, en este privilegiado paseo por su despacho.
Por ejemplo entre las piezas artísticas destacan dos cuadros, una 'Magdalena' de Cesare da Sesto y 'San Juan Bautista en el desierto', un óleo sobre lienzo de 98x118 centímetros, firmado por José Ribera en torno a 1638. La obra, que muestra ante un fondo oscuro a un imberbe San Juan Bautista, ha sido elegida para formar parte de 'Monacatus', la exposición de Las Edades del Hombre en Oña (Burgos).
Desde el punto de vista histórico destaca un documento, uno de los legajos más importantes para la historia de Valladolid, un documento del 9 de enero de 1596 en el que Felipe II, allí consta su firma, declara a la villa de Valladolid como ciudad. Es un documento protegido permanentemente por la luz y el mueble donde se custodia fue encargado por la corporación municipal en el siglo XIX.
Y luego el alcalde conserva recuerdos personales (fotografías firmadas de Aznar y el Príncipe Felipe), varios libros sobre la historia de Valladolid, las obras completas de Zorrilla, escritos de Richard Rogers (diseñador del Nuevo Valladolid) o una reproducción de la Copa del Mundo conseguida por la selección española de fútbol en Sudáfrica.
León de la Riva explica que apenas utiliza el escritorio principal de su despacho (la silla, asegura, «es como un potro de tortura») y prefiere sentarse a la cabeza de la gran mesa del despacho, donde organiza las sesiones de trabajo con los concejales y sus colaboradores. Allí, el alcalde se ha aprovisionado de una pequeña televisión de siete pulgadas para seguir las noticias, radio, teléfono y un callejero actualizado de la ciudad.