José Sacristán (Chinchón, Madrid, 1937) protagonizará en Olmedo Clásico 'Yo soy don Quijote de la Mancha', montaje recién aclamado por público y crítica en el Festival de Teatro de Almagro. Sacristán se encarna en esta revisión del mito cervantino en un Quijote «de plena actualidad». En esta conversación, su cabreo y su hastío se espesan hasta cuajar en «pena» por esta España de «descrédito político y recortes a mansalva». Imagina a Don Quijote «arremetiendo, lanza en ristre,... no me atrevo ni a pensarlo».
–¿Con qué mirada se acerca al Quijote esta versión teatral?
–Es un lujo profesional porque José Ramón Fernández ha elaborado un texto muy cervantino y hermoso de decir y sentir, y tiene el valor añadido, como ciudadano, de un personaje que hoy por hoy viene muy a cuento sacar como alguien que defiende una idea de la justicia que no se para a a pensar en adversidades. Como ciudadano y con la debida humildad, tiene uno sensación como de deber cumplido.
–¿Qué nos enseña hoy esta relectura de 'El Quijote'?
–Lo de siempre. Es acojontante cómo prevalecen una mirada y un concepto de la idea de cómo vivir con nosotros mismos y los demás.
–¿En quién personificaría a Don Quijote, Sancho, los molinos?
–Lamentablemente, en lo que a vida publica se refiere, tengo una opinión no muy favorable en cuanto a los procederes y lo ejemplificador de la gestión. De la de todos, no hablo solo de unos y otros. Sería faltarle al respeto a Cervantes hacer una comparación porque el propio Sancho Panza en su mentalidad tiene una nobleza que le salva de ciertas calificaciones.
–¿Qué valores rescata de la obra?
–Por encima de todo, las ideas de justicia y solidaridad, de estar con el que lo necesita y defender unos ideales de comportamiento. Creo que tenemos un juguetito muy querible, próximo a la gente.
–Cincuenta años sobre escenarios dan para mucho mirar atrás.
–En este negocio tengo la suerte de poder elegir o al menos rechazar y estar en sitios donde quiero estar. Ahora tengo pendiente ir a Toulouse con la película de David Trueba, estamos pendientes del estreno en San Sebastián de la película de Javier Rebollo, entonces, ahí estamos, dando guerra y durando, como decía Fernán Gómez.
–¿Se siente más cómodo haciendo papeles de fracasado?
–Fracasado no sería la palabra. Hay para mí una diferencia moral entre fracasado y perdedor. El perdedor lo veo como un personaje lúcido, en la línea de Don Quijote, que él nunca se planteó, porque tiraba 'p'alante', pero hay una realidad que es la que te rodea que, bueno, es la que hace que uno maneje unos datos y tenga la lucidez de saber que se va a morir conviviendo con el hijo de puta, con el trapisondero, con el ladrón, con el chorizo...; ahora bien, hay que salir a librar cada día la batalla diaria de la alegría y la dignidad. Y el fracasado es el que aspira y no le sale.
–Una razón para seguir saliendo al escenario, memorizar papeles...
–Quiero seguir jugando a hacer creer al otro que soy el que no soy y que algo le pasa. Mientras me siga divirtiendo con los compañeros de juego, con el personaje y la historia, ahí seguiremos, sin tratar de agotar, de caer en lo patético ni en lo esforzado.
–¿Cómo cala en las salas de teatro el pesimismo ambiente?
–Bueno, el público y los profesionales pasamos por circunstancias jodidas. Comprobamos que salvo honrosísimas excepciones no se ha creado un público dispuesto. Una vez que se corrigen los esquemas de subvenciones y precios de localidades, las fuentes de contratación son mucho menores y no es la que nos gustaría. Y en cuanto a ciudadanos, estamos atravesando circunstancias muy jodidas y lo peor es que yo no le veo ni a corto ni a mediano plazo solución.
–Viaja mucho. ¿Aprecia si ese desánimo es global?
–Hay una cosa universal que afecta más que a cuestiones financieras a aspectos morales. Estamos viviendo en estado de guerra, se ha llegado a una situación en la que unos tienen la fuerza y otros no, y se ha acabado. Y todo lo que está pasando no es más que un ajuste de fuerza entre los que tienen la sartén por el mango –y el mango también– y los que creíamos ser más listos de lo que éramos. En Europa hay niveles, que duda cabe... Pero lo terrible de todo es que en España acabamos de salir del túnel del Franquismo, de la Transición, y en demasiado poco tiempo lo hemos hecho muy mal. Del 'España va bien' del señor Aznar a que éramos 'un país de la Champion League' que decía Zapatero... hay que joderse donde estamos. Qué pena, este espejismo siniestro. Hay niveles de responsabilidad, pero para mí es muy difícil encontrar inocentes.
–¿Está extendiendo a los votantes parte de culpa?
–Qué duda cabe. La voluntad popular coloca en sitios de responsabilidad a una gente que demuestra que son unos chorizos y vuelven a ser elegidos, la clase política no viene de naves espaciales, sale de nosotros. Lo dijo Ortega: 'Si la masa no tiene buenos dirigentes es porque no hay masa'.
–¿Imagina a los actores volviendo a ganarse la vida como en 'El viaje a ninguna parte'?
–No creo, ja, ja... Tanto no. Pero hoy he leído en las noticias que ya es más la gente la que se va de España que la que entra. De los papeles para todos a 'vente p'Alemania, Pepe' otra vez... Hay que joderse.
–Transmite algo más que cabreo.
–Más bien tengo pena, como decía mi abuela: 'Hay que lástima'. Comprobar cómo se ha desmantelado moralmente la izquierda, cómo ha sido incapaz de prevenir y ha contribuido incluso a esto... Lo digo porque yo soy de izquierdas, yo de la derecha ni hablo porque... en fin, creo que hay una responsabilidad enorme en lo que está pasando por la vigilancia que la izquierda debió tener sobre esto que se avecinaba porque cuando esto ocurre, el peaje, ya se sabe, lo pagan los de siempre . ¿Y ahora qué queda?
–¿Milita en la indignación?
–En la pena. Tengo una manera de pensar y años suficientes y la experiencia de mis orígenes, de la gente del campo, y creo que este espejismo en el que hemos vivido es imperdonable, sobre todo por lo que resta de falta de autoridad moral al grupo político con el que me siento identificado. Me parece imperdonable que en tan poco tiempo haya habido este corrimiento de tierras, este desclasamiento, esta pérdida de horizonte moral que ha implicado en toda esta mierda a un montón de gente que no debiera estar metida ahí.
–¿No salva a nadie?
–No me atrevo a ser tan apocalíptico. Si revisa las noticias de la corrupción es acojontante: desde el señor Dívar, al Gürtel, Bankia, el Ere de Andalucía... el copón. Ha habido una enseñada de culo importante por parte del poder. Y el de a pie..., bueno, pues a votar. Lo de Valencia es acojontante una vez que se comprueban los choriceos y vuelven a ganar por mayoría absoluta. Estoy un poco mayor para ciertas vehemencias, lo que pasa es que me sigue costando mirar a otro lado y por eso no puedo dejar de exigir más rigor crítico. Como decía don Antonio Machado, 'Estoy hasta los huevos de tanto eco y echo de menos muchas voces'. Mucho eco, mucha impostura en el discurso político, en fin, no, no... me haga hablar.... Son pésimos actores además, todos impostados, de la vieja escuela todos, ya les notas la actitud, cuando van de beatíficos, de agresivos, de reflexivos y cuando van de 'que se jodan'.
–No le aterra alargar la jubilación.
–Me da un poco igual. Voy durando. Ahora estoy repasando el recital sobre Machado y la memoria y los reflejos funcionan... debe ser el orujo este que me mantiene. Me hubiera gustado ser director de orquesta, pero ya no llego.
–¿Cómo ve el teatro?
–Hay de todo. Están apareciendo espacios alternativos muy interesantes, lo que pasa es que me da la impresión de que eso no da para comer. Yo creo que esto se mueve, pero sería un cinismo decir que están vivos si luego no pueden pagar el recibo de la luz. Pero mejor eso que quedarse en casa a llorar por los rincones.
–Internet y el cine siguen sin encontrarse.
–Eso de los pirateos y las descargas... eso no es legal. Que hay que negociar o convivir o lo que coño sea para adaptarse a los nuevos medios, vale, pero no soy en absoluto partidario de los del Anonymous ese, la gente que no da la cara me parecen miserables. –¿Va al cine?
–No mucho porque hace poco he conseguido el sueño de mi vida, que es tener un cine en casa. Y como al poco de salir la película la tienes en dvd, con un pantallón y no tengo vecinos, que vivo en el campo y puedo ponerlo a toda pastilla...
Llega el final. Se despide evocando el recuerdo de Miguel Delibes. «Otro personaje», dice, de esos «con los que te une una línea, más allá de la bondad de la obra. Delibes, Sampedro... cuando uno tiene la suerte de conocer a esta gente, cuando los lees y los interpretas notas que, al margen del disfrute de decir 'que bien decir estas palabras y vivir estos estados de emoción', al tiempo tienes la sensación de estar cumpliendo con un deber como ciudadano. Y Miguel era uno de esos. Y Saramago. Y Sábato».