La historia de los 10 últimos años de Arribes se escribe a través de su Parque. Ha pasado una década desde que en abril de 2002 se hiciera oficial la declaración del Parque Natural Arribes del Duero, una zona privilegiada en la que el valor fundamental es la gran diversidad que se asienta en las provincias de Zamora y Salamanca y en las que el Duero encajonado compone una de las fotografías más llamativas.
Pero para hablar de la declaración de este espacio hay que remontarse unos años antes, cuando las gentes de la zona observaban con recelo las noticias que llegaban desde la administración en relación al terreno en el que desarrollaban sus vidas.
Víctor Casas, el empresario que gestiona las dos casas del parque que se asientan en Arribes, recuerda que «causaba desconfianza entre la gente el uso que se iba a dar al territorio; pensaban que se le iba a limitar la actividad y eso, no ocurrió». El alcalde de Sobradillo en aquel momento, José González, considera que «apenas hubo oposición pero también es cierto que desde el ayuntamiento nos preocupamos de ir a visitar otros parques, costeando incluso el autobús de los vecinos que quisieran ir, para que la gente que ya estaba en otros parques nos contara de qué iba». González utiliza la palabra «miedo» para referirse a algunos recelos iniciales ya que «había gente que decía que nos iban a comer las zarzas».
La misma expresión, la del miedo, surge de la conversación con Santiago Hernández, alcalde de Aldeadávila de la Ribera, quien reconoce que existía en los orígenes la impresión de que "podría ser muy perjudicial para la agricultura y la ganadería pero luego se ha comprobado que en este sentido, se están haciendo bien las cosas".
No es menos cierto que en esa época se declararon varios "fuegos protesta" pero como indica Víctor Casas: "salvo en zonas muy puntuales, es una zona bastante tranquila". La conclusión a la que se puede llegar es que estar dentro del territorio de un parque no supone ajustarse a normas distintas aunque sí parece que las administraciones son más estrictas a la hora de hacer acatar las mismas. "Dentro del parque se puede hablar de tres niveles de protección", explica Casas, "el máximo, para zonas sensibles; el intermedio, y los cascos urbanos, que dependen de los ayuntamientos".
Pero esta figura de protección también supuso una entrada de fondos en las arcas municipales que variaban en función de la población y de las hectáreas afectadas en el núcleo concreto. En el caso de Aldeadávila, su alcalde recuerda que "inicialmente se recibió una partida de 47.000 euros bianuales, que luego se fue recortando y que ahora ha terminado en nada". En su caso concreto el dinero "se ha empleado bien", asegura, "en la limpieza de las fachadas de granito para conservar esa estética urbana".
A Sobradillo, como es lógico, llegaron igualmente los fondos que sirvieron para "obras de restauración o asfaltado y bien que se ha notado aunque este año por el tema de la crisis esas ayudas ya no se han dado". Con estos planteamientos, la valoración de José después de 10 años es "buena" porque en su opinión "se ha notado mucho turísticamente, aunque ahora la crisis esté para todos, pero aquí tenemos un restaurante, por ejemplo, que nota ese movimiento muy positivamente". En ese aspecto turístico, Santiago Hernández reconoce que a Aldeadavíla "nos ha afectado positivamente" pero al mismo tiempo se muestra crítico ya que, en su opinión, "la Junta ha dejado perder una muy buena oportunidad, se han hecho cositas de poca importancia y no ha habido ni una buena gestión ni la inyección de fondos".
Hernández plantea la situación actual cuando señala que "ahora con los recortes ya es el acabose; no tienen patrulla, se ha producido una disminución de técnicos".
Por su parte, para Víctor Casas, "10 años no son nada, estamos empezando".
Mucho más que flora y fauna
Pero cuando se habla de un espacio protegido lo más habitual es pensar en toda esa biodiversidad que se hace necesario preservar. En este sentido, Víctor Casas, mantiene que "en Arribes viven joyas únicas que tenemos la misión de conservar".
Pero el planteamiento es mucho más amplio de lo que parece. No se trata tan solo de plantas y animales, que también, sino de arquitectura popular en forma de molinos o chozos, de patrimonio oral, en forma de palabras que se han transmitido de generación en generación, de esos usos y costumbres tradicionales que en definitiva, contribuyen a la conservación de la biodiversidad.
Casas apuesta porque "los propios habitantes valoren lo que tienen, lo conozcan y que al final, los proyectos de vida te hagan sentir bien allí donde vives".