Era la primera vez que hablaba en público de su amigo y compañero Germán Sánchez Ruipérez desde que murió en febrero, y pidió disculpas por si asomaba la emoción. Antonio Basanta, alma del Grupo Anaya, en el que comenzó en 1980, tenía el cometido de hablar del «editor de Salamanca», del «pionero», del «incansable emprendedor», del «hombre de negocios», del «filántropo» que erigió con su dinero una Fundación que ya da frutos cuando cumple 30 años su primera siembra. Le acompañó otro amigo, editor y escritor también, Agustín García Simón.
La Feria de Valladolid de 2002 le hizo un homenaje al que asistió el salmantino y ayer Basanta, director de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, hilvanó los lazos de don Germán con esta provincia. «Su abuelo más querido, Higinio, era de Valoria la Buena y su padre estuvo en trámites para comprar la librería religiosa de la calle Angustias». Hijo de maestra y librero, biznieto de editor (literario y de prensa, dirigió 'La voz de Peñaranda'), la vocación parecía escrita en los genes, «aunque a él le hubiera gustado estudiar Medicina». De los tres hermanos, uno tenía que ayudar a su padre en la librería Cervantes de Salamanca y Germán fue el voluntario que empezó barriendo el serrín del suelo sobre el que construyó el imperio Anaya años después. Un congreso de editores en el Madrid de 1945 abrió los ojos al joven Germán (19 años) y entre nombres como Sopena, Salvat, Calleja o Aguilar le nació la ambición de ser «el príncipe del mundo del libro, editor» (frase que escuchó a sir Stanley Unwin). En 1952 empezó a editar libros de problemas de matemáticas y luego manuales de lengua, en colaboración con el joven Fernando Lázaro Carreter. De «amistad de librería» a un tándem intelectual que revolucionó los libros de texto, Sánchez Ruipérez y Carreter hicieron los cimientos del Grupo Anaya. El resto, ya es más conocido, un 'holding' editorial que cruzó el Atlántico y que abrazó a un centenar de empresas.
Basanta destacó el afán de «ir por delante, de emprender» de su amigo, que «siempre deseaba ganar», desde su juego favorito, el parchís, y su «capacidad de riesgo». «Era un auténtico visionario, soñador y pragmático a la vez».
«El hombre de éxito en los mercados internacionales ha dejado una estela, su Fundación, que a la manera orteguiana, devuelve a la sociedad lo que le dio y habla de su gusto por el libro. Esa generosidad le distingue de otros empresarios del sector», sentenció García Simón.
Lectores multimedia
Esa Fundación, con sedes en Salamanca y Peñaranda de Bracamonte, va a culminar su mapa en octubre con la inauguración de la Casa del Lector en Madrid, en el año en el que celebran los 30 años de la institución que lleva el nombre del empresario. «La Casa del Lector quiere ser un centro de investigación de la lectura, un punto de encuentro entre personas que, poblando un universo afín, trabajan separadas», explica Basanta, para quien «leer es un verbo indisociable de vivir. Cuando digo leer no me refiero solo a las letras, siempre estamos leyendo. Leer no existe sin observar, interpretar, comprender, elegir, recrear, asimilar y compartir». Si estamos en una sociedad «multimedia, tendremos que formar lectores multimedia y en esa locura quiere entrar esta Casa», que se ubicará en un espacio de «vanguardia como es el Matadero».
Los 8.000 metros cuadrados albergará al equipo que trabaja desde hace año y medio y que se repartirá en un área de investigación, otra de experimentación, una tercera de información, otra de creación y una última de difusión. César Antonio de Molina será el director de esta Casa.