Ayer se Ayer se estrenó, fue el primer pregón de su vida. Se encontraba cómodo y soltó un torrente de alertas sobre la actualidad que zarandea al mundo del libro. La primera tenía que ver con su actitud. Advirtió del temor de que su discurso se convirtiese en un 'contrapregón': «No sé si han elegido a la persona adecuada. Por lo que se refiere al libro, soy portador de malas noticias». Así abrió ayer por la noche Adolfo García Ortega (1958) el pregón de la 45 Feria del Libro, con una prevención que desgajaría después en todo un diagnóstico en el que hubo hueco para todos: escritores, lectores, piratas, editores...
Para empezar, el escritor vallisoletano contrapuso el caracter festivo al que predispone un pregón con el estado lúgubre y preocupante por el que atraviesa el país, Europa, la cultura y en particular del libro. Ese aire casi de ánimas y tiniebla le sirvió para abrir un segundo frente discursivo en el que se proclamaría portador de «grandes expectativas» que tienen que ver con el poder de la literatura para deleitar y subvertir, para cambiar a las personas, dar ideas y crear conexiones.
El título del pregón 'Libros, escritores y otros animales' dio pie al autor de 'Pasajero K' a certificar en la Cúpula del Milenio que el actual mundo literario atraviesa, dijo, «por un momento malo, muy malo. Todos los saben». En su diagnóstico, datos ya sabidos –bajón de ventas, confusión sobre formatos en papel o electrónico– y otros que suelen pasar más desapercibidos, como la «preocupación por el elevadísimo número de títulos que se publican, rebajamiento de su categoría de excelencia, soporte tan solo del entretenimiento, en fin, la catástrofe», dijo, para un mundo en transición en el que vaticinó un destino imprevisible en el que aunque su supervivencia no esté garantizada, apuesta claramente por la de la palabra escrita.
Argumentos para este optimismo contenido no le faltan a García Ortega para augurar larga vida al libro y a sus cambios: «¡Cuántas editoriales nuevas surgen, pequeñas y excusitas, cuantos soportes nuevos dan cabida a obras rescatadas del olvido, cuántos escritores con talento salen hoy en día y cuántos nuevos lectores se generan».
A los que penan
No olvidó a los escritores que penan en estos tiempos malos, «en los que nuestras novelas son cada vez más tentadas por el mero entretenimiento, son huecas, vacías, decorativas. No todas, claro, hablo en general de Europa, nuestro marco de referencia». De este panorama de conformismo creativo no libra a la sociedad, «que nos reclama eso, blandura, suavidad, nada de temas tabú. Mejor un buen rato, tragarse una novela negra, una ficción histórica... y a la cama a dormir. Primero el buen rollo, lo correcto... envuelto en una novela de consumo». Y todo ello, profundizó, camino del pronto olvido en una trayectoria que resumió así: «Una novedad dura un mes en las librerías, una semana en los medios y tiene unos segundos para que el comprador repare en ella».
Otro aspecto de su plática se ocupó de los escritores, particularmente de aquellos que denomina «animales en vías de extinción». Y con ello no se refería a los malos novelistas, «sino a los buenos. Hoy proclamo que los buenos novelistas son una especie a proteger». Se refería, concretó, a los «escritores salvajes que no se pliegan al mercado ni cometen el error de profesionalizarse. En esta época se ha puesto en evidencia la falacia que era vivir de los libros, salvo excepciones conocidas. No se puede, nunca se pudo, vivir de los libros, salvo excepciones conocidas. Y eso aunque te hagas un escritor amaestrado. Y máxime ahora,con la piratería rampante que nos invade, escribir es, más que nunca, un vicio absurdo, un acto generoso, una inmolación».
El asesor de la editorial Planeta afirmó que el animal salvaje que es el escritor no busca otra cosa que relatar para emocionar y hablando por boca de muchos escritores aventuró que «el proyecto más atractivo e imposible y que más deseamos abordar es hacer la relación pormenorizada de todas las personas que hemos conocido en nuestra vida», algo imposible, dijo, porque supondría repetir la vida, quizás la meta escondida que ansía todo creador literario.
Al hilo del tercer protagonista del título del pregón –otros animales– el autor vallisoletano esgrimió todo un catálogo zoológico del gremio que se dedica a la escritura. «Hay escritores rata, como hay escritores cisne, y cebra, y hipopótamo y bastantes escritores mono que se imitan unos a otros sin vergüenza; los hay que vuelan y los hay que se arrastran, los hay que nadan en todas las aguas y los que se ahogan en un charco; los hay solitarios y en manada, loros y microbios».
Dejó claro que de toda esa fauna literaria él se queda con los salvajes, cuya literatura, trabajo y creación están en vías de extinción. Habla de Proust, de Rulfo, de Faulkner, de Muñoz Molina.... «por poner un puñado de ejemplos». Escribir los que nadie ve y ver lo que nadie escribe debería n ser, en opinión de García Ortega, actitudes inseparables de un oficio que «nos legitima para ser incómodos».
Podía haber acabado su pregón aquí, si bien en coherencia con esa actitud de «escritor incómodo y un poco tocahuevos» no pudo por menos que cerrar su discurso aprovechando la oportunidad para «afear a la cercana ciudad de Tordesillas su brutal, antediluviano y repugnante costumbre del alanceamiento del Toro de la Vega, cuya ceremonia es impropia de una sociedad civilizada. Pienso en ese animal, en ese toro, con quien los escritores tenemos mucho en común: la perplejidad y el miedo ante la estupidez circundante». Y de vuelta al libro, animó a participar en la fiesta de los libros: «Leámoslos. No los pirateemos. Comprémoslos de vez en cuando. Porque estamos en mal momento». La semana que se abre es una oportunidad para resarcirse.