Humphrey Bogart o Zsa Zsa Gabor no han pasado a la historia por ser escritores. Bette Davis o Spencer Tracy tampoco fueron reconocidos pilotos, ni Woody Allen o Harpo Marx consumados sumilleres. Sin embargo su fama como actores les convirtió en reclamo publicitario para la industria del bolígrafo, del automóvil o de las bebidas alcohólicas respectivamente. Las décadas doradas del star-system, ese que fiaba la primacía de una producción cinematográfica a la celebridad del protagonista, dejaron su impronta en el marketing. Ese es el eje de la exposición '¡Estrellas en venta! Hollywood en la publicidad americana (1930-1970)' que se inauguró ayer y estará abierta hasta el 25 de marzo en la Casa Revilla de Valladolid.
Roger Biosca es el coleccionista que guarda unos 250 recortes de revistas americanas con anuncios protagonizados por actores y directores de Hollywood. De ellos, el Museo de Cine de Gerona ha seleccionado 151 y los ha organizado como «un supermercado», dice su director, Jordi Pons. Y los departamentos de este 'híper' publicitario son belleza, tabaco, bebidas y alimentación, motor, tecnología y sección de ropa y hogar.
La marca de cosméticos Max Factor, que sigue identificándose en la televisión del siglo XXI como la que usan las estrellas, eligió en 1942 a Rita Hayworth para sus anuncios. Ese año la espectacular actriz aumentaba sus ingresos fumando cigarrillos Chesterfield, aunque todavía no había estrenado 'Gilda'. Los jabones Lux confiaron sucesivamente en Ginger Rogers, Joan Crawford, Lauren Bacall, Grace Kelly, Sophia Loren o Natalie Wood sus campañas publicitarias. ¡Quién iba a resistirse a la posibilidad de parecerse a esas beldades!
El colchón de Kim Novak
El tabaco fue uno de los consumibles más identificados con los actores americanos. Compañero insustituible en las grandes travesías del Oeste y apéndice fundamental en los segundos previos al tiroteo, el cigarrillo se publicitó en las bocas de John Wayne, Gary Cooper o Gregory Peck. Otro sentido adquiría en los labios de Bogart y no digamos si exhalaban el humo femmes fatales como Dolores del Río, Joan Fontaine o Dorothy Lamour.
Señorea la publicidad de los alimentos la bebida reina, la cola. Con la botella de la banda roja de Royal Crown Cola posaron Fred Astaire, Claudette Colbert, Lauren Bacall, Barbara Stanwyck, Doris Day, o Jerry Lewis. Paul Newman y Raquel Welch hicieron lo propio para Coca-Cola. Curioso el anuncio de Woody Allen, un cangrejo ermitaño saliendo de su caracola gracias al impulso de la ginebra Smirnoff en 1966. Menos desinhibida se mostraba la que luego fuera su pareja, Mia Farrow anunciando gafas.
La industria automovilística también estrenó modelos asociándolos a rostros de la gran pantalla como Walt Disney, Tyrone Power o Rock Hudson. Y los fabricantes de cámaras, bombillas y equipos de sonidos llamaron a los suyos, al propio Alfred Hitchcock, Charlton Heston o Julie Andrews para dar a conocer sus ingenios.
El hogar y la ropa multiplica la variedad de esta exposición. La anatomía de Kim Novak sobre un colchón Simmons, las manos de Veronica Lake probando la suavidad de las sábanas North Star o el cándido rostro de Elizabeth Taylor decidiéndose entre las alianzas de J.R. Wood, son algunos ejemplos. Cuando la Taylor hizo este anuncio ya había lucido cuatro anillos de otros tantos matrimonios en su mano.
John Wayne, fumador dentro y fuera del anuncio, acabó contrapublicitándose. Diagnosticado de cáncer de pulmón, puso su atractiva y gran humanidad al servicio de una campaña contra el tabaco.