«Dejarse llevar. Entrar dentro del mundo de los sentimientos y la emoción. Sin miedo. No hay nada que no seamos nosotros». Es la 'carta magna' del universo de la coreógrafa catalana Marta Carrasco (Barcelona, 1963). Un «dejarse llevar» que ha hecho que sus propuestas escénicas pendulen entre lo cómico y lo trágico, la ira y el humor, la denuncia y la risa. Marta Carrasco regresa este sábado a Valladolid para presentar 'No sé si...', su último espectáculo, en el LAVA (Sala Concha Velasco-Matadero; 20:30 horas; 15 euros). En esta obra tocaba hablar de las dudas. Pero, el pasado año, se coló en su vida la enfermedad y muerte de su padre («el ser que más quería en el mundo») y decidió que solo la risa y el humor podían liberarla.
La artista catalana tiene un público fiel en esta ciudad, espectadores que ponen en sus propuestas la misma pasión que ella gasta en crearlas. En esta ocasión, la visita incluye el atractivo de ver en escena su 'combate' con Alberto Velasco, el actor vallisoletano que ella misma descubrió y con el que forma un tándem energético y muy especial. Ambos ya visitaron Valladolid con su anterior trabajo 'Dies irae, en el réquiem de Mozart', en el que Marta Carrasco sacó toda su rabia y arremetió, entre otros, contra el clero o la violencia de género. Una 'performance' que reveló en Alberto Velasco a un histriónico Mozart que sacudía su sinfonía de carnes sueltas ante el público.
'No sé si...' se estrenó hace tres meses en Cataluña y el Levante y cerró hace tres semanas el Festival Escena Abierta de Burgos. En escena, el particular universo de dos hermanas. Él (Alberto), con sus más de cien kilos; ella (Marta), con apenas 56. Y, entre ambas, se encaran con todo lo humano: el amor, el rencor, el odio, la memoria.
Marta Carrasco reconoce que con este proyecto «es como si me hubiera tomado un tripi». La tormenta de sentimientos que vivió en su proceso creativo, marcado por las largas horas de agonía hospitalaria de su padre, la llevaron a intentar «disfrutar esos bocaditos de vida que cada día me iba regalando ese hospital». «Decidí –continúa– reírme de la muerte dándole pastelitos de vida».