Si Warhol levantara la cabeza no vería con malos ojos los pendientes de fieltro color violeta y las gafas de plástico rojo que hoy lucen sobre una fotocopia del popular retrato de la ambición rubia. La autora de los retoques, de apenas diez años, se afana en remarcar el amarillo de su pelo con pequeños trozos de hilo de ese color que no dejan lugar a dudas.
Frente a ella la pequeña Teresa satura de verde la cara de la actriz y abre un interesante debate sobre el sexismo cromático. Como quién no quiere la cosa les pregunta al resto de compañeros qué pasaría si ven a un niño vestido de rosa y como se referirían a él. Sólo opinan las chicas. Ellos guardan silencio. Teresa sigue sin entender por qué niños y niñas están separados en el taller que les está haciendo disfrutar de un sábado diferente aunque sonríe cuando a Sergio se le ocurre pedir una escoba para limpiar el campo de batalla en el que se ha convertido su escenario de juegos. Es el único estereotipo que se les resiste. Otros, sin saberlo, los están derribando a fuerza de utilizar el arte como divertimento a través de la experiencia ‘Con P de Pintura’, una iniciativa que cada semana reúne en el DA2 de Salamanca a 15 pequeños de entre seis y doce años para acercarlos al arte contemporáneo sin prejuicios aunque con algún que otro perjuicio. Pantalones y leotardos no aguantan el envite del arte. Por eso, al descubrir la amalgama de colores estampados en codos y rodillas son varios los que aseguran que sus madres los van a matar. No es para tanto. Al recogerlos tras la actividad son mayoría las caras de orgullo ante el arte creado por los pequeños –y que se pueden llevar a casa- que el disgusto por tener que mandar prácticamente toda la ropa a la lavadora. Ellas ya saben que son gajes del oficio de artista.
Norma y Sandra, las monitoras, logran que los niños disfruten conociendo algo “complicado de explicar y difícil de entender”. Cada siete días las sorprenden con algo inesperado gracias a la poderosa imaginación de los pequeños, mucho menos contaminada que la de los adultos. Quizá por eso ya no se asusten al ver a la Mona Lisa transformada en diablo o a la pareja protagonista del célebre ‘Retrato Doble’, de Grant Wood, disfrazados de gatitos.
La reina de Inglaterra de Lucien Freíd también sufre las perrerías de estos peculiares creadores. Es una de las más solicitadas hasta que, inevitablemente, las fotocopias terminan por agotarse. En su lugar espera una Frida Khalo dispuesta a someterse a los rigores infantiles pero no les llama tanto la atención. Diego Rivera puede descansar tranquilo.
Desafiar lo clásico
La actividad se divide en tres partes. En la primera, la más rompedora, se estimula a los niños a romper con los cánones clásicos del arte y la belleza. Sobre un mural y en el epicentro de la sala de arte -frente a los barrotes de la vieja cárcel transformada en lugar para la cultura- trabajan la llamada pintura expandida, una técnica en la que todo vale para experimentar con volúmenes y formas. Así, retales de los más diversos objetos tienen una segunda oportunidad y terminan convertidos en el elemento central de una curiosa propuesta artística a la que sigue la deconstrucción de los mitos de la pintura. Los chavales sacan de contexto las obras y las manipulan a capricho para asimilar que también en eso reside una de las claves del arte contemporáneo. El reto pasa por combinar lo lúdico y lo didáctico. “Les decimos que esto no es el cole y que son libres para hacer lo que quiera”, explica Norma y, por los resultados, parece que lo entienden a la perfección.
La tercera parte de la experiencia los lleva a la abstracción. Es la única que exige cierta concentración previa aunque algunos, como Álvaro, no han abierto la boca desde hace casi dos horas disfrutando cada centímetro de color, cada minuto de eso tan raro pero tan entretenido que llaman arte.
Y uno de sus gurús es Wassily Kandinsky, que pasó toda su vida obsesionado por representar la música, “las más abstracta de las artes”. Para ponerse a la altura del genio ruso escuchan tres ritmos diferentes y han de trasladar al papel lo que sienten. Suenan ritmos melancólicos y los pinceles, casi de forma unánime e inconsciente, se deslizan hasta los azules, morados, verdes oscuros o negros. Cuando llegan las guitarras y rompen la tranquilidad sus punteos Pablo y Antonio no pueden evitar agitar el pincel como si de una baqueta se tratara provocando un puntillismo plagado de colores chillones que los ayudan a expresar un estado de ánimo en ebullición. Se imponen los puntos y las tonalidades se van aclarando aunque habrá que esperar a la música alegre para que los amarillos ganen protagonismo y los pinceles realicen movimientos más acompasados. El resultado, un curioso tríptico en el que se observa el camino pictórico que lleva desde la tristeza a la felicidad y que los padres, que ya esperan fuera, miran con asombro mientras, como si de una fotografía en proceso de revelado se tratara, agitan en el aire las cuartillas para que se seque el resultado antes de llevárselo a casa. Si se resiste, aún hay tiempo para visitar el centro de arte de la mano de unos pequeños guías que han aprendido más en una mañana que algunos en toda una vida. Desde hoy en algunas paredes de sus habitaciones colgará la primera de sus obras de arte.