A Javier Lostalé le mutilaban las metáforas cuando hacía informativos en la radio. Difícil domeñar el impulso de sentir y contar más allá de cánones y estilos cuando dentro bullen músicas con acordes sin fronteras. «Hay momentos en que uno va por la calle y escucha un sonido, aprecia el reflejo de un rayo de sol en un escaparate... Eso te hace sentir algo extraño que amanece en poema». Javier Lostalé (Madrid, 1942) presenta mañana en la Fundación Santiago y Segundo Montes 'Rosa y tormenta' (Cálamo), una antología de sus seis libros anteriores que incluye un ramillete de poemas inéditos. Lo hará a las 20:00 horas, acompañado por los poetas Fermín Herrero y César Augusto Ayuso.
Por más que con su voz de locutor haya pasado 36 años lanzando raciones de cultura a las ondas en Radio Nacional de España a través de espacios como 'El ojo crítico' o 'La estación azul', Javier Lostalé está convencido de que poco le influye el poso periodístico en su poesía, una labor creativa que entiende vinculada de pleno con la existencia que uno lleva pero más aún con la que le gustaría llevar. «En el poema surge a veces una vida que no se lleva, que no se vive realmente, por eso creo que la creación poética expresa más nuestros deseos de lo que hubiéramos querido vivir en el pasado o en el presente que lo que realmente vivimos. A veces con nuestra vida desmentimos aquello que escribimos, lo que quiere decir que hay una vida autónoma creada a través del lenguaje en el poema».
Antes de hablar sobre su poesía anticipa los manantiales en los que ha bebido. Vicente Aleixandre –«mi poeta de cabecera»–, Luis Cernuda, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Pablo García Baena o Rainer Maria Rilke conforman el universo de influencias que le permite destilar una obra creativa en la que el amor ejerce de centro «vivificante» en torno al que anuda versos. «Es un amor que muchas veces no tiene figura, sino que es la celebración del amor por sí mismo; apasionado, sí, pero con control porque en la poesía una de las cosas más peligrosas es el desbordamiento». Curado de excesos y efusiones, el autor de 'Hondo es el resplandor' postula la contención de los sentimientos, «que deben estar embalsados, aquietados».
Por lo leído y escrito tiene plena consciencia de que la poesía es el camino más directo para llegar a lo esencial, «a lo que siempre toca fondo; Cada vez más mis poemas son más breves y busco la síntesis y el despojamiento en mi idea de hallar lo esencial». Se pone al abrigo de Francisco Brines para sentenciar que «la poesía es el medio más profundo de estar con el otro», pero también reivindica el sustrato inconformista que late tras el impulso poético. «La poesía es un medio de rebeldía, porque la rebeldía es silenciosa pero a través de versos se puede expresar una enorme rebelión».
Y más allá de efectos movilizadores, opina que el termómetro que mide la intensidad de un poema es el grado de abstracción que, previene, «no es sinónimo de oscuridad; es lo que de algún modo libera al poema de todo lo accidental e incluso de las vivencias concretas del autor, por eso es un elemento fundamental de la creación poética».
Reivindica también espacio para el verso como lugar de certezas y dignidades en el que guarecerse en tiempos oscuros. «No quiero ser tópico, pero este mundo está dominado por el mercado, la corrupción, los intereses económicos y me preocupa esta corriente de conservadurismo que nos lleva a retroceder en terrenos donde habíamos avanzado. Por eso la poesía es un refugio que te hace entrar dentro de ti mismo, ver lo esencial del ser humano y la dignidad que ahora tantas veces se pisotea».