No son sacristanes como tal, simplemente hombres y mujeres, alguaciles y concejales que tiran de la cuerda para que el ancestral sonido de las campanas siga haciendo su labor
Los treinta escalones en caracol que separan la nave de la torre de la iglesia de Megeces se antojan angustiosos. Las paredes que aprietan los peldaños estrangulan el aire, pero Mauro Blanco, octogenario, calza sus zapatillas de cuadros y empieza a escalar. Cuestión de segundos y agilidad para que Mauro alcance la torre. Y ahí está, con el sombrero impasible sobre su cabeza, tirando de la cuerda que convocará a los vecinos a la misa dominical. ¿Campanero? «Voluntario desde hace diez o doce años, que es cuando lo dejó el otro que estaba», se apresura a especificar.
La labor de Mauro es una de las más extendidas en iglesias de un medio rural al que asfixia la despoblación. No son sacristanes como tal, simplemente hombres y mujeres, alguaciles y concejales que tiran de la cuerda para que el ancestral sonido de las campanas siga haciendo su labor en unas parroquias carentes de recursos y en las que la automatización de sus badajos sigue estando a años luz. Son varios, decenas, los templos en los que aún hay que subir hacia el cielo para repicar el sonido angelical (el Arzobispado no tiene contabilizado un número exacto). ¿Quién les enseñó? «El oído», dice Mauro. El campanario de Megeces cuenta con una campana y un esquilín. «Si se toca a misa, primero las campanas y al final el esquilín, y si muere alguien, pues hay que ir dando una campana y un esquilín, muy despacio hasta el repique. Después, si el que ha muerto es hombre, tres campanadas al final, y si es mujer, dos», especifica.
El lenguaje de las campanas sigue siendo el encargado de comunicar a los habitantes a través de tañidos el horario de misa, la defunción de algún vecino, el aviso a socorro de un incendio o, incluso, la necesidad de acudir a la iglesia para barrerla. Este último caso ocurre en Bercero (240 vecinos). El sacerdote se encarga de decir en misa la jornada elegida para barrer el templo. Después, Mari Presa, vecina de 69 años, tocará las campanas para recordar a las vecinas que es la hora de la escoba.