Ana, Jesús y Javi conversan tranquilamente mientras esperan para iniciar su actividad preferida del día. Julita se muestra recelosa, algo desconfiada. No le gustan las fotos, dice, pero accede a presentar a Cris, una perrita color albero de raza puro galgo español, descendiente de un ganador de concursos de belleza, que desde hace algunos meses se ha convertido en su inseparable compañera. Junto a ella, Pergrina, Camarón y Bigota contribuyen a hacer más fácil el día a día de los residentes del Complejo Hospitalario San Luis en Palencia, que desarrolla una terapia asistida con galgos para tratar a pacientes con enfermedad mental.
En un pequeño rincón del recinto, de 80.000 metros cuadrados, se ha habilitado una zona para los cinco galgos, todos muy jóvenes y de pura raza, que se han convertido en los mejores amigos de estos pacientes. Mientras cepilla a Cris, Julita reconoce lo importante que es para ella y asegura que todos están “mucho más contentos” desde que trabajan con los perros. Sin embargo, se muestra “disgustada”, porque hace unos días tres de los cachorros que días atrás Cris había parido se pusieron enfermos. “Estaban perfectamente y al día siguiente los encontré malos. Es difícil, porque no sabemos bien cómo reaccionar”, lamenta.
Afortunadamente, los cachorros se encuentran perfectamente –ellos mismos asistieron el parto- y Julita sigue cuidando de Cris, y Cris de ella. Demuestra constantemente su amor por su perra, y también por el resto de los animales, y por ello lanza un mensaje contundente: “Si algún día tenéis un perro, no lo abandonéis nunca, ni lo maltratéis. No se lo merecen, son como personas, necesitan que les den cariño”. Mientras Julita explica los cuidados diarios que requieren los perros, Javi, Jesús y Ana pasean con Peregrina, Camarón y Bigota. Para Jesús, lo mejor de esta terapia es “poder estar con los perros”, aunque reconoce que “no siempre hacen caso” y a Bigota “le cuesta trabajo sentarse”.
En la terapia participan doce pacientes del centro, que cada día se ocupan de los perros, los cuidan, los asean, los sacan a pasear y, de este modo, consiguen mejorar las habilidades de su vida cotidiana y reducir notablemente sus niveles de ansiedad. De hecho, lo hacen sin apenas supervisión, de forma que aumenta también el nivel de autonomía de estos pacientes.
La idea partió de Salvador Tocino, terapeuta de San Luis, que ya había desarrollado terapias similares con caballos en el centro penitenciario de La Moraleja de Dueñas, también en Palencia. Tras ver que en otros países como Alemania se llevaban a cabo terapias asistidas con perros, decidió importar esta idea al complejo palentino, donde en el mes de abril comenzaron a aplicar esta terapia.
Beneficios
Tocino donó tres de sus galgos al centro –otros dos fueron donados por el Club Nacional del Galgo- para iniciar una terapia novedosa que ya ha obtenido sus primeros resultados. De hecho, se ha demostrado que mejora la motricidad de los pacientes e influye positivamente en los niveles de presión arterial, la frecuencia cardíaca e incluso en los niveles de colesterol. Además, aumenta su capacidad de responsabilizarse, porque “ellos son dueños de su perro y tienen que ocuparse de él”, y mejora asimismo la interacción entre los pacientes y el resto de residentes del centro.
Precisamente, éste es uno de los puntos más importantes de la terapia. De hecho, de forma indirecta beneficia además al resto de residentes del centro, pues Javi, Julita, Ana y Jesús, junto al resto de sus compañeros, visitan con sus galgos el resto de unidades, de forma que hacen la labor de coterapeutas. “A las personas con discapacidad intelectual les cuesta más relacionarse con el personal sanitario, por lo que ellos, junto a los perros, hacen de enlace y ayudan al resto de pacientes”, explica Tocino. Además, se fomenta la autoestima, pues “entablan muy buena relación con el animal, les cuesta menos relacionarse con él, porque él nunca les juzga”, añade el terapeuta.
Dos días a la semana, una adiestradora canina acude de forma voluntaria al centro, para enseñar a los enfermos las pautas básicas para educar a los perros. En los meses que lleva en marcha la terapia, han aprendido ya a ponerles el collar, la correa y lograr que paseen a su lado. También saben hacer que se sienten, se tumben y hagan ejercicios con un aro y ahora están consiguiendo incluso que les den besos. La elección de la raza –aunque también comenzaron a trabajar con un Schnauzer gigante que murió con pocos meses- se debe a que “el galgo es un perro de muy fácil manejo, muy empático y que da muy pocos problemas, pues apenas ladran y son muy tranquilos”.
Avanzar en el tratamiento de la enfermedad mental
La actividad está dirigida por Enfermería y se enmarca dentro del objetivo principal del centro, que no es otro que buscar la reinserción de las personas en el entorno comunitario o bien lograr un alto grado de autonomía en las que residen en el centro. Emilio Negro, jefe de Enfermería de San Luis, reconoce que “las Hermanas Hospitalarias han sido pioneras en el mundo de la rehabilitación mental y por ello se promueven este tipo de iniciativas”, en un intento por buscar nuevas terapias que permitan conseguir estos objetivos.
Nuevas terapias que “complementan a la terapia farmacológica”. “Nunca la van a sustituir, pero van a conseguir que, junto al fármaco más adecuado y el trabajo del equipo terapéutico, la actividad ayude y complemente una mejora notable en el paciente”, añade.
Una mejora a la que contribuye además la amplia superficie que ocupa el centro San Luis, con más de 80.000 metros cuadrados de superficie, la mitad de ellos de jardines. Jardines por los que ahora pasean los cinco nuevos residentes, que hacen más fácil el día a día de los pacientes y consiguen hacerles sonreír cada día. El cariño que demuestran por los perros, y también los animales por ellos, dejan patente un nuevo mundo de posibilidades en el tratamiento de la enfermedad mental.