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75 años desde el incidente que 'mató' a Unamuno

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75 años desde el incidente que 'mató' a Unamuno

Tal día como hoy de 1936, Miguel de Unamuno y José Millán-Astray se enzarzaron en una histórica pelea verbal que terminó con la desaparición del primero de la vida pública y su prematura muerte pocas semanas después

12.10.11 - 20:53 -
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75 años desde el incidente que 'mató' a Unamuno
La Asociación Memoria y Justicia realiza un homenaje en el cementerio de Salamanca con motivo del 74 aniversario de la muerte del escritor Miguel de Unamuno./ Ical
Hace menos de una semana, los dos grupos políticos que componen el pleno del Ayuntamiento de Salamanca mostraron su acuerdo ante la moción presentada por el PSOE para restituir el acta de concejal de Miguel de Unamuno y Jugo, el literato, rector de la Universidad de Salamanca y concejal del Ayuntamiento charro al que un encuentro con el fundador de la Legión, José Millán-Astray, condenó al ostracismo social de su época.
El ya célebre incidente tuvo lugar tal día como hoy de hace 75 años. El Paraninfo de la Universidad de Salamanca fue el lugar elegido para celebrar aquel 12 de octubre de 1936 lo que hoy conocemos por ‘Día de la Hispanidad’, denominado entonces ‘Día de la Raza’. Con una Guerra Civil recién comenzada y Salamanca convertida en capital del bando nacional, cuyos jerifaltes se acuartelaban en el palacio episcopal de la ciudad, la zona más noble de la vida académica se pobló de partidarios del franquismo dispuestos a escuchar los discursos del catedrático de Historia José María Ramos Loscertales, del profesor de Ciencia Escolástica, Vicente Beltrán de Heredia, del escritor José María Pemán y del profesor Francisco Maldonado. En el estrado, atentos, Millán Astray, Carmen Polo, el Obispo Pla i Deniel y el propio Unamuno que no tenía pensado intervenir a pesar de que, pocas semanas antes, la Universidad de Salamanca se había plegado al llamado ‘Mensaje a las Academias y Universidades del mundo acerca de la Guerra Civil española’, donde se justificaba el alzamiento, para el que se pedía solidaridad y apoyo internacional, y se condenaba a la República.
El acto transcurría por los cauces previstos, marcado por las constantes loas a la idea de España, hasta que llegó el turno de Maldonado de Guevara quien, en el mismo estilo, decidió ir un paso más allá y entrar en confrontación con vascos y catalanes, a los que tildó de “cánceres en el cuerpo de la nación que el fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlos, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”. Tras la intervención, desde el auditorio emergió una voz que gritó ‘¡Viva la muerte!’ A medida que avanzaba el acto, la cara del rector, inicialmente sereno, había ido cambiando. Justo tras esas palabras, terminó por estallar. Improvisando, Unamuno se levantó de su asiento y dirigiéndose al auditorio constató lo que ya se respiraba en el ambiente. “Estáis esperando mis palabras”, afirmó.” Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio”, aclaró a continuación antes de justificar el hecho de romper el protocolo establecido porque “a veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”. Fue entonces cuando dio inicio a su réplica al discurso, “por llamarlo de algún modo”, del profesor Maldonado indicando que pasaría por alto “la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes”. El autor de ‘San Manuel Bueno, Martir’, natural de Bilbao, se había sentido agraviado y también tomó como propio el insulto al obispo de Salamanca, “catalán nacido en Barcelona”. El rector, sin embargo, prefirió centrarse en “el necrófilo e insensato grito” que procedía de entre el público. De aquel ‘¡Viva la muerte!’, Unamuno, que según su propio testimonio había pasado su vida “componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían”, destacó que se trataba de una paradoja “repelente”.
Tensión creciente
Los ánimos habían empezado a caldearse, los mandos militares congregados en el Paraninfo no daban crédito a lo que escuchaban pero el ambiente se tensó aún más cuando el rector de la Usal recordó que Millán-Astray era inválido de guerra, “como también lo fue Cervantes”. El militar lucía un llamativo parche en el ojo derecho desde que el 4 de marzo de 1926 un disparo se lo destrozó y le produjo desgarros en el maxilar y en la mejilla izquierda durante la guerra de Marruecos, una contienda que también le había costado la amputación del brazo izquierdo, en 1924, y diversas cicatrices por heridas de metralla en las piernas. Prosiguió Unamuno lamentando que, “desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más”. En esa línea, señaló que la española era “sólo una guerra incivil”, argumento que subrayó al asegurar que “vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión”. La indignación de la representación castrense en el acto era patente pero se tornó en furia al escuchar al rector decir que le atormentaba “el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa” dado que, en su opinión, “un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.
El fundador de la legión, que también hacía las veces de director de la oficina de radio, prensa y propaganda del cuerpo de mutilados de guerra, se removió de su asiento incapaz de contenerse para reclamar la palabra interrumpiendo al rector y gritar una soflama que pasó a la historia: “Muera la intelectualidad traidora”. Ante el cariz de los acontecimientos, Pemán intentó mediar al grito de ‘¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!’. Pero ya no había vuelta atrás. Unamuno no se amedrentó y replicó con varios pasajes que también quedaron para la leyenda al afirmar, dirigiéndose al militar: “Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España”.
Salvado por Carmen Polo
Lo que sucedió a partir de ese instante sólo se puede resumir con las expresiones ‘tumulto’ y ‘violencia contenida’. El público montó en cólera contra Unamuno y profirieron a voz en grito todo tipo de insultos. Algunas crónicas aseguran que ciertos oficiales empuñaron incluso sus pistolas y el asunto no fue a mayores, curiosamente, por la intercesión de la esposa del Caudillo, Carmen Polo, que le salvó de una posible agresión al agarrarle del brazo. El acto se dio por concluido, Unamuno abandonó el Paraninfo y en el claustro de las Escuelas Mayores, de camino a la calle, fue rodeado por la turba que alzaba las manos imitando el saludo falangista. La mujer de Franco se hizo a un lado en ese instante y Unamuno, secundado por el Obispo, llegó como pudo hasta el coche que lo esperó fuera para trasladarlo a su casa, de la que apenas volvió a salir al permanecer en arresto domiciliario hasta su muerte, apenas dos meses y medio más tarde.
Las versiones sobre lo sucedido en la Universidad de Salamanca difieren en el agravio aunque no en la versión general de los hechos. Desde algunos sectores se sugiere que el insultado fue Millán-Astray ante el desplante rectoral y la referencia a las taras físicas del militar. La mayoría, sin embargo, dan por buena y válida la reacción del filósofo y novelista ante los ataques a una parte de los españoles en un clima bélico que, en aquel momento, no se sabía cómo iba a terminar. Además, quienes respaldan esta teoría recuerdan que esa misma noche los guardias cívicos de Salamanca ofrecieron una cena en honor de José María Pemán, presidida por el alcalde, en la que, “ante un público perplejo”, Millán-Astray abrazó al escritor y le ofreció una simbólica ‘medalla de sufrimientos por la patria’. De aquel gesto, muchos dedujeron que el militar pretendía neutralizar los posibles efectos negativos de lo sucedido en el paraninfo, aunque otros interpretaron que simplemente trataba de congraciarse con el escritor. Tiempo después se supo que el general Franco consideraba que Millán se había comportado “como era debido” en la confrontación con Unamuno. Quizá por ello, no dudó en firmar, diez días más tarde del incidente, el decreto de destitución del rector.
Solo unas horas después de aquellos hechos, la corporación municipal de Salamanca se reunió de forma secreta y expulsó a Unamuno “por España, apuñalada traidoramente por la pseudo-intelectualidad liberal-masónica”. Hasta el 31 de diciembre de 1936, día en que falleció de forma repentina mientras estaba de tertulia vespertina con unos amigos, Unamuno había recibido a varios medios extranjeros de los que se valió para aclarar su posición ante la contienda civil. El escritor resaltó que, pese a verla con esperanza en un primer instante, empezó a percibir una deriva de crueldad que no compartía y de la que eran cómplices ambos bandos.
Repudiado y querido a partes iguales en el momento de su fallecimiento, el tiempo ha terminado colocándolo en el lugar que la cultura y el pensamiento de España reserva a quienes aportaron su grano de arena al desarrollo del país en tiempos extremadamente difíciles. Cada día de fin de año, Salamanca recuerda su figura con una ofrenda en la estatua que le dedicaron ante la casa en la que vivió. El próximo año, según avanzó el actual alcalde de la ciudad, Alfonso Fernández Mañueco, la capital del Tormes quiere consagrarlo a su memoria con la celebración de diversas actividades.
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