Oir, leer o ver a
Miguel Delibes disertando sobre la caza era algo más que un placer. Era sentir en tus venas la descarga de adrenalina que se produce cuando intuyes que las perdices se esconden unas matas más adelante; o cuando el agudo ladrido del perro avisa de que un conejo trata de encontrar la boca del bardo regateando entre las aulagas; o cuando, entre un espeso maizal, sientes que algo muy grande se mueve deprisa, huyendo de la rehala que le acosa.
La caza, lo cinegético, era en él una pasión en estado puro. Tan puro que, cuando los tiempos empezaron a cambiar y las costumbres a mudar, empezó a dejarle de interesar. Era Delibes de esos cazadores apasionados hasta el límite. De los que el lunes están ya nerviosos porque queda un día menos para el domingo. Tuvo la gran virtud de vivir la caza sin convertirla en el referente básico de su vida. Y quizá esa barrera de autoprotección fue la que se sirvió de salvoconducto para sobrevivir cuando las románticas ideas de la caza como comunión entre el hombre y la naturaleza dieron paso a un puro negocio mercantilista.
Muchos somos los que, a través de él, descubrimos que cazar no consiste sólo en bajar perdices repulladas, revolcar liebres en casa dios o parar conejos en un tiro imposible entre pimpollos. Gracias a su pluma y a su verbo encontramos el placer de descubrir la naturaleza en mitad de una pelada ladera en la que a duras penas sobreviven las matas de tomillo; de escuchar la silenciosa y parsimoniosa lucha que mantienen un quejigo y una encina por un trozo de tierra y un resquicio de sol.
Y es que para Delibes la caza era sólo la excusa para estar en el campo, para ver, contemplar, observar y analizar las mil y una historias anónimas que esconde cualquier trozo de Castilla; la atalaya ideal para descubrir personajes sabios, como Juangualberto, ‘el barbas’, o el señor Cayo, que acumulan en sus memoria y en sus genes cientos de años de respeto por el medio ambiente. Porque él fue un adelantado a su tiempo. Tuvo conciencia ecológica mucho antes de que se inventara el término y abogó por el desarrollo con pleno respeto a la naturaleza cuando los actuales ecologistas estaban sólo en la mente de Dios. Aunque nunca se le haya reconocido como se debiera, lo cierto es que Delibes fue, y es, el ecologista más racional e inteligente. Su discurso de ingreso en la Real Academia Española es todo un tratado de lo que ahora se quiere hacer, pero con tanta antelación que sorprende.
Y todo ello sin traicionar, como no podía ser de otra forma, su espíritu de cazador. Ambas cosas no son incompatibles. Argumentaba, una y otra vez, que el primer interesado en defender la naturaleza y la supervivencia de la especies salvajes es el cazador, ya que de lo contrario acabaría por no poder alimentar una pasión tan absorbente como la caza. Una gran verdad, que sólo ahora se empieza a tener en cuenta.
Pero con lo que no contaba Delibes era con que el cambio de costumbres convertiría a su pasión en un ejercicio mercantil. Miles de euros invertidos en puestos de montería, en cotos, en repoblaciones, en domesticar el campo y tornarlo en un negocio. Cuando lo detectó lo asumió como inevitable, sólo lo que vale y da dinero es lo que acaba protegido, pero cuando comprobó cómo los nuevos tiempos pasaban, una vez más, lejos de su amada Castilla, comprendió que su momento había pasado. Siguió cazando, hay cosas que nunca se pierden, ni en la más adversa de las condiciones, aunque ya nada fue igual. Ni siquiera la pesca fue su refugio: las repoblaciones han acabado con la trucha que él quería: luchadora, brava, incansable. Decía, el día que abandonó la caza a rabo, en mano, la más pura, que las perdices le podían. Y como él huía de repetidoras, de ojeos, de lances en los que triunfa el engaño sobre la competencia entre humano y pájaro, cuando supo que el resuello ya no le alcanzaba, prefirió retirarse. Mejor renunciar a la pasión que traicionarla acomodándose. Nunca lo hizo en su vida profesional, cuanto menos en la personal.
Queda su legado, aquel que muchos practicamos: cazar no es volver con una buena percha; cazar es ver a la naturaleza saludar un nuevo día.