Las campanas del reloj del Ayuntamiento suenan con una puntualidad inglesa a las cuatro y media de la tarde. A estas horas, el gélido viento zurce ya los respiraderos de las bodegas que osan desafiar al cierzo. Lo llevan en la herencia, las conocidas como cerceras, coloquialmente denominadas chimeneas, pelean por erigirse en vetustas estatuas de una arquitectura inmortal. Son la nariz que olfatea el buen vino, los sumilleres más longevos de un subsuelo de cuatro hectáreas que conserva el secreto mejor guardado de Mucientes: su clarete.
Entre sendas de apenas metro y medio de ancho y un par de ellos de alto, Felipe Panedas se desenvuelve a la perfección. Se autodenomina 'activista cultural'. Razón no le falta. Este ex concejal del Ayuntamiento, ayudante en la edición de varios libros sobre Mucientes, se conoce al dedillo todas y cada una de las páginas escritas sobre su municipio. Retorcidas escurrirían ríos de tinta sobre las 250 propiedades bodegueras que se levantan en un paisaje casi lunar. Tantas como familias censadas hay en el pueblo. «En el catastro del Marqués de la Ensenada se nombran cuatro o cinco menos de las que hay ahora», puntualiza mientras se dispone a abrir la puerta de dos antiguas cavidades revestidas en Aula de Interpretación. Por la inclinada escalera que desemboca en las bóvedas que recubren el lagar y los tinos desfilaron el año pasado 2.500 visitantes. A varios metros de profundidad, y ante objetos de otros siglos, preside este tributo enológico una brillante taza de plata sobre la que reza grabado: 'Ánimas, Mucientes'. Es la insignia del pueblo, el objeto que hace las veces de relevo entre los alcaldes y que mantiene aún presente el ancestral cobro de la tasa. «El Ayuntamiento sacaba a subasta el privilegio de llevar a degustar el vino en las bodegas a los compradores que venían de fuera. La degustación se hacía en esta taza de plata, y quien se quedaba con la puja, abonaba una tasa por ello, pero recibía un porcentaje del dinero que pagaba el comprador por el vino», explica Felipe Panedas.
«Respecto a lo de 'Ánimas' -prosigue- es porque parte de lo que se recaudaba iba para la Cofradía de Ánimas, que se encargaba de enterrar a quienes no tenían recursos».
De la costumbre de cobrar la tasa guarda recuerdos la vecina Aurora Camazón. Y no precisamente buenos: el año que su padre se quedó con la subasta se helaron todas las viñas. «No pudo vender nada el hombre», se lamenta esta mujer de 71 años que, como buena mucenteña, ha estado vinculada tradicionalmente con el mundo vinícola. «El vino es limpieza y limpieza, no hay más secretos que ése», afirma.
Los caldos que hoy en día embotellan once empresas de la localidad han compartido históricamente protagonismo con su antagónico elemento: el agua. De su llegada al pueblo en 1931 da fe un panel explicativo colocado en la Fuente Nueva que certifica su coste en 12.000 pesetas. A escasos cinco metros, una losa de cristal recubre los vestigios de los antiguos lavaderos junto a los que aún discurre el Arroyo Del Prado. Su caudal sorprendió hace «unos 55 años» a los vecinos de las casas más cercanas «llevándose por delante un carro de paja, gallinas, vacas y todo lo que pilló», cuenta Aurora, quien invita a conocer todas estas anécdotas en el libro 'Mucientes. Trabajos, costumbres y ritos', en el que participó.
Una soga de esparto entrelazada en los cuernos del animal inmortaliza en esta publicación el toro enmaromado que correteó por las calles hasta hace una década. Lo que comenzó como una necesidad para trasladar las reses de lidia hasta la carnicería del matarife se transformó en apenas cinco años en un festejo más. La legislación lo erradicó. No pudieron acreditar mayor antigüedad de 60 años para un festejo que, a diferencia de otros enmaromados, no tuvo su vinculación directa con los ritos nupciales. Sí lo tiene, en cambio, la inconclusa iglesia parroquial, donde los novios tienen que entrar solteros por la puerta lateral, que es la denominada 'de los casados', y salir ya como matrimonio por la principal, que hace las veces de mirador del pueblo para avistar las ruinas del castillo de los condes de Rivadavia.
A sus 71 años ha pertenecido a asociaciones culturales de la localidad y ha prestado sus vivencias para la edición del libro 'Mucientes. Trabajos, costumbres y ritos'. Ha estado vinculada con el mundo vinícola, donde se encargaba de vendimiar y limpiar los tinos de la bodega familiar.