Aunque una reflexión no exige mucho, necesita su tiempo: darle unas vueltas al tema, ir y volver. Con lo que se acompasa bien (o podría acompasarse bien) con el paso sosegado de los grandes proyectos urbanísticos, mientras se les busca un hueco en los presupuestos. Recuerdo cuando Ricardo Bofill fue elegido en el 2003 para dar las primeras ideas sobre el espacio que iba a dejar libre el soterramiento de las vías del tren. En 1973 había convertido una fábrica abandonada de cemento de principios de siglo en su taller de arquitectura en Barcelona: una construcción descomunal, muy poderosa, con los silos transformados en oficinas, y los imponentes muros de hormigón armado y las estructuras enormes de hierro envueltos en un entorno vegetal apabullante: lo que podríamos haberle pedido para algunas de las naves de Renfe y el depósito de locomotoras, para darle al centro de Valladolid una imagen única con la que identificarse. Pero las infografías del proyecto con las que ganó el concurso de ideas, obcecado en sus bases con lo emblemático, arrasaron con todo, hasta convertirlo en un espacio aséptico con unas pocas torres, que el arquitecto justificó por el estado de ruina en el que estaban las edificaciones, irrecuperables, dijo. Y León de la Riva, a su lado, ni rechistó. Al final, sin un uso concreto con el que imaginarlas, sólo eran las piezas puñeteras de un tetris. Pero con el tiempo, en el ritmo moroso de los primeros años del soterramiento, se pudo reabrir el debate, y se tiró a la basura el trabajo de Bofill; el Ayuntamiento pudo recular y en el nuevo proyecto del equipo de Rogers se mantienen todas las edificaciones protegidas. Con lo que los derribos en ese primer bosquejo han quedado sólo como un pequeño malentendido, ya aclarado, al no caer entonces en que esos elementos arquitectónicos podían ser el punto de partida tremendamente sugerente para la reurbanización de los talleres, para una auténtica catarsis de toda la ciudad, no un marrón del que había que intentar escaquearse.
Así que algo hemos ganado desde entonces. Y no sólo con el soterramiento. Porque el debate últimamente parece que ya no es tirar o no tirar las construcciones industriales de la ciudad. Podría ser dejarlas caer o que no se caigan, pero eso por lo general no hay que planteárselo. Es sólo un pecado venial. Por omisión. Como con las viejas naves de Enertec. El debate ahora es qué uso se le puede dar a esos espacios que hay que ir rehabilitando: un avance que, como digo, está muy bien. Pero las respuestas, por lo general, rechinan bastante. No suelen justificar por sí mismas la rehabilitación: o porque son propuestas muy vagas o porque son demasiado envoltorio para poco regalo. Como si no vieran el patrimonio industrial como una oportunidad única. Como si fuera un jarrón chino, una herencia valiosísima, pero que incomoda y no se disfruta nada: un incordio para un salón lleno de muebles de Ikea. Como el pabellón del Matadero que acaba de ser rehabilitado estos días, también en otro proceso largo, con algo más de un millón de euros del Plan E: una ruina menos, un edificio interesante, pero para el que no hay un nuevo uso, o al menos un nuevo uso concreto, con un programa que determine claramente qué hacer con él; porque va a ser -han dicho desde el Ayuntamiento- un centro plurifuncional de actividades culturales, destinado fundamentalmente a artes escénicas, que, convertido al lenguaje poético de Juan de Mairena, quiere decir un edificio absolutamente vacío para lo que surja: para que ensayen compañías de teatro, se les ha ocurrido, o para guardar ganado. Da igual. Para qué concretar. O el otro caso: la que nos viene ahora con la rehabilitación de la Torre del Fielato de la carretera de Rueda, que piensan usar como envoltorio de la rimbombante sede de las ciudades hermanadas. Que será una mesa de trabajo, un ordenador y un par de diccionarios, y alguien que se pase a ventilar eso de vez en cuando. Otra caja vacía, pero bien envuelta.
Desde hace semanas anda al alcalde relamiéndose con el palacio de congresos que se va a construir en León. Lleva años pidiendo uno y se ha enterado que para el de León ya han juntado entre el Ministerio de Industria y la Junta 60 millones: un pastón que a él le niegan por ahora; que supone, además, aunque él no lo ha dicho, la recuperación de la vieja azucarera de Santa Elvira y su conversión en el vórtice económico y cultural para el nuevo centro de León. Porque con la rehabilitación no quieren tener ahí un mausoleo, un altar al pasado, sino recuperar, como me decía un amigo, uno de los músculos de la ciudad, ahora como recinto ferial. Que es como deberíamos pensar nosotros en recuperar Santa Victoria. Podríamos pensar de una vez en un uso interesante y presentárselo también a la Junta o a un ministerio, a ver qué pasa: un uso que tire de ella y la salve, que justifique los millones que puede costar restaurarla con la función que desempeñaría en la ciudad, para que de verdad sea protagonista, como lo van a ser Santa Elvira en León o La Tejera en Palencia. O como lo va a ser, en otra escala, la antigua harinera de La Perla aquí, en Valladolid, después de ser reconvertida en hotel, o como lo será el imponente edificio de ladrillo de Iberdrola cuando tenga un uso que lo reincorpore a la vida de la ciudad, cuando sea también hotel, o lo que sea, menos convidado de piedra -otro museo- en una ciudad desquiciada con sus jarrones chinos.