La galería de arte Rafael abrió sus puertas en 1985 con una línea claramente definida que ha mantenido siempre, mostrar la obra de grandes artistas actuales de cualquier técnica y estilo excepto la abstracción, aunque algunos la hayan rozado. Ahora, cuando va a cumplir su primer cuarto de siglo, lo celebra con una colectiva en la que están representados pintores, varios de ellos castellanos, que ya han pasado a la historia del arte, cuyas obras dialogan con las de los jóvenes valores en una exposición que tiene, como todas las que ha organizado la sala, el objetivo de emocionar.
Titulada '25 años, 25 pintores', está acompañada de un extraordinario catálogo que reproduce las obras expuestas de artistas de la galería y presentan sus propietarios, Rafael Pérez y Charo Díez, con un breve saludo a los amigos de la sala, convencidos de que «el arte permanece y siempre está ahí para compartirlo». 'La lectura', un óleo del vallisoletano Anselmo Miguel Nieto, atrapa al espectador con una singular composición en la que el tiempo se ha detenido. Contrasta con 'Rey Astur', de Álvaro Delgado, un juego cromático en movimiento alrededor de la cabeza del personaje. 'Espejo infiel' es el título de la composición de Agustín Úbeda, animada por unos pájaros imposibles. Contrasta con la realista joven de Francisco Barrachina, con pañuelo sobre los hombros y flores en el pelo, y el bodegón de Cristóbal Toral, en el que las verduras vuelan.
Los toros de Cuadrado Lomas
Otros grandes vallisoletanos ya fallecidos son José Manuel Capuletti, representado por 'El verano', un estudio a la acuarela, y José María Castilviejo, quien titulo 'Romaneando', un juego de toro y caballo. Los toros de Félix Cuadrado Lomas, en cambio, posan apaciblemente sobre una de las geométricas tierras del artista, paisaje en verdes que se extiende hacia el horizonte.
También está tendida en el campo la mujer desnuda de Antonio Guijarro, en claro contraste con el movimiento de los 'Circenses ensayando' de Roberto Díaz de Orosia. 'Amorcillo' es el título del óleo sobre tabla de Eduardo García Benito, una singular maternidad que ha roto las barreras del tiempo.
Florencio Galindo, en cambio, pinta uvas que destacan sobre un muro, mientras que Cristina Pérez Gabrielli da vida a una mujer oriental de largo cuello y finas manos, que cruza con un gesto tranquilo, muy distinto al de la joven desnuda que esquiva el ataque de un pájaro de Luis García Ochoa, escena con aire de ilustración, como la niña que juega con un oso y un gato en el óleo naif de Isabel Villar.
La luz se refleja en los atractivos ventanales de María Jesús Casado, mientras que el espectador puede perderse en el infinito paisaje de Cirilo Martínez Novillo que atraviesa una figura que se pierde en la lejanía. En cambio, el jardín de Menchu Gal es muy cercano, aunque las flores parezcan volar sobre los muros. Mery Maroto ha conseguido transmitir la sensación de espera a través de la solitaria mujer sentada en un banco con los pies descalzos y una maleta al lado que parece haber abandonado toda esperanza.
Escenas imaginativas
Las gentes de Agustín Redondela forman grupos y van y vienen por el camino de la ermita. Aunque parecen tan fuera del tiempo como el soldado de José Vela Zanetti que murió en la toma de Valencia. Los ángeles ponen música al sueño de la bailarina que duerme sobre un caballo de Miguel Ruiz Poveda, una escena tan imaginativa como el frutero de Justo San Felices que se funde con el espacio. También tienen un aire de ilustración los payasos de Zacarías González, mientras que Miguel Zapata da una nueva versión del Papa Inocencio X.