Cuasimodo, el Hombre Lobo y algún zombi son los centinelas del Teatro Calderón hasta el día 30. Dan la bienvenida en un vestíbulo con guadañas, jaulas y telas de araña. Una vez dentro, el escenario es un cementerio de lápidas, gárgolas y una espectacular reja que irán atravesando todos los artistas de El Circo de los Horrores. Comandados por Suso Silva, presentaron ayer 'Psicosis', patrocinada por el Ayuntamiento, EL NORTE y TVCyL. Tras dos horas de humor, artes circenses y entrega total del público, levantaron al patio de butacas.
Silva es Nosferatu, el regidor que es asistido como jefe de pista/escenario por un Belcebú debidamente enrojecido por su estancia en los infiernos. Tras una declaración de intenciones, «no esperen a los payasitos, aunque se reirán y pasarán miedo», este cómico animó a disfrutar de la «poética del terror».
Una momia acróbata demostró que hasta embalsamados, bien entrenados, pueden colgarse del cielo y sorprender al respetable. Monjes, jorobados y ánimas perdidas asisten en cada cambio de número. Son ellos los que sacan una cama en la que se revuelve una poseída, invadida por un espíritu que provoca contorsiones imposibles en su cuerpo. La exorcizada parece de goma. El fundido en negro del escenario se acompaña de tenebrosas músicas, aullidos y gritos. Sin embargo el Circo juega con los efectos y al terror le sigue el humor.
El payaso es soez y dependiente, entra en una silla de ruedas que empuja un tétrica enfermera con el cuchillo de 'Psicosis'. Será el primero en sacar a escena a Fernando, un espectador que a estas horas estará ya contratado por la troupe tras demostrar su solvencia como colaborador.
Dévora, la vampiresa que salió con una larga pitón pálida, fue la siguiente en requerir los servicios de Fernando. La devorahombres le propuso un juego sadomaso con victoria asegurada. No le clavó ningún cuchillo porque no los lanzó. Quien sí demostró su pericia en este número clásico de circo fue el hombre del antifaz quien dibujó varias siluetas de su exuberante rubia en movimiento. Un grupo de bailarines ponen el color y el calor de los ritmos africanos, en un número en el que aparece el fuego, reminiscencia de tiempos de faquires.
Suso Silva, Premio Nacional de Circo en el 2003, saca el mimo que lleva dentro en dos ocasiones. La primera antes del descanso, en un 'sketch' para probar la ductilidad de la mirada del público. A la elegida le costó cruzar el espejo, ver el mundo invisible que le proponía el mimo, quien logró arrancar la carcajada del público.
Y una niña, la hija de Suso, cierra la primera parte con el suspense de sus tétricas palabras y su perturbadora apariencia inocente.
En su particular revisión del circo tradicional, Silva no ha desdeñado por completo los animales. Un caballo aparece majestuoso en el escenario demostrando sus habilidades con la concisión que exigen las exiguas medidas del escenario.
Más acróbatas, esta vez dos mujeres, colgadas de telas. Dos felinas que bailan en el aire, como luego lo harán en el patíbulo un verdugo y un condenado, dos gimnastas con un dominio olímpico de sus músculos y de la gravedad.
Dévora reaparece en un número de cabaret, un strip-tease ante un indiferente caballero que resulta ser ciego. Punto surrealista del guión que enlaza con el último número del clown. Suso Silva propone un peculiar rodaje de película a tres voluntarios del público y acaba por ganarse a los que, aferrados al título, piden cuentas al prometido hilo argumental. Efectivamente hay momentos de muy poca psicosis, como los hay de hilarante terror. Desde que el Circo del Sol sembrara por el mundo su manera de entender las artes circenses, muchos han sido los imitadores y menos los que han buscado senda propia. Silva ha apostado por la suya.