Las obras para cambiar los canalones del tejado de su edificio, en la avenida de Palencia, le dejarán a Araceli Pérez Morate, viuda desde hace nueve meses y con 78 años de edad, sin la ayuda a domicilio. «O pago a la chica o la comunidad», subraya. Con 732 euros de pensión, esta vallisoletana que vivió más de cuarenta años en las viviendas de Tafisa, donde trabajaba su esposo, dejó todos sus ahorros en la compra del pisito donde reside ahora. Patrimonio, cero. «Yo, mientras pueda, quiero seguir en mi casa, tengo dos hijas muy buenas, pero a mí me gusta que hagan su vida y yo hacer la mía», sostiene esta experta repostera a la que jalean sus cuatro nietos por su habilidad con las tartas y las empanadas. «Estoy pagando 49 euros y ahora me dicen en la carta que tengo que pagar 97,88 por la ayuda a domicilio y 13,70 por lo de la teleasistencia, que hasta ahora no se pagaba», explica. La chica que le ayuda en casa viene tres veces a la semana y está una hora y media. «Yo tampoco quiero estar sin hacer nada, mi habitación se la dejo hecha y los cacharros fregados». A Araceli el servicio le viene bien para que le acompañen a hacer la compra, abordar el aseo de los lugares de la vivienda donde no llega y para dar una pasada a los cristales. Su artrosis progresiva (maldita artrosis) también hace de las suyas con esta mujer, que cuidó de su esposo enfermo durante 28 años.
Economía de guerra
Después de hacer sus cálculos, Araceli ha decidido quedarse únicamente con los aparatos de la teleasistencia. «Me da seguridad, cuando vivía mi marido llamamos alguna vez cuando se cayó y la verdad es que vinieron muy rápido y nos atendieron muy bien», apunta esta ama de casa, que después de muchos años de dedicación absoluta a su hombre ha vuelto a hacer dictados, cuentas y a repasar historia en el centro cívico de La Rondilla. También echará de menos la visita de la asistenta, pero es lo que tienen las auténticas economías de guerra. Hay que recortar.
«Yo no digo que no lo suban, porque si buscas a alguien de la calle es más caro, pero no así y tanto dinero». A Araceli no le queda más remedio que probarse a sí misma y comprobar si puede afrontar esta nueva etapa sin nadie en casa.