La Historia a veces es anónima, sin protagonistas conocidos cuando se trata de las experiencias que afectan al ciudadano de a pie, cuyo nombre nunca figura en los libros sobre hechos históricos. Cuando se explica lo sucedido en Valladolid a raíz del golpe militar de julio de 1936, todo se resume en conatos de resistencia en los talleres del ferrocarril, principal foco socialista en Castilla y León, y en la Casa del Pueblo. Mas la Historia resulta herramienta aleccionadora cuando saca a la luz sucesos que rescatan del anonimato a quienes los vivieron y protagonizaron.
El azar me ha llevado a conocer uno de los que, al descubrirlo, conmueven las conciencias. Veo casi a diario a la nieta de Félix Madera García, obrero que fue de los talleres del ferrocarril. Necesitaba comentárselo a alguien, evitar el olvido. En una ocasión me mostró un anuncio aparecido en EL NORTE DE CASTILLA del 17 de diciembre de 1936. Me dijo que lo había encontrado en la cartera de su padre, Ovidio Madera Ramos, cuando había fallecido y que nunca antes lo había visto. Lo guardó en lo más profundo de su memoria. Decía así: «Esta mañana, a las siete y cuarto, han quedado cumplidas las sentencias de pena de muerte impuestas en Consejo de Guerra a los procesados Félix Madera García, Manuel Holgado García, Anastasio Holguín Rodríguez, Daniel Martín Rodríguez, dictada por Consejo de Guerra el 13 de noviembre de 1936». Cuatro historias trágicas, que no puedo detallar.
Me señaló también que, días antes, indicaron a su esposa que «si quería el cuerpo, debía recogerlo después del fusilamiento. Mi abuela Elisa, mi padre de 14 años y otra persona subieron al alto de San Isidro con una carreta de las que se utilizaban para transportar cántaros de agua, llevando la caja en la que debían enterrarlo. Pero no pudieron hacerlo en la tumba familiar, sino en un terreno habilitado para los 'rojos' en el cementerio, entrando a la derecha». Sus preguntas, tantas veces ocultas, afloraron inevitablemente: «¿Por qué le condenaron?», «¿qué hizo para que eso ocurriera?». Mi respuesta no podía ser otra: «Todo eso, le dije, consta en los archivos, que tienes derecho a consultar libremente», mientras recordaba aquella frase de Leon Tolstoi que dice «todas las familias felices son iguales; pero cada familia infeliz lo es a su manera». El resultado de esa visita al Archivo es el siguiente.
Dos años más tarde de ser fusilados, el Juzgado Militar Nº 8 de la Séptima Región Militar abre un Expediente de Responsabilidad Civil contra los ejecutados para determinar en la que hayan podido incurrir como consecuencia de su «rebelión contra el Movimiento Nacional». El 20 de enero de 1939 se les condenará, ya muertos, a pena de muerte, «para que quede declarada por sentencia firme la culpabilidad, al resultar civilmente responsable por su actuación contraria al Movimiento Nacional», a la vez que «se decreta el embargo de todos sus bienes». En el caso que nos ocupa, la acción se aplica a «Félix Madera García, de 37 años, casado, ferroviario, de profesión montador de la Compañía de los Ferrocarriles del Norte, afiliado al Partido Socialista y a la UGT, secretario de dicha organización. Con gran ascendiente sobre los correligionarios suyos que le consultaban. Recaudador del Socorro Rojo Internacional. Según consta en los informes de la Administración de Propiedades y Contribución Territorial, examinados todos los libros de registros, no posee cantidad alguna en cuenta corriente ni depósitos en efectivo ni valores ni alhajas de ninguna clase, ni en concepto de propiedades rústica y urbana. Deja esposa y dos hijos de 10 y 14 años».
Pese a la minuciosidad de los informes, de nuevo el 27 de agosto de 1940 se reclama a los familiares la declaración de bienes de los fallecidos y su incautación, tal y como figura en el Expediente del Tribunal de Responsabilidades Políticas. En su respuesta, la viuda de Félix Madera, Elisa Ramos Herreras, manifestará «que no posee bienes de ninguna clase, teniendo como únicos ingresos el jornal de 4,75 pesetas que percibe como taquillera del Cinema Lafuente de esta capital, viviendo en compañía de su padre desde la muerte de su esposo, que tiene dos hijos y no tiene deudas». Hasta 1945, nueve años después de su fusilamiento, no se cerrará el expediente de incautación de bienes a los cuatro trabajadores juzgados y sentenciados con sendas condenas de pena de muerte dos años más tarde de que fueran ejecutados.
La vida de esta familia, sumida hasta ahora en el anonimato y a la que he conocido por casualidad, ha transcurrido en la soledad helada, en el silencio total, abatida por el recuerdo de su abuelo y por los acontecimientos vividos. Así lo recordaría siempre el padre de quien me ha hecho llegar esta historia, cuando tras la ejecución del suyo, y con 14 años, es llevado en un camión al pinar junto con otros, en plena noche, solo a la luz de los focos del camión y solo ante la muerte inconcebible. En ese terrible trance uno de los captores, al verle, grita: «¿Pero qué me traéis aquí? Es sólo un chaval; anda, corre, marcha de aquí». Se lanza a correr sin senda, sin camino conocido, se tropieza, cae, vuelve a emprender la huida, sin mirar, sin querer oír los gritos, las descargas, hasta que, aterrorizado, cae agotado. Con las primeras luces del día, buscará las vías del ferrocarril que lo devuelven a su casa. Así reemprendió la vida, con el dolor en los cimientos y con el recuerdo de su padre que conservó, silencioso, en la cartera hasta su muerte.
Dice Albert Camus que fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aún así sufrir la derrota. Esto es lo que explica por qué tantos hombres en el mundo consideran el drama español como su drama personal.