Ni actrices, ni payasos. Trabajan desde los libros y para llegar a los libros. Diana Sanchís e Isabel Benito son el alma de Saltalarana, una empresa que vive del y por el cuento. Trabajan en colegios, centros cívicos, asociaciones y librerías. Hoy celebran en Rayuela, donde están cada quince días, una sesión navideña (12.00h). Invitan a aquellos que quieran disfrutar fabulando, incluidos los padres que alargan la oreja parapetados tras un libro 'serio'. «Trabajamos en tres campos animación a la lectura, cuentacuentos o narración oral y programas de formación de mediadores (bibliotecarios, maestros, libreros, padres)», explica Diana.
La animación depende de colegios, grupos y edades. «Llegamos al centro y ponemos la semilla o la regamos, si ya han hecho algo previamente, pero es necesario un trabajo de fondo. Nosotros sólo podemos encender la mecha. Hay sitios en los que hemos hecho un programa continuado, por ejemplo en Dueñas el año pasado. Estuvimos yendo cada semana durante cuatro meses. Eso te permite trabajar más historias, más libros y sobre todo con más profundidad», cuenta Isabel. La actividad requiere del contacto visual, de la cercanía física, «que se sientan mirados», así que no admite mucho público. «Situamos el máximo entre 80 y 100 personas».
Los cuentacuentos es su trabajo más libre. Si no hay condicionantes, tiran de su «repertorio personal». «Diana es más de historias de género, a mí me gustan las historias de la tierra y de temporada», dice Isabel, a quien el público menudo le sorprende con propuestas como «plantar gambas en una huerta».
Partidarias de fomentar el lado lúdico de la lectura, huyen del «fundamentalismo de que hay que leer porque es bueno. La lectura es una alternativa más de ocio, ni mejor ni peor que con las que convive, y que cada uno la experimenta a su manera. Los niños necesitan historias, les animamos a fantasear. Enfocamos la lectura desde el respeto. Los cuentos deben ayudar a digerir la realidad». «Pulgarcito cuenta la historia del abandono del padre a los hijos porque no tiene para alimentarlos. Seguro que si lo cuento yo es distinto a que se lo cuente su madre a un niño. Nunca sabes lo que le puede llegar a un niño y cómo. No se puede subestimar la capacidad para descodificar y eso es individual», aseguran.