«El valle... Aquel valle significaba mucho para Daniel, el Mochuelo. Bien mirado, significaba todo para él. En el valle había nacido y, en once años, jamás franqueó la cadena de altas montañas que lo circuían. Ni experimentó la necesidad de hacerlo siquiera».
La voz del narrador expresa las sensaciones del niño protagonista de 'El camino', la víspera de su marcha del Valle de Iguña, donde había transcurrido toda su corta vida.
«En primavera y verano, Roque, el Moñigo, y Daniel, el Mochuelo, solían sentarse, al caer la tarde, en cualquier leve prominencia y desde allí contemplaban, agobiados por una unción casi religiosa, la lánguida e ininterrumpida vitalidad del valle. La vía del tren y la carretera dibujaban, en la hondonada, violentos y frecuentes zigzags; a veces se buscaban, otras se repelían, pero siempre, en la perspectiva, eran como dos blancas estelas abiertas entre el verdor compacto de los prados y los maizales.
(...) Le agradaba constatar el paralizado estupor de los campos y el verdor frenético del valle».
Tentación de subir
En el libro de memorias 'Mi vida al aire libre', que también fue recordado durante el acto de ayer, Delibes, ya en primera persona, recuerda sus veranos cántabros y el placer de ascender las montañas que rodean el valle.
«Hacer alguna cosa mientras se anda refuerza sin duda la alegría del paseo de que hablé más arriba. Y si lo que se hace es conquistar algo aparentemente inabordable, antes que el hecho de caminar, nos gratifica el triunfo sobre el medio: tal, a vía de ejemplo, dominar una montaña. Ahora recuerdo con añoranza nuestros veranos de alpinistas en Molledo-Portolín, en el Valle de Iguña, en Santander, durante la década de los cuarenta. Subir a los montes era nuestra obsesión. Supongo que de haber vivido en los altos, la fascinación la hubiese ejercido el valle, pero viviendo en éste, la atracción emanaba de los picos que lo circuían: Navajo, San Pedro, La Dehesa, el Padre Jano, de casi 1.500 metros de altitud, el más elevado. Estas cumbres, coronadas generalmente de bruma, renovaban la tentación cada vez que el cielo se despejaba y quedaban al descubierto. Y, en realidad, no importaba subir tres veces, o seis, o diez, a la cima del pico Jano cada verano».