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«Si se pierde la pasión, el fútbol pierde mucho encanto, y yo la he perdido»

JULIÁN RODRÍGUEZ SANTIAGO

«Si se pierde la pasión, el fútbol pierde mucho encanto, y yo la he perdido»

Llegó al arbitraje para poder ver en Zorrilla los partidos del Real Valladolid, y hoy recibe el homenaje de sus compañeros después de treinta años de arbitraje

20.11.09 - 00:56 -
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Pese a que, por edad, podría haber continuado arbitrando una temporada más en Primera División, al término de la pasada, el Comité Técnico de Árbitros descendió a Julián Rodríguez Santiago (Valladolid, 1965). Hoy, el mundo del fútbol rendirá un homenaje a este ex árbitro internacional, nacido en el barrio de La Victoria aunque afincado en Medina del Campo, ecuánime y honesto, fuera y dentro del campo. A partir de ahora, compaginará su trabajo como abogado con el de informador arbitral y director de la nueva escuela de árbitros, creada por la Federación de Castilla y León de Fútbol, y bautizada como Grupo de Talentos.
-Así que lo suyo ha sido un inesperado adiós.
-Personalmente me sorprendió porque ha sido la mejor temporada de mi carrera. Después de once años, notaba que había adquirido un grado de madurez importante y este año me resultó muchísimo más fácil arbitrar; pero los que mandan han tomado esa decisión y es respetable porque la misma gente que me ascendió, y con el mismo sistema, es la que ahora ha pensado que no debía seguir. Así que si no me quejé entonces, tampoco tengo mucho derecho a quejarme ahora. Pero sí resulta sorprendente que haya sido el año que más parabienes he recibido.
-El arbitraje ha sido su vida.
-Cuando yo tenía cinco años mi padre cayó enfermo con fiebres de Malta y estuvo dos años ingresado entre la vida y la muerte. Entonces no había las coberturas sociales que hay ahora y si no trabajabas, no tenías para comer; y en esa situación estábamos una familia de cinco hijos. Me recuerdo, con esa edad, haber ido a Cáritas donde nos daban latas de conserva y ropa. Mi madre nos hacía los cuadernos para el colegio con las capas que recortaba de los sacos de pienso. Si lo piensas, parece que esto no puede haber sucedido en el siglo XX. Luego, afortunadamente, mi padre salió del hospital y la situación familiar mejoró, sin que nos sobrara, pero no nos faltó. Fueron unos años muy difíciles que a mí me marcaron mucho.
-Y entonces llegó el fútbol.
-Nunca tuve intención ni vocación de ser árbitro. Me metí árbitro porque mi familia era muy humilde y a mí me gustaba mucho el fútbol; y una de las maneras de entrar gratis al fútbol era haciéndose árbitro porque te daban un carnet; y yo entré por eso. Entré por casualidad y no pensaba estar muchos años... ¡y he estado treinta! Si no hubiera sido por el fútbol... El arbitraje me dio una capacidad económica, modesta, pero que permitió costearme la carrera de Derecho. He conocido cincuenta y tantos países que yo, por mis propios medios, no me hubiera podido permitir ni cinco. He conocido mucha gente y, como para ser árbitro internacional era necesario saber inglés, pues aprendí inglés. A parte de los recuerdos, ese es el legado que me queda a mí.
-Los niños quieren ser Beckham, Raúl, Zidane...
-De pequeño yo también quería ser futbolista. Mi ídolo era Chechu Rojo, 'Rojo I'. En el Athletic de Bilbao jugaban Rojo I y Rojo II, pues yo quería ser como Rojo I, además yo también era zurdo.
Vergüenza y orgullo
-¿Cómo dice uno en su casa que se ha hecho árbitro?
-A mí familia, por lo menos, tardé un par de años en decírselo. Al principio me daba vergüenza hasta que me viera gente conocida vestido de árbitro. Yo pedí al Colegio de Árbitros que no me pusieran en el barrio de La Victoria. Alegué que como era del barrio no quería tener problemas, pero lo que no quería es que me viera nadie conocido y mucho menos mis padres.
-¿Cuándo pasó de ser una 'vergüenza' a un motivo de orgullo?
-Casi sin darte cuenta. Yo lo veía desde fuera y me parecía que ser árbitro era algo poco dignificante, tenían tan mala prensa... Pero una vez que estás dentro, lo ves con total normalidad.
-No será que detrás de tanta crítica hay un resquicio de envidia.
-Lo bonito del arbitraje es donde he llegado yo, pero para llegar arriba, son más todos los que se han quedado atrás. Empiezas por las categorías más bajas y hay que tener mucha afición. Imagina: 'Valladolid. Domingo. Pleno invierno. Nueve de la mañana. Seis grados bajo cero y encima llega uno a la banda y te dice de todo'. La verdad es que se quitan las ganas.
-Se les exige una importante preparación física, ¿hacen también cursos de yoga para relajarse antes de salir al campo?
-No lo tenemos, pero es muy importante. En el arbitraje toda la vida hemos trabajado saber el reglamento y correr. Con eso te ponían en un campo y a arbitrar. Y arbitrar son muchas más cosas. Nosotros hemos sido autodidactas y nos creábamos nuestros propios rituales para no hacer caso del público pero, en el futuro, si se quiere mejorar en el arbitraje hay que trabajar en ese campo. Correr, corren todos y el reglamento se lo saben de memoria, ahora lo que hay que saber es de fútbol y de psicología.
-¿Confiesa su ritual?
-He sido muy maniático. Al principio tenía una camiseta que yo creía que me daba suerte. La tuve hasta Segunda División B. Un día se me perdió y seguí arbitrando bien, con lo cual pensé que no era la camiseta. La pobre estaba que la mirabas a la luz y se trasparentaba. Luego, en los campos grandes, la manera de relajarme era estar en el vestuario con tranquilidad y salir al campo a calentar. Ahora lo hacen todos, pero cuando yo lo hacía me decían que era una locura. Yo creo que, psicológicamente, era una cosa muy buena, salir al escenario donde tienes que arbitrar, en lugar de calentar en la caseta, que se hacen las horas interminables.
-De usted, como de Rodríguez Zapatero, destacan su carisma.
-En un mundo tan difícil como el nuestro, que siempre hay grupos, presumo de llevarme bien con todos, o con casi todos. La única receta es que he intentado ser como he sido siempre, no he cambiado. Así he sido, soy y así moriré. En esta vida lo más importante es ser como uno es. He intentando no hacer mal a nadie y creo que lo he conseguido. El que me lo haya hecho a mí, peor para él.
-¿Y como se lleva la amistad dentro y fuera del campo?
-Aduriz es muy amigo mío y lo expulsé un día con el Real Madrid y seguimos siendo tan amigos. Peña, del Valladolid, que también éramos amigos antes, un día jugando con el Villarreal lo tuve que echar y ese mismo día me regaló la camiseta al acabar el partido. Lo que quiero decir con esto es que yo tengo amigos futbolistas y luego, en el campo, cada uno va a hacer su trabajo. Yo el mío, que en ello va mi prestigio, y ellos, el suyo.
La mano de Messi
-Cuando está en su casa y ve un partido en la televisión, ¿lo mira con ojos de árbitro o de aficionado?
-Con ojos de árbitro y, desgraciadamente, ver el fútbol así no es bonito. Si se pierde la pasión, el fútbol pierde mucho encanto, y yo he perdido esa pasión. Yo analizo el árbitro, el partido... Cuando ves un espectáculo deportivo tienes que querer que gane alguien, sino eso se convierte en un tostón insufrible. Si no te gusta el fútbol, estar hora y media delante de la televisión es un suplicio. Lo bonito del fútbol es que haya pasión.
-¿Hace mucho que perdió esa pasión?
-El aficionado sufre mucho con el fútbol. Yo tuve esa visión durante mucho tiempo porque era muy hincha del Valladolid y lo pasaba muy mal cuando perdía pero, un día, después de arbitrar un partido cambió para mí la concepción del fútbol. Había arbitrado un partido un sábado en Las Palmas, que había ganado al Lérida, que se estaba jugando el ascenso. Cuando bajé a la discoteca del hotel y vi a los jugadores del Lérida bailando, inmediatamente, pensé en el aficionado. Seguro que esa noche en Lérida alguno se había ido a la cama sin cenar con un disgusto tremendo y enfadado con la mujer, y estos están aquí como que no ha pasado nada... Realmente no había pasado nada, en el fútbol uno tiene que ganar y otro que perder; pero me cambió la percepción del aficionado que ve todo como un auténtico drama.
-¿Ha recibido más insultos o más halagos?
-En el campo de fútbol los insultos no se escuchan. En un campo de Regional puede que sí, pero en un campo grande lo único que se oye es ruido y no escuchas nada. Por la calle conmigo la gente ha sido muy cariñosa, lo que es de agradecer porque el halago nos gusta a todos. Siempre se queda alguien al final de los partidos en el túnel de vestuarios y uno te dice '¡Qué malo eres!' y otro '¡Eres el mejor!' Hay división de opiniones.
-¿Hay algún error que haya cometido en el campo que todavía no se ha perdonado?
-Hay uno que ha marcado mis últimos años y que, además, fue en una época en la que el Comité de Árbitros estaba confiando muchísimo en mí. Fue, en el 2007, el año que arbitré la final de la Copa del Rey. La última jornada de Liga eran dos partidos decisivos: Barcelona- Espanyol y Zaragoza-Real Madrid. A mí me tocó arbitrar el del Barcelona. Hubo una jugada que nunca me perdonaré y el caso es que yo, en el campo, no la vi: un gol que marcó Messi con la mano. Pero la conciencia, que es lo más importante, la tengo tranquila porque, por más que rebobino esa jugada, yo veo lo que vi: que lo metió con la cabeza. Pero no me perdono el que no lo hubiéramos visto porque son jugadas muy importantes y trascendentales; aunque luego, de todas maneras, ganara la liga el Madrid.
-Si pudiera, ¿a quién sacaría su última tarjeta roja?
-Lo que más me irrita es la hipocresía. Decir las cosas por quedar bien y actuar de otra manera.
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«Si se pierde la pasión, el fútbol pierde mucho encanto, y yo la he perdido»
Rodríguez Santiago, en una de las habitaciones de su casa con algunas de las camisetas de jugadores que guarda. / GABRIEL VILLAMIL
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El Norte de Castilla

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