El 17 de noviembre de 1989
Valladolid lloraba la muerte de sus hijos Ignacio Martín Baró y Segundo Montes,
asesinados un día antes en El Salvador, junto a otros cuatro jesuitas y dos mujeres. La Compañía de Jesús convocó una reunión urgente para organizar el multitudinario funeral, que se celebró a las 20.15 horas en la iglesia de Ruiz Hernández con la asistencia de más de dos mil personas, y encargó la homilía a un sacerdote de 35 años, recién nombrado párroco de Pilarica y amigo de los fallecidos, Cipriano Díaz Marcos.
«Ellos nos indicaron muchas veces que las luchas en El Salvador no son peleas entre comunistas y capitalistas, como algunos ven desde aquí, sino la lucha del imperialismo del Norte y del Sur». Las palabras que aquel día pronunció emocionado Díaz Marcos tienen hoy tanta vigencia como su convencimiento de que la Universidad Centroamericana (UCA) que dirigían los 'mártires' se había convertido en «una caja de resonancia» de la realidad salvadoreña que incomodaba al poder.
«Son símbolos de esperanza por todo lo que han trabajado en favor de los pobres y nos invitan a seguirles con su ejemplo», decía entonces. No eran palabras huecas y hoy, Cipriano Díaz Marcos preside el Programa de Ayuda Integral de Inmigrantes Red Íncola, es uno de los patronos de la organización Intermón Oxfam, dirige el Instituto Fe y Desarrollo de Valladolid y compagina todo este trabajo en favor de los más necesitados con su cargo como superior de la residencia Corazón de Jesús.
Este vigésimo aniversario le sirve para rememorar sus palabras, denominar «testigos mártires de la paz y de la solidaridad» a aquellos profesores universitarios tozudos y utópicos, y recordarse y recordar al mundo que «en El Salvador existe una tradición magnífica de entrega y de esperanza que debe servirnos de ejemplo exactamente igual que ayer». Ya no hay guerra, pero allí como aquí, la batalla de la paz debe seguir librándose. «La pobreza -añade el sacerdote- continúa estando en todas partes, permanentemente instalada, y el que no la ve es que no quiere mirar. Los cuartos mundos están enraizados en las ciudades occidentales y los inmigrantes son los que sufren de manera más cruda situaciones como la de la crisis económica».
Díaz Marcos tuvo la oportunidad de convivir con los jesuitas vallisoletanos -«que también tenían nacionalidad salvadoreña»- pocos meses antes de su muerte y destaca su alegría de vivir. «Pero quizás lo que más me impactó de aquel viaje -relata- fue la Universidad Centroamericana. Era un lugar muy vivo, un centro de reflexión y debate en el que todo el aparato académico y logístico estaba al servicio de la paz».
La UCA debería ser, en su opinión, un referente académico para cualquier sociedad. «Nos falta hacer de nuestra Universidad un instrumento de reflexión social y un lugar de encuentro para seguir construyendo país. Pero es cierto que la neutralidad es imposible, y a ellos les llegó la muerte por apostar por la justicia y la paz».
Las razones que llevaron a Martín Baró y a Segundo Montes a marcharse a Centroamérica están, en su opinión, en la propia filosofía de la Compañía de Jesús. «Trabajar por y para los más humildes es algo que tenemos presente todos los jesuitas. Nuestra presencia en el mundo social, nuestra lucha en cuestiones de justicia y de derechos humanos es constante y forma parte de nuestro modo de ser en general. Es cierto -añade- que esa forma de ser se acentúa a partir de la Teología de la Liberación, cuando todas nuestras misiones se convierten en misiones que, actuando desde la fe, se interesan por la justicia».
En lo que respecta a la reapertura de la investigación sobre los asesinatos por parte de la Audiencia Nacional, Cipriano Díaz Marcos mantiene la postura de los jesuitas de El Salvador, «que no aprueban que España tome las riendas, porque siguen peleando por celebrar allí un verdadero juicio con todas las garantías procesales. Es parte de la memoria histórica que se le debe al pueblo y así se hurta ese derecho a la población salvadoreña».