Es complicado triunfar en casa, ante los vecinos. Ha pasado en infinidad de ocasiones y volverá a pasar. El chico de la cantera, el hijo de la vecina del portal de al lado ha llegado a la cima, pero siempre hay un extranjero, un jugador de otro lugar al que se le valora más, al que se le conceden más oportunidades, al que se le consienten muchas más cosas y con el que se tiene mucha más paciencia. Y el chico de la vecina, el chaval que ya destacaba de pequeño, el compañero de clase del que todos estaban orgullosos tiene que seguir su carrera en la sombra, siempre en un segundo plano, siempre dispuesto a arreglar un desaguisado o a saltar a la pista cuando todo está resuelto. Para él no existe término medio. Si la estrella foránea falla, el público exclama un «¡oh!» de asombro; si yerra una segunda vez, la afición exclama un «¡oh!» de decepción. Y entonces es cuando sale el chaval de la casa, el que lleva casi toda la vida en el club. Y es cuando el hombre de la sombra adquiere un brillo que le puede abrasar. Fallar, igual que su compañero, supondrá la confirmación de que es el segundo o tercer espada, y que está bien donde está. En la sombra. Acertar y marcar sólo será su obligación.
Jesús Martínez de la Cal, Chuchi, llegó al BM Valladolid desde la cantera e ingresó en el primer equipo en la temporada 1999-2000. Con apenas veinte años, el joven de Las Delicias compartió cartel en el extremo con Uribe primero y con Davis después. Incluso hizo sus pinitos en la Recopa frente al Legno Sarajevo o el Saint Gallen.
En el 2003 disfrutó de su mejor actuación en Asobal cuando marcó 14 goles (9 de penalti) al Alcobendas en Madrid. A pesar de todo, el club le exigía más y él mismo se sentía poco valorado. Un paréntesis de tres años en Almería sirvió a ambos para darse cuenta de que es mejor vivir juntos, ya que el club no encontró sustituto ni en Ugalde, ni en Dani Velasco ni en el comodín Ávila. En el 2007 regresó a Valladolid, aunque a la sombra de otra estrella.
Siempre discreto, Chuchi ha entendido perfectamente su papel. Tiene una muñeca prodigiosa, una excelente variedad de lanzamiento y cuenta con el cariño de una afición que le ha visto crecer, pero nunca ha sido un jugador mediático ni un líder. Sólo ha sabido ganarse el aprecio y el respeto con su juego, su velocidad y sus goles. El miércoles marcó 17 (3 de penalti) al Paok Salónica, y batió el récord del club, pero él solo sonríe. En la sombra, nada le deslumbra.