S in él, la vida en Madrid discurriría a otro ritmo. A sus 90 años, mece a diario las caras somnolientas, los agobios, las prisas, los reencuentros, los equipajes y las veloces lecturas de dos millones y medio de pasajeros. Sus andenes han inspirado canciones, su devenir subterráneo ha sido escenario de cine y su pasado más oscuro acogió en sus túneles a cientos de refugiados de la Guerra Civil. Es una memoria fiel, un reflejo de la historia de la capital. Vertebra bajo tierra el mapa de la ciudad y alrededores y es casi la segunda casa de muchos ciudadanos, que pasan en sus vagones una media de cuarenta y cinco minutos. Metro de Madrid, odiado por algunos y objeto de no pocas quejas (con el horario ininterrumpido como principal reivindicación, grupo en Facebook incluido), se erige necesario para casi la cuarta parte de la población y cumple 90 tacos como la tercera red suburbana del mundo, con 284 kilómetros de raíles, 12 líneas y casi 300 estaciones.
Nació hace nueve décadas con elegantes vagones para primera clase y asientos modestos para los obreros. Pagaban 22 céntimos por el billete, algo más que por la leche (20 céntimos), tres veces menos que un kilo de pan. Hoy, el Metro es tan multicultural como la vida en la superficie: en la siempre apelotonada y recién remozada línea 6, la Circular, la que más averías sufre, coinciden agarrados a las barras universitarios, inmigrantes, ejecutivos de traje gris, abuelas con bolsas del Corte Inglés o escolares: la llegada de los abonos hace veinte años democratizó definitivamente un transporte que ya era de todos. Un rey que doce años después dejaría de serlo, Alfonso XIII, inauguró en 1919 la primera línea, que partía de Cuatro Caminos, un primigenio recorrido por ocho estaciones que setenta años más tarde Joaquín Sabina incluiría en su tema 'Caballos de cartón', una canción que sirve como guía turística a quienes visitan la capital: «Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal. ¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar?»
Paseo a vista de topo
Sí, un recorrido turístico por los túneles. Metro es algo más que un transporte normalmente rápido y eficaz. Es una gigantesca galería de arte con más de cien murales, un paseo por Madrid con una mirada menos típica, la capital a vista de topo. Las estaciones de Metro son muestra de la evolución artística de la ciudad desde sus inicios: el arquitecto Antonio Palacios imprimó su particular sello al suburbano y su diseño años veinte aún se puede apreciar en el acceso a Tribunal o el acabado de sus decorados en Pacífico.
La castiza Tirso de Molina atesora el adorno más antiguo, un escudo de bronce del mismo 1919, y la estación 'fantasma' de Chamberí, atrapada en el tiempo desde que fue clausurada en la década de los sesenta, vive una segunda vida tras su rehabilitación hace un par de años: sus andenes vacíos están recubiertos de antiguos anuncios en cerámica y es la sede de 'Andén 0', un proyecto que cual máquina del tiempo, se convertirá en el museo del suburbano.
Otra histórica, Bilbao, guarda un recuerdo arqueológico descubierto en el 2001: un curioso anuncio de un taller de reparación de radios, y una que sorprende siempre es Retiro, en la que el dibujante Mingote plasmó en un enorme mural las actividades que los madrileños realizan en el parque y donde se encuentra Expometro, la sala de exposiciones de la red que alberga, desde 1976, muestras temporales en una forma diferente de acercar el arte. Aunque la demostración más pura la encontramos en la estación de Goya, donde los andenes exponen reproducciones en aguafuertes de los grabados del famoso pintor, de las series 'Tauromaquia' y los 'Desastres de la Guerra'.
A los viajeros que llegan a la capital por tren los recibe 'Iguazú', el efecto óptico de miles de luces fluorescentes que simulan una catarata azul, mientras que los que arriban a Barajas se topan con el 'Cruce de miradas' y al final de la línea 8, en Nuevos Ministerios, con un mural con una visión aérea nocturna de la ciudad. Las ampliaciones de los últimos años han tenido muy en cuenta que las ideas ornamentales se instituyan como elementos identificadores de las estaciones: así, Argüelles tiene baldosas de colores que forman la imagen del teleférico, Villaverde Alto exhibe un fotomosaico con los rostros de más de 20.000 vecinos del municipio, Pinar de Chamartín posee un singular relieve con troncos de pino, y Hospital Doce de Octubre, un mural de sobre el cuerpo humano representado por doce figuras de casi cuatro metros de altura. Y los vestíbulos de Chamartín y Nuevos Ministerios acogen con frecuencia conciertos de carácter gratuito en un escaparate de cultura abierto para todos los públicos, con ciclos como la 'Cumbre Flamenca' o 'Creadoras'.