Una teja caída en la acera de la calle del Medio, en Quintanilla de Onésimo, indica el punto exacto donde Tobi, un setter irlandés, cayó abatido en la mañana del miércoles tras recibir un perdigonazo de una carabina. El disparo, según apuntaba ayer Ana, una de las nietas del dueño, Andrés Redondo, se efectuó desde una de las ventanas de la vivienda del presunto agresor, pero no fue lo que acabó con su vida: «El perdigonazo no lo mató, fue el susto o un infarto. El perdigón lo tenía en la espalda, pero el perro se quedó seco».
El suceso trascendió el mero conflicto vecinal después de que la Guardia Civil procediera a la detención del sospechoso, I. L. A., de 26 años y vecino de la cercana calle Basilón, por un delito contra los animales domésticos. El acusado, al que le fueron intervenidas dos carabinas y una pistola de aire comprimido, reconoció los hechos y alegó que le mató porque «sus ladridos no le dejaban dormir».
El dueño de Tobi, Andrés, un hombre de 82 años, recordó que llevaba «ocho años con él» y explicó que «era un perro que si veía a otro se acobardaba y si veía a la gata tenía tanto miedo que se apartaba». Tras conocer el fatal desenlace de su mascota, el propietario tuvo que recibir asistencia médica.
«A eso de las diez y media de la mañana a mi abuelo se le escapó y al rato vino una vecina a decirnos que el perro había muerto. Ella vio cómo sacaba una carabina por la ventana y le pegaba un tiro en plena calle», añade Elena, otra nieta de Andrés, que en la casa de sus abuelos narraba lo sucedido la mañana del miércoles. De la misma manera puntualizaba que «era un perro que no ladraba. Él dice -en referencia al presunto autor del disparo- que es porque se arrimó a su coche y que a su coche no se le puede arrimar nadie. A la policía le ha debido de decir, para exculparse, que ladraba, pero era un perro que no ladraba, que te veía por la calle y es que ni se te arrimaba. Iba a su bola. Le ha matado porque ha querido».
Tampoco las relaciones vecinales parecen estar en el origen de lo sucedido, ya que las dos familias viven en calles diferentes y a casi cien metros de distancia e, incluso, como señalaba Ana, no ha habido «nunca ningún problema con ellos, ya que ni siquiera les conocemos». Hace dos años «vinieron a Quintanilla de Onésimo, compraron esa casa, se fueron y han vuelto otra vez». Las nietas de Andrés afirman que no tienen miedo, pero que otros vecinos, sí.
«Muy bien criado»
El presunto autor de la muerte de Tobi se afincó junto a su pareja en el municipio y apenas tienen «relación con la gente del pueblo. No sé ni como se llaman. Ella sale a hacer la compra y nada más».
Por su parte, la mujer de Andrés, Petra, aclaraba que «nosotros no nos vamos a meter con él. Se le ha llevado la Guardia Civil, hemos puesto la denuncia y lo que hay que hacer ahora es esperar al juicio y ya está, y si le vemos, él por su lado y nosotros por el nuestro. No queremos nada con él».
El que no encuentra consuelo es Andrés: «Me hacía mucha compañía, en cuanto me veía coger la cachava y el collar para salir de paseo se volvía loco. He pasado toda la noche llorando y no voy al corral o a la cuadra porque le echo mucho de menos. Esta mañana fui a recoger todo lo suyo, los cacharros de comer. Estaba muy bien criado», sentencia el dueño.