Morir para poder vivir y vivir en el infierno. Abel Folk y Joan Riedweg han recogido en su película 'Xtrems' los testimonios de gente que quería hablar para evitar que otros transiten su camino. El envoltorio elegido bebe del documental pero se resuelve en la ficción. Los directores hacen partícipe del proceso al público, de cómo los actores que interpretarán esas vidas reciben el testigo de sus protagonistas. El blanco y negro para las entrevistas, con voz trucada al más puro estilo del reportaje televisivo, la recreación es en color y los delirios, el verdadero infierno, tienen su particular lenguaje.
Han optado por seguir a los toxicómanos desde el principio de su adicción, el proceso in crescendo y cómo va dinamitando la bases de su existencia. La película logra equilibrar la devastación personal, sin llegar al morbo, y la reacción del entorno en sus diferentes frentes. Hasta que todos convergen en el mismo lugar, el centro de rehabilitación. Y allí se plantea la cuestión moral: ¿enfermedad o vicio? ¿voluntad destructiva o debilidad eximente? La terapia resulta ya más tópica, aunque probablemente necesaria si los directores querían cerrar su discurso. Los actores están magníficos y salvan a la cinta de parecer un encargo del Ministerio de Sanidad. El planteamiento formal es otro buen exponente de las inquietudes de la Escuela de Barcelona, que en la pasada Seminci presentó una película en la honda hiperrealista desde un psiquiátrico.
'Prima primavera' es un cuento rodado al modo de 'walking movie', dícese de las huídas que carecen de carretera y vehículos de cuatro ruedas. Joli, una cenicienta moderna, elige a un curioso príncipe azul, Gabor, y sufre la amenaza de una bruja con forma de atracador de bancos. La relación de ambos se va haciendo a medida que transcurren sus aventuras. Gabor ha llegado a la cincuentena traumatizado por la muerte de su padre y sus reacciones van un paso por detrás del ritmo general. Dotado de una gran pericia para el dibujo y una memoria prodigiosa, su retraso, que no le resta lucidez, le procura ese aura beatífica que este tipo de personajes logra en el cine ('Rain Man', 'Forrest Gump'). Esta faceta del personaje masculino y el desvalimiento del femenino determinan el carácter sentimental del guión, subrayado con la música y los paisajes bucólicos. El carácter lírico se impone en esta fábula de clara moraleja: el perdón es posible, la solidaridad también.
La meta es una casa familiar de Gabor en territorio serbio. Apenas una pincelada de la historia húngara contemporánea. El director Janos Edelenyi apunta el origen judío de la familia, la huella de los campos de concentración, la expropiación comunista pero sea por la censura sus anteriores trabajos y su actual exilio en Israel, sea porque quería dar un tono más íntimo al guión, evita detenerse en cualquier reflexión histórica o política.
Frente al realismo feroz de su compatriota Agota Kristoff o la rememoración descarnada del Nobel Imre Kertesz (apellido que también lleva Gabor), Edelenyi opta por embelesar con imágenes bellas al servicio de una fábula.