E s sorprendente la opinión vertida por José Luis Martínez López-Muñiz en El Norte de Castilla del día 20 de octubre en el artículo 'Las medianeras de Valladolid'. La argumentación del autor es que, para resolver el problema que plantean las feas medianeras de nuestra ciudad, sería conveniente permitir edificios más altos que las taparan. Efectivamente, Valladolid posee algunos edificios muy altos, fruto de los años del desarrollismo y de la especulación, que dejaron a la vista en nuestra ciudad feas medianeras. Ejemplos de aquellos excesos son el edificio de la calle Regalado nº 13, o el edificio de la calle López Gómez nº 5. Esos edificios y otros muchos son el testimonio de una época que hizo de Valladolid una ciudad tristemente famosa por la destrucción de su patrimonio. Actualmente esos testigos de la especulación, de gran altura, de extrema fealdad, son verdaderos problemas urbanos, rompen con el paisaje tradicional de la ciudad histórica y vienen a constituir una fea cicatriz en la cara de una ciudad que un día fue hermosa. Es un problema múltiple y complejo, de difícil solución. Es un problema de escala (edificios gigantescos que rompen con el espacio tradicional). Es un problema de visuales, de perspectivas (los edificios altos muestran su volumen edificado desmesurado afeando las vistas desde el interior de la Plaza Mayor). Es un problema de jerarquía urbana, que se pone de manifiesto cuando verdaderos monstruos edificados como el de la calle Angustias empequeñecen la torre de la Antigua.
Creer que es una solución tapar las medianeras de esos edificios con otros que habrían de ser por necesidad igualmente grandes y monstruosos significa desconocer la naturaleza del problema y sienta las bases para la destrucción definitiva del casco histórico. Pues hay que considerar que esa solución comporta que los edificios que marquen la pauta, sean los más altos de los actuales.
El articulista plantea por otro lado que existe un «principio conservacionista a ultranza» en nuestra ciudad en la actualidad. ¿Cómo se puede decir tal cosa? Quizá convenga recordar que es en nuestra ciudad, con un gobierno democrático, con leyes de patrimonio y planes especiales, donde se derribó el convento de las Lauras, un convento del siglo XVI, que fue desprotegido 'legalmente'. Quizá haya que recordar la destrucción de los restos del puente del Esgueva en la calle Platerías. También convendría reflexionar sobre la numerosa descatalogación de edificios que se produjo en Valladolid en la pasada legislatura municipal, aduciendo supuestos errores del Catálogo. No. No existe fundamentalismo conservacionista entre nuestros técnicos y nuestros políticos. Los hechos hablan de lo contrario.
La propuesta del articulista viene a defender la argumentación que utilizaron los propietarios de suelo en Valladolid en los años del desarrollismo: la posibilidad de enriquecerse sin límite a costa de un patrimonio que es de todos. Y es menester recordar que la Constitución Española en su artículo 47 establece que los poderes públicos regularán la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. Pues aumentar las alturas de la edificación en un casco histórico sólo se justifica por la especulación. Cada metro cuadrado que se permita construir de más en el casco histórico de Valladolid viene a representar un regalo del Ayuntamiento de Valladolid al propietario de suelo. Ese regalo ha de ser valorado de forma distinta en función de la zona, pues el mercado es diferente en cada calle, pero se puede estimar que si el uso es residencial, va de 600 euros hasta 3.000 euros por metro cuadrado que se pueda construir de más. Solo valorando el incremento de la edificabilidad. Un bonito regalo. Esa es la razón por la cual los propietarios de suelo, en la ciudad de Valladolid en el pasado, y desgraciadamente algunos también en la actualidad, presionaron y presionan para aumentar las alturas de la edificación, con independencia de otras consideraciones, como la anchura de la calle, o la presencia de monumentos en sus proximidades.
Pero esto podría hacer pensar que tapar las medianeras es un problema estrictamente monetario, que se podría resolver con un pago al Ayuntamiento. No. Se trata ante todo de un problema cultural. Nuestra ciudad, a pesar de los graves daños producidos durante la época del desarrollismo, sigue conservando numerosos elementos históricos. Esos espacios y esas edificaciones son un bien que hay que preservar, pues representan el testimonio de nuestra historia, es nuestro patrimonio. Y ese es el verdadero sentido de la Ley de Urbanismo en su artículo 9, cuando dice que los edificios habrán de ser coherentes con las características culturales del entorno inmediato. Y la Ley no se está refiriendo a adecuarse al paisaje monstruoso del desarrollismo, tapando las medianeras, sino que exige el respeto del ambiente definido por la ciudad histórica.