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«La educación vial es vital, pero Tráfico no puede sustituir a maestros y padres»

ÁNGEL TORIELLO DE LA FUENTE

«La educación vial es vital, pero Tráfico no puede sustituir a maestros y padres»

Sus más de cuatro décadas de servicio le han convertido, a sus 67 años y al borde de la jubilación, en <strong>el funcionario español con más antigüedad</strong> en la DGT

25.10.09 -
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«Soy un Ángel imperfecto». Así se declaró, jocoso, hace años en una entrevista a este periódico, pero nunca ha perdido ese espíritu de 'ángel de la guarda' o, cuando menos, de voz de nuestra conciencia. Difícil es que ante la llegada de un periodo vacacional o un puente festivo, con el personal ansioso por escapar de la urbe, su imagen (reposada) o su voz (tranquila) no aparezcan al público en algún medio de comunicación para pedir que respetemos las normas y que asumamos nuestras propias limitaciones a la hora de conducir. Han pasado ya 40 años y medio desde que Ángel Toriello de la Fuente (Llanes, Asturias, 1942) ingresó en la Jefatura Provincial de Tráfico de León y dos patitos (22) desde que accedió a la de Valladolid, donde, además de jefe, es coordinador regional de Tráfico de Castilla y León. Cuatro décadas que le han convertido en el funcionario más veterano de la Dirección General de Tráfico en España y que él resume como un simple deber cumplido.
-¿Le han galardonado ya con alguna mención honorífica por sus más de 40 años de funcionario en la Dirección General de Tráfico?
-En absoluto. Pero sí me considero lo suficientemente galardonado por haber podido trabajar en lo que me gusta y porque he estado en las cocinas, como vulgarmente se dice, para la elaboración de los proyectos de las disposiciones más importantes que ahora manejamos, en distintos reglamentos y en la propia ley de seguridad vial. Para mí es suficiente retribución, aparte de la mensual, haber podido dar mi criterio sobre aspectos tan importantes.
-Pero estará preparado para que cualquier día le hagan un homenaje.
-No he pensado en ello. Yo llegué aquí silenciosamente, un día de niebla intensa a finales del mes de febrero de 1987, y quisiera marcharme lo mismo, sin hacer ruido. Un buen día vendrá un hombre o una mujer que me sustituirá y esto seguirá, porque el problema de la inseguridad vial es un problema de constancia, no hay fórmulas mágicas, desgraciadamente.
-Con 67 años, ¿no le ha llegado ya la hora de jubilarse?
-Cuando iba a cumplir 65 años tuve enorme dudas. Es más, hasta el último día de plazo no presenté mi solicitud para prorrogar. Visto con cierta perspectiva, en estos puestos quizá no habría que estar más de cuatro o cinco años. Los americanos dicen que en un puesto directivo no hay que estar más que unos pocos años para dar todo lo que tenías que dar. Bien es cierto que las Jefaturas de Tráfico somos órganos ejecutores de las políticas y los objetivos diseñados en otros órganos superiores, como el Ministerio del Interior y la Dirección General de Tráfico, más que órganos que tengamos nuestros propios objetivos o planes.
-¿Se siente con cuerda para seguir?
-Tengo un límite, que no voy a expresar todavía, porque, como decía Ortega y Gasset, el hombre es el yo y las circunstancias, y muchas veces éstas se imponen. Creo que, de momento, de salud y mentalmente me encuentro bien, pero también es bueno dedicar esa parte final de la vida a viajar, a leer, a aquello que la vida del trabajo rutinario no te permite.
-Vayamos al pasado, a sus inicios profesionales. Tras licenciarse en Derecho, ¿cómo cayó en la administración de Tráfico?
-Pertenezco a la tercera promoción de la Escala Superior de Técnicos de Tráfico. Entré por oposición en 1969. Me enteré por un compañero de carrera que también la estaba preparando. Vi el programa y me atrajo, porque era un organismo nuevo creado en 1959 y que dentro de la administración pública tenía muy buena fama, porque era un organismo autónomo, moderno y con una finalidad nueva como la de conseguir la seguridad vial. Pero antes ya había trabajado en una empresa privada.
Giro copernicano
-Su primeros pasos en Tráfico los dio en León. ¿Qué recuerdos le quedan de aquellos diez años?
-Excelentes. Allí me casé, allí nacieron mis tres hijos y es allí donde yo tengo que decir que aprendí el oficio, porque no era sólo aprender mucha normativa y mucha técnica, sino después aplicarla con sentido y eficacia. Esos casi diez años fueron muy importantes para mi proyección posterior.
-Entonces no había autovías, las carreteras eran malas y la mayoría de los coches, tartanas. ¿Eran, pese a todo, los asuntos de tráfico menos problemáticos?
-Bueno, lo que no se va en lágrimas, se va en suspiros. Efectivamente, había un parque automovilístico viejo, objetivamente peligroso por carecer de sistemas de seguridad activa y pasiva; las carreteras eran convencionales, la mayoría todavía con el llamado riego asfáltico... Y después estaba la propia formación del conductor: había personas que la primera vez que se sometían a un examen en su vida era para el carné de conducir e incluso algunos que comenzaban a aprender a leer en la autoescuela.
-Algo hemos mejorado.
-Se ha producido un cambio copernicano, radical, un giro de 180 grados.
-Cayó después por San Sebastián y más tarde por su tierra, Asturias, donde fue jefe de las sección de sanciones de aquella Jefatura. Allí mismo tuvo que pagar su primera multa por rebasar el límite de 40 Km/h en la travesía de Pola de Siero y aquello dio lugar a la chanza entre sus compañeros.
-Exacto. Una funcionaria vino con mucha risa, con un papel en la mano diciendo: «¡A ver si conoce usted a éste!». Allí aparecía mi nombre, mis apellidos y mi dirección. Fue en la N-634. Salió mi foto perfecta.
-¿No le dio pesar tener que abandonar Asturias cuando le ofrecieron la Jefatura de Tráfico de Valladolid?
-Lo dudé mucho. El primer ofrecimiento para venir a Valladolid, como algo premonitorio, fue en 1983, pero por distintas circunstancias tuve que decir que no. Pero insistieron. En 1987 me lo volvieron a ofrecer, lo sopesamos toda la familia y decidimos, todos, venir a Valladolid. Sí me costó mucho porque yo en Oviedo me encontraba muy bien, tenía una buena calidad de vida... Pero también pensamos que el devenir profesional surtiera su efecto. Me vine aquí, desde el principio me encontré muy bien y nunca me pesó.
-¿Qué se encontró al llegar en 1987?
-En primer lugar, me sorprendió el buen estado de las carreteras de la Diputación, una conservación que es hoy una constante. Me encontré además con una ciudad muy grata para vivir, ideal: no era la ciudad pueblo ni la ciudad que te agobia. Y, desde el punto de vista de la circulación, había un problema tremendo que ocurría los veranos, que era el paso de los conductores portugueses por la antigua N-620 y el cruce de Tordesillas por la N-VI, con aquellas colas que, recuerdo, llegaban hasta Simancas. Recuerdo también un retorno de Lunes de Pascua con una cola que comenzaba en Medina del Campo, llegaba a Tordesillas y seguía hasta Villardefrades. Era impresionante. Y deseé y viví la construcción de las autovías que disfrutamos hoy. Otra cosa que me encontré, y me pareció una atención extraordinaria, eran las áreas de descanso, fundamentalmente destinadas a los conductores portugueses que venían de Europa y llegaban a la provincia agotados. Para mí eso era una cosa desconocida y me pareció muy importantísimo.
Paciencia y constancia
-Usted ha vivido innumerables cambios en materia de tráfico y seguridad vial: mejoras de vías y vehículos, de la capacidad sancionadora, la implantación del carné por puntos y, en Valladolid, la creación del Centro de Gestión de Tráfico. ¿Qué queda por mejorar?
-Todo es mejorable. Tenemos que ultimar la informatización de todos los sistemas burocráticos, para que todos los ciudadanos desde su hogar y con un ordenador puedan acceder a los trámites: la renovación del carné de conducir, la transferencia de un vehículo, la matriculación 'on line' desde un concesionario. Por otra parte, llegar al cobro por tarjeta en carretera por parte de la Agrupación de Tráfico y completar los sistemas de vigilancia automatizada sin necesidad de la presencia de los agentes.
-Siempre ha propugnado que lo primero hay que educar y después, en su caso, sancionar. ¿Se implica la DGT lo suficiente en este asunto?
-Es importantísimo, ¡importantísimo!, que la educación vial se imparta en todos los colegios. Legalmente ya hay unos currículos en los que aparece la educación vial como asignatura transversal. La Dirección General lo que no puede hacer es sustituir a los maestros y, ¡ojo!, a los padres. La educación vial es una parte de la educación integral del individuo. La DGT ya ha creado en Salamanca un Centro Superior de Educación Vial que está elaborando un material para que los docentes lo utilicen. Además, tenemos que impulsar y fomentar a través de las Jefaturas de Tráfico el puesto de coordinador de educación vial, que va recorriendo, casi como un misionero, todos los colegios para ofrecer material, charlas...
-¿Siente frustración cuando observa las cifras de víctimas del tráfico?
-No. Esto es cuestión de paciencia y cambio de mentalidad. En el Reino Unido se notó una inflexión en el número de víctimas cuando el conductor pasó de cumplir las normas por miedo a una sanción a pensar que si no cumplía las normas estaba poniendo en peligro su vida. Esta mentalidad va calando en España, y se ve que en los últimos cinco años hay una franca tendencia hacia la disminución de accidentes y de víctimas mortales. A ello han ayudado, evidentemente, el permiso por puntos, el sistema de control de velocidad a través de radares y la inclusión en el Código Penal de determinadas infracciones que hoy son delitos.
-¿Dan fruto de verdad las campañas y los controles de todo tipo (los últimos, sobre autobuses escolares)?
-Sí, los estudios posteriores de penetración y aceptación lo demuestran. Además hay que seguir. El último informe del Instituto Nacional de Toxicología constata que el 40% de los conductores fallecidos y el 31% de los peatones atropellados habían dado positivo en alcohol, drogas o psicofármacos. Por tanto hay que redoblar los esfuerzos. Es fundamental.
-¿Verá usted a Tráfico con la batalla ganada contra la velocidad y el alcohol?
-Creo que sí, yo soy optimista. ¿Cuándo?, no lo sabemos. La sociedad cada vez es más consciente de lo que ello supone.
-¿Qué resumen haría de sus cuatro décadas de servicio a la administración?
-Satisfacción, no sin disgustos y problemas. Soy un privilegiado porque trabajo en lo que me gusta.
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«La educación vial es vital, pero Tráfico no puede sustituir a maestros y padres»
El jefe provincial de Tráfico, Ángel Toriello, en su despacho. / H. S.
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