U n paseo por el arte español desde las últimas obras de Goya hasta el clímax artístico de Joaquín Sorolla a través de 176 obras, algunas de ellas nunca vistas. El Museo del Prado se reencuentra con la Historia y reordena el esplendor del siglo XIX, uno de los grandes olvidados en el discurso cronológico de la pinacoteca. Doce nuevas salas acogen la narración de esta centuria que, por primera vez, permitirá al visitante realizar un recorrido continuo desde los albores del Romanticismo hasta el despertar de las vanguardias.
Con la nueva relectura, el siglo XIX abandona, por fin, la que hasta ahora había sido su 'casa' (los depósitos ingentes del museo), deja de ser el farolillo rojo y consigue el mismo estatus que el resto de las colecciones de El Prado. La puesta en escena de las grandes obras de los maestros españoles se reparten en el edificio Juan de Villanueva y sitúan en el espectro del imaginario del espectador trabajos de Madrazo, Rosales o Fortuny: autores que muestran que entre las genialidades de Goya y Picasso, el arte español fue fértil y rico.
Es el maestro de Fuendetodos quien ejerce de bisagra y nexo de unión entre las nuevas salas y el viaje a la modernidad del siglo XX. Los emblemáticos 'Fusilamientos del Dos de Mayo', la serie oscura de 'pinturas negras' y La carga de los mamelucos' franquean la entrada al nuevo espacio expositivo, que arranca con el Romanticismo y Neoclasicismo, presidida por la escultura de Isabel de Braganza, número uno del catálogo de esculturas del Museo y reina fundadora del Prado. Están presentes los artistas que vivían cuando se construyó el museo: cuelgan en las paredes, por ejemplo, los últimos lienzos de Goya. Esta galería central da paso a varias salas dedicadas en exclusiva a Federico de Madrazo (el artista más influyente de la época gracias a su posición privilegiada como pintor de la Corte), a Eduardo Rosales y a Fortuny y Rico. Son salas más pequeñas, donde una escultura de la época preside el centro, dando un nuevo valor a esta disciplina. Tras un recorrido por la pintura de historia (con 'Doña Juana La Loca' de Pradilla, como mayor exponente) y el naturalismo más desgarrado (Pinazo y Muñoz Degrain), el nuevo recorrido por El Prado concluye con el vitalismo de Sorolla y dos de sus obras más universales: 'Chicos en la playa' y 'Aún dicen que el pescado es caro'. El genio valenciano cede el paso a un nuevo concepto expositivo: la sala 'temporal', que está concebida para exponer de forma periódica conjuntos del siglo XIX relacionados con los fondos que componen la ampliación, y que inauguran los evocadores paisajes de Aureliano Beruete. Como curiosidad, se expone una maqueta de Juan de Villanueva, un arquitecto neoclásico que da nombre al edificio que acoge la ampliación del museo que él proyectó.
Y para quienes se acerquen hasta el Prado antes del 1 de noviembre, les espera un cuadro muy especial: el museo exhibe de forma temporal una de las obras más emblemáticas de El Greco, 'Vista y plano de Toledo'. Una obra que para muchos historiadores está acabada y para otros, es un cuadro abierto permanentemente a la especulación. Refleja la personalísima concepción de la óptica y la geometría del pintor, conocido por su hermetismo y que en este lienzo da un salto en el tiempo, incluyendo elementos que evocan a las técnicas surrealistas y anticipando el realismo mágico. Se expone en la sala 8A acompañado de otras tres obras del pintor: San Sebastián, San Bernardino y San Andrés.