Esta época otoñal recién estrenada es un momento en el que cientos de municipios celebran su particular fiesta de la vendimia. Lo hacen mientras miles de personas se afanan en recoger el preciado fruto de la vid y de conducirlo a las bodegas en las que también un importante número de trabajadores se aplican en las tareas de mimar el mosto que en los depósitos, comenzará una pausada y mágica transformación.
Es curioso que los protagonistas de vendimias -vendimiadores, viticultores y bodegueros- queden relegados de estas celebraciones, tan postergados como unos organismos que también se encuentran implicados en la buena consecución de este primer paso en la creación de vinos de calidad y que durante este periodo redoblan sus esfuerzos para que la magia del rito no se rompa. Hablamos, de los Consejos Reguladores, en concreto de uno de los de mayor prestigio, el de la Ribera del Duero.
Nada se improvisa cia cuando de vendimias se habla en el Consejo Regulador de la Ribera del Duero, con sede en Roa, desde donde se coordina la vendimia ribereña. «Empezamos en junio, cuando el Consejo aprueba anualmente las normas de vendimia, ahí se da el pistoletazo de salida. Incluso antes, los técnicos están haciendo el trabajo de seguimiento del viñedo», explica José Trillo, presidente de la Denominación de Origen. Pero es en septiembre cuando «se toca a rebato y empezamos intensivamente». Éste es el momento «clave» de la Denominación de Origen y se traduce en una frenética actividad que desarrollan «las 22 personas que conforman el personal que tenemos fijo en el Consejo», a los que hay que sumar un contingente de 240 técnicos que se contratan estos días y que está compuesto por ingenieros agrónomos, ingenieros técnicos agrícolas, licenciados en enología o estudiantes de estas disciplinas.
El trabajo previo de puesta a punto abarca diferentes facetas profesionales. «Hay un trabajo importante de puesta al día de los registros de viticultores, hay un trabajo importantísimo de informática, tenemos un sistema propio, servicio jurídico por supuesto y luego los técnicos de control», asegura Trillo. Seis técnicos se harán cargo de la zona de producción de un número importante de veedores, bien para los aforos, bien para los controles directos en bodega.
«Ésta es una época clave y mágica», señala Trillo. «Hemos intentado producir la mejor uva y es el momento de ver si hemos cumplido, si el clima nos ha ayudado», y también para comprobar si «el vino que va saliendo es un producto con futuro o no».
9.000 asociados
La confianza en el buen hacer y en el respeto a las normas establecidas por parte de bodegueros y viticultores se puede decir que es la columna vertebral en la que se sustenta la denominación ribereña. «El sistema de control recae fundamentalmente en nuestros viticultores y nuestras bodegas, que lo hacen de manera ejemplar». Tienen la obligación de llevar un autocontrol que garantice el cumplimiento «de nuestro reglamento y los acuerdos del órgano de gestión».
Pero, para evitar tentaciones en una sociedad tan amplia como es la ribereña, compuesta por cerca de 9.000 asociados, «es necesario además del autocontrol que ellos llevan, un control externo, y ahí es donde entra el trabajo del Consejo Regulador». El Consejo Regulador, pionero en temas de control en muchos aspectos, desde el año 1995 ha implantado la tarjeta inteligente del viticultor, que venía a sustituir a la cartilla del viticultor. «Con un microchip teníamos todos los datos del viticultor que nos permitía en la entrada en bodega controlar exactamente todo lo que ocurría».
También de forma precursora, el Consejo estableció «que en cada bodega hubiera un técnico con un portátil, para conocer lo que iba ocurriendo casi en tiempo real». Además, la Ribera es iniciadora a la hora de establecer controles en las entregas de uva, es decir, «no hacer un control estadístico de entrega sino un control sistemático de todas las partidas de uva».
«Muy importante» hablando de vendimia son los aforos preventivos. Los ingenieros recorren un porcentaje de parcelas de Ribera del Duero para controla la calidad de la uva y también el rendimiento potencial de una determinada parcela. «En el reglamento tenemos establecido una producción máxima por hectárea y eso es una de las funciones que se realizan con los aforos, comprobar que esa producción por hectárea no supera el rendimiento establecido por el reglamento del Consejo Regulador».
Es decir, cuando llega la hora de la verdad, el órgano regulador conoce cuánta uva ha de entregar y entrega cada viticultor y posteriormente, tras realizar los cálculos oportunos, el número de contraetiquetas a otorgar a las bodegas una vez que han obrado el milagro de transformar la uva recepcionada en la vendimia en prestigiosos Riberas del Duero.