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Las medianeras de Valladolid

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Las medianeras de Valladolid

20.10.09 -
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V ecinos y forasteros reconocen y elogian la creciente belleza que presenta Valladolid de unos años a esta parte. Tanto por las nuevas infraestructuras, parques, arbolado y nuevos inmuebles, como por la restauración, limpieza y rehabilitación de todo el casco urbano más antiguo y del ensanche decimonónico y de la primera mitad del pasado siglo.
La ciudad refleja, sin embargo, como difícilmente podría ser de otra manera, la sucesión de diversos criterios de ordenación urbana, de gustos y de calidad de los medios de construcción que se han ido superponiendo a lo largo de los tiempos. No es necesariamente algo ajeno a la mencionada belleza, cuando se logra una combinación que responde a la armonía de los contrastes. No faltan, sin embargo, pocas muestras aún de choque burdo y feo entre edificios, rasantes o alineaciones de unas y otras épocas, unos y otros planes o criterios. Las más de las veces son tristes y ásperas paredes de medianería que, como heridas abiertas, ofrecen a la vista su desnudez inhóspita, destacando sobre los tejados de otros edificios que impuso en su día un cambio de criterios sobre rasantes.
Tras haber dominado en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo un criterio poco sensible hacia la conservación de nuestra historia urbana e inmobiliaria, con proyectos, con frecuencia inacabados, de elevación notable de las alturas de los edificios, que, en algunos casos, constituyeron verdaderos atentados al buen sentido, sin que hoy por hoy tengan posible o fácil solución, hace años que impera, por el contrario, un principio conservacionista a ultranza, verdaderamente extremoso, que obliga a conservar o rehabilitar, con enormes costos, y casi hasta el último detalle, muchos edificios y conjuntos de muy discutible valor artístico e histórico, sin admitirse siquiera las modificaciones que, aun reteniendo lo sustancial de lo sustituido, lograse su mejora y su más armoniosa integración con el ambiente de la calle, la plaza o la zona. Lo que, por cierto, difícilmente puede admitirse que cumpla con los deberes de adaptación al ambiente que el artículo 9 de la Ley de Urbanismo de Castilla y León impone a la urbanización y edificación en general.
Quien camine por la ciudad con mínima capacidad de observación, interés y afecto por ella, se preguntará por qué no se aprovecha la reconstrucción de viejos edificios y solares para tratar de cerrar las heridas urbanas de las horrendas medianeras, testigos de los cambios del legislador y de los gobiernos de la cosa urbana. Máxime cuando las soluciones resultan bien fáciles hasta para los legos en materia constructiva. Podrían ponerse muchísimos ejemplos. Véase por ejemplo lo que se ha hecho en la calle Alonso Pesquera, esquina a Fidel Recio: se disponía de un espacio suficientemente grande para haber permitido un escalonamiento de alturas que ocultase plenamente la medianera de la primera elevadísima casa preexistente en Fidel Recio. Se ha permitido cierta elevación con escalonamiento, pero dejando abierta aún una buena parte de dicha medianera. Amen de lo cuestionable de toda la alienación -mejor, falta de alineación- de la propia calle Alonso Pesquera, incluyendo la curiosísima rehabilitación operada en su arranque desde la plaza de la Cruz Verde. La reconstrucción que, por fin, parece que va a llevarse a cabo en la fachada este de la plaza de España (o del Campillo, para los viejos vallisoletanos), sería otro ejemplo: todo parece indicar que, al precio de reproducir una casita de ladrillo más bajita, el Ayuntamiento ha autorizado dejar vista la medianera del único edificio ya rehabilitado hace unos años. Y así podríamos ir multiplicando los ejemplos. ¿Qué va a hacerse en el Paseo de Zorrilla, esquina Puente Colgante, en la casa del viejo Lucense? Nos tememos que se aplique el rodillo 'conservacionista', bien lamentablemente.
¿No cabe pedir un poco de flexibilidad y de cordura a nuestros responsables urbanísticos? Hay sobradas soluciones técnico-jurídicas si se quiere, de verdad, resolver este problema, siempre que, claro está, se abdique de posiciones fundamentalistas, a las que son muy dados algunos técnicos y algunos políticos. Piénsese en la ciudadanía.
Cómo va a permitirse que algún propietario o promotor se enriquezca incrementando la edificabilidad, dirá quizás alguno. Errado planteamiento porque el ordenamiento urbanístico contiene soluciones para evitar enriquecimientos injustos, si bien hay que recordar que, en un Estado de Derecho, lo que requiere justificación son los recortes o restricciones al derecho de propiedad y no la reducción de tales límites.
La ciudad, en suma, podría ganar aún mucho si el Ayuntamiento se decide a arbitrar las medidas, con los cambios jurídicos que, en su caso, sean necesarios, de modo que se vaya logrando al máximo posible la deseable y bella armonía de la edificación, que tanto ayuda al solaz y bienestar generales, conjugando lo mejor posible los gustos y decisiones de nuestros antepasados con los nuestros, que -no lo olvidemos- serán también revisados por las generaciones futuras.
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