T RAS el telón, una excelente reproducción del Despacho Oval de la Casa Blanca se abre al público, permitiendo al respetable observar, aunque por poderes, lo que ocurre en el centro de decisión mundial por excelencia. Una mirada de la que muchos se arrepintieron después de la obra, porque esta ficción disparatada se parece tanto a lo que sospechamos que ocurre de verdad que la semejanza asusta y el paralelismo apabulla.
Inquieto paseando por el perímetro del huevo, un presidente atribulado se enfrenta a la reelección con mínimas posibilidades de alcanzarla. Su bagaje es tan lamentable, con el nuevo mapamundi repleto de conflictos bélicos, la casa propia hecha trizas y una apariencia de fantoche que se ha empeñado en no desmentir durante los años anteriores, que hasta su propio partido le corta los fondos para provocar su salida, aunque a esas alturas ya resulta imposible que sea honrosa.
Lejos de aceptar la derrota, menos aún de pedir perdón, el todopoderoso se entrega a un bucle de decisiones despiadadas, actitudes totalitarias y esperpentos políticos que en su opinión, y en la de sus asesores, puede derivar en una noche electoral triunfante. El rey juega en un tablero donde cohabitan un abogado leal, una escritora de discursos que es como una isla de progresía en medio del océano conservador, un empresario que es la encarnación del tópico americano y hasta un indio con ínfulas que medra para convertirse en millonario.
Todo esto lo sirve Mamet en una obra de texto trepidante que se presenta como una sátira política aunque en realidad es más una comedia de enredo en la que los amoríos se sustituyen por relaciones de poder.
El montaje es un continuo ir y venir de personajes, una cadena de situaciones extremas resueltas con humor ácido y crítica feroz al ritmo que marca el teléfono, una suerte de apuntador que marca tiempos, cambia ritmos y presenta nuevas subtramas dentro del argumento general.
La propuesta resulta divertida, brillante en ocasiones, a pesar de que el torrente de conversaciones sea tan caudaloso que llega a confundir en algunos momentos. El secreto está en presentar esta procesión de tropelías como una hipérbole sarcástica de la realidad pero cruzando los dedos en la espalda, guiñando un ojo al espectador como diciendo: ya sabes que no exagero tanto.
En esta versión española Santiago Ramos sujeta toda la obra, desde el principio, encarnando a un protagonista desquiciado al que le entrega pasión y oficio. Su papel es muy exigente por sus innumerables intervenciones y lo resuelve con nota.
El resto del reparto está correcto, si bien la irrupción breve de Rodrigo Poisón resulta del todo mejorable.
En fin, una comedia bien escrita, magníficamente interpretada y entendida por Santiago Ramos y convincente en la puesta en escena, empeño en el que ha trabajado José Pascual priorizando el pulso narrativo sobre otras cosas, y enseñando el humor sin hacer caso de las tentaciones más extremas.