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Rural, masculino y singular

CASTILLA Y LEÓN

Rural, masculino y singular

Casi uno de cada cuatro vecinos de los pueblos tienen más de 69 años, y la mayoría son hombres, después del gran éxodo femenino de los años 70

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Los huesos desgastados de la radiografía estadística cogen cuerpo y carne en pueblos como Vitigudino, provincia de Salamanca. En una década ha perdido al 10% de su población. Hoy son 2.898 vecinos. Más uno, su alcalde, Julio Santiago, que le pone voz a los lamentos del mundo rural. «La deriva demográfica de muchos municipios pequeños es irreversible. Lo que intentamos es que la emigración, la gente que se marcha de los pueblos, no vaya a Salamanca, sino que venga a Vitigudino, la cabecera de comarca». Hay dos problemas -el envejecimiento y la masculinización (en el mundo rural hay más hombres que mujeres)-, que se convierten en conclusiones del informe 'La población rural de España' y que también inciden, por ejemplo, en la vida cotidiana de la comarca de Vitigudino. En los pueblos cada vez son menos... y más viejos. «La tasa de permanencia de las generaciones jóvenes e intermedias en los municipios rurales españoles baja cada vez más, y destaca la gran emigración femenina», remacha el estudio. Por ejemplo, el 38% de las personas entre 30 y 49 años viven en el mismo municipio en el que nacieron. El resto se ha marchado. Y ni los nuevos vecinos (son el 17% de la población rural; en su mayoría, jóvenes llegados al alfoz desde las capitales de provincia) ni los extranjeros (el 6,7%) consiguen contrarrestar los crecientes desequilibrios demográficos.
Rosario Sampedro, doctora en Sociología y profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Valladolid, en el campus de Segovia, es una de las firmas que han participado en la elaboración del informe. Y pone el acento castellano y leonés. «En la comunidad no sólo aparecen los fenómenos del envejecimiento y masculinización, sino que además se dan de una forma más acentuada», explica. ¿Por qué? «Por la estructura territorial que tenemos. Son asentamientos muy pequeños, con poco atractivo para la gente joven, lo que explica la emigración. E influye que en Castilla y León tampoco tengamos centros urbanos potentes», añade.
Que no es lo mismo un pueblo del litoral mediterráneo que uno del interior de Zamora está claro, pero sí que la mayoría del medio rural (y el estudio lo fija en núcleos con menos de 10.000 habitantes) comparte una serie de fenómenos. El más importante, el detonante de la situación actual, es la desagrarización, la pérdida de importancia económica de lo agrícola, lo que ha supuesto que deje de ser «una actividad exclusivamente familiar» y haya cedido peso «como eje de la organización social de las áreas rurales».
Segundo fenómeno, la masculinización, «un desequilibrio demográfico que se concreta en un déficit de mujeres respecto a la proporción que naturalmente debería existir entre los dos sexos». Aquí este mecanismo es, también, mucho más acentuado que en el resto del país. Los pueblos de Castilla y León hay 82 mujeres por cada 100 hombres (en la media nacional es de 87,6 por cada cien). La agricultura dejó -sobre todo en la década de los años 60- de ser un negocio exclusivamente familiar para convertirse en explotaciones más profesionalizadas. Y a la cabeza, un varón, convertido en heredero. Como contrapartida al negocio, las mujeres heredan educación. Un fenómeno habitual que en Castilla y León se da en mayor medida. «Es una de las potencialidades de la comunidad», explica Sampedro, quien resalta que las mujeres rurales de Castilla y León tienen niveles educativos más altos que en otras regiones. «Para muchas mujeres rurales, la educación se convierte tanto en una vía para alejarse del pueblo como para acceder al mercado de trabajo cualificado». Así, muchas mujeres nacidas en la década de 1950 -convertidas en maestras, administrativas, enfermeras en los 70-, abandonan el mundo rural porque las expectativas de trabajo en un pueblo pequeño son más reducidas. «Esto acentúa el desarraigo», explica Sampedro. Y «terminará teniendo efectos perversos para la reproducción de las explotaciones familiares, al dejar sin esposas a muchos titulares de explotaciones profesionales y modernizadas», añade el estudio.
Y se produce otro fenómeno. Uno de los pocos rasgos característicos de la juventud rural -y que no se da tanto en la urbana- «es la considerable diferencia académica que existe entre mujeres y hombres». Los desequilibrios entre sexos se moderan en las décadas de 1980 y 1990, pero no porque las mujeres jóvenes permanezcan en el pueblo, sino porque también salen los varones, «en cierto modo como reacción a la sobreemigración femenina rural».
Y de todo esto nacen peculiaridades. Por ejemplo, en el campo hay más hogares unifamiliares (sobre todo son viudos, solteros) y de familias extensas (donde conviven varias generaciones).
Movilidad y dependencia
En los últimos años, «la mejora de las comunicaciones, del transporte, permite que muchos trabajen en la ciudad, pero puedan mantener su vivienda en el pueblo». Pero la movilidad se hace más difícil cuando llegan responsabilidades familiares -«no es fácil eso de salir a las ocho de la mañana y volver a casa a las siete cuando hay que cuidar de los niños o de los mayores (el sobreenvejecimiento genera elevadas tasas de dependencia y discapacidad)». «Y vivir en un pueblo indica tener que estar moviéndose», añade Sampedro. Al trabajo, al centro de salud, a gestorías, supermercados... Hay iniciativas como el transporte a la demanda. Internet ha abierto nuevas posibilidades de gestiones o compras cibernéticas. Pero no es suficiente. ¿Hay horizonte? Complicado, pero se ven brotes verdes. Por ejemplo, la llegada de nueva población (jóvenes, inmigrantes). Aunque no compensan, sirven para limitar el preocupante envejecimiento, al menos en municipios cercanos a las capitales de provincia. En Castilla y León, el 22,2% de los vecinos de pueblos de menos de 10.000 habitantes tienen más de 69 años (la media española es del 16,4%). Pero «en algunas zonas será difícil revertir la tendencia», aventura Sampedro. Y más en Castilla y León, donde la gran dispersión en el hábitat y los asentamientos extremadamente pequeños (como en Galicia, como en Asturias) hace que la recuperación sea aún más complicada.
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