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PERIODISTA

21.09.09 -

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H a entrado en escena la decisión de investir de autoridad a los profesores para tratar de evitar las situaciones que se plantean en la escuela, en los colegios, en los institutos. Por supuesto, la polémica se ha alzado a raíz de la puesta en escena de Esperanza Aguirre, a quien nadie le puede negar una condición: la capacidad para generar conflictos. Porque aunque haya que salir al camino de la actual situación degradada de posiciones de demasiados alumnos insolentes y hasta belicosos ante sus maestros, tratar de resolver los problemas con un golpe de autoridad es probable que origine nuevos problemas y que no se resuelva el que motiva esa propuesta autoritaria.
En las aulas demasiados alumnos despliegan violencia verbal y hasta física contra los profesores, al tiempo que se niegan a aprender y perjudican a los compañeros interesados en aprovechar las enseñanzas. El primer foco de responsabilidad por esas actuaciones es evidente que reside en los padres, unos padres que en todos los estratos sociales y en demasiados casos no educan a los hijos, sea porque les consienten cuanto les peta o porque dimiten sin contemplaciones de su función irrenunciable. Son padres que tampoco fueron educados en su momento, pero también padres que recibieron mayor o menor grado de formación en ese terreno. Son padres que no siguen la marcha de sus hijos por los años y situaciones difíciles, y son padres que incluso son capaces de no formar a los hijos pero que en cuanto éstos llegan a casa con el cuento de algún conflicto con el profesor, desautorizan a éste, se enfrentan al docente y, ya lo sabemos, hasta agraden a ese maestro. El principal foco que genera alumnos armados frente a los docentes reside en los hogares, en muchos de los cuales no se educa.
Si de casa el alumno sale sin formación cívica, sin la indicación clara de que al profesor hay que respetarlo, de que es la persona que enseña y también educa, los jóvenes montaraces desplegarán su capricho frente a un profesor desarmado, por preparado que esté -algunos, lamentablemente, no- para ejercer su función. Pero si a ese profesor ahora ocurre que se lo pretende investir de la condición de autoridad, resultará que la disciplina elemental para el funcionamiento de un centro, de un aula, se trastocará en aplicación policíaca. El maestro debe tener autoridad, la autoridad derivada de su función, la autoridad otorgada por la confianza de los padres, y también la autoridad derivada de su propia responsabilidad, porque tampoco debe olvidarse el exceso de casos de profesores que, como muchos padres, no ejercen su función instructora y educadora, no resultan ejemplares. Y habría que plantear si acaso tampoco resulta ejemplar la propia sociedad en cuyo seno crecen esos alumnos agresivos que trasladan, a su modo, lo que encuentran en un entorno de gentes sin comportamiento cívico y donde se ensalza a quien más muerde.
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