Cuando llego a Cobos de Cerrato, medio centenar de buitres hacen tirabuzones y planeos sobre un cielo azul impoluto. Buscan las térmicas que emanan de ese incomparable paraje natural que es el sabinar de San Juan de Castellanos, uno de los mejores enebrales autóctonos de la comunidad de Castilla y León.
Si nos damos una vuelta por él, veremos allí los más raros, recios y dignos ejemplares de estos longevos árboles, conocidos como enebros de incienso ('juniperus thurifera'), algunos de los cuales llegan alcanzar los quince metros de altura, conformados por copas densas, persistentes y oscuras, capaces de soportar las condiciones climáticas más extremas.
Este enebral de San Juan de Castellanos es todo un bosque relíctico, recuerdo de lo que fue la vegetación autóctona de esta zona cerrateña, en la que sus modelos de paisajes, la trasparencia de las aguas de las fuentes que alimentan al río Franco y los alamares que en sus orillas crecen más nos harán creer que recorremos una zona de montaña que el Cerrato más auténtico.
Cuentan las antiguas leyendas que los ataúdes de los abades de los monasterios medievales se construían con esta madera de los enebros, lo que facilitaba que sus cuerpos permaneciesen incorruptos por siglos, a la vez que perfumaban con sus esencias naturales -es una madera muy olorosa- las lóbregas criptas monacales.
Las que sí que están construidas con esta dura madera de los enebros son muchas de las viviendas tradicionales del pueblo, así como las numerosas puertas de acceso a las bodegas que horadan el subsuelo de Cobos y las que se localizan en el denso barrio que se instala sobre la cuesta que domina a la villa. Pues otra de las propiedades de esta madera es que no se pudre fácilmente con la humedad y el agua, por lo que era muy utilizada para hacer los pilares de los antiguos puentes de madera.
El origen del asentamiento humano de Cobos es prehistórico, teniéndose constancia de algunos vestigios arqueológicos aparecidos y fechados en la Edad del Bronce. El pueblo se llamó en épocas históricas 'Cuevas de Riofrancos y Cuevas de Seglares'. Su iglesia parroquial de San Román domina el caserío de la villa, pues se instala en la parte más alta de la cuesta en la que ésta se ubica. El templo se adorna con una portada plateresca, donde podemos ver un buen relieve con la escena del llanto sobre Cristo muerto. Es de una sola nave con cubierta plana, lo que hace pensar en la existencia de un artesonado que posiblemente en otro tiempo la cubría. Varios y buenos retablos renacentistas conforman su patrimonio, aunque todos ellos están necesitados de una urgente restauración. A las afueras del pueblo, también puede verse la ermita de la Virgen del Río Franco.
Todo esto lo veo y lo visito en la agradable compañía de María Consuelo Pérez, la ilusionante e ilusionada alcaldesa cobeña, quien, pese a que como ella dice no está en sus mejores momentos -pues recientemente se le han quemado sus recuerdos en el incendio de su casa-, me acompaña a realizar un recorrido por el pueblo, del que se ve que está orgullosa.
Fuma, como yo, pero me lleva con paso ágil y dispuesto hasta el alto de las bodegas para que desde allí disfrute de la excelente panorámica sobre la hoz que organiza el río Franco, y donde piensa construir un mirador con la ayuda de los Planes Provinciales de la Diputación, así como mejorar el saneamiento del casco urbano del pueblo. Pero su ilusión personal sería poder hacer algún día una piscina para que la juventud que allí acude todos los veranos disfrute aún más del pueblo que ella rige.