«¡Ya es mía!». La frase se pudo leer en los labios de Marta Domínguez nada más superar por ultima vez el obstáculo de la ría. En ese momento, la palentina volvía la cabeza hacia la derecha y observaba a la rusa Yuliya Zarudneval. Una sonrisa empezó a asomarse entre sus labios. Volvió a mirar al frente y sus ojos, alegres, desbocados, no podían ocultar el torbellino de sensaciones que inundaban su cabeza. Faltaban cuarenta metros, pero daba igual. Iba a ganar. Iba a ser la campeona del mundo. Por primera vez. «¡Ya es mía!». Y fue suya.
En Pekín se cayó en la final olímpica. Una caída dura, de las que duelen en la moral. Tres meses antes había decidido pasar de los 5.000 a los 3.000. Una opción arriesgada. Apenas había tiempo para preparar la prueba antes de las Olimpiadas y, para colmo, a su entrenador de toda la vida no le gustó nada la idea. Pero apoyada por su entorno, Marta siguió hacia adelante. Como ha hecho toda la vida. Cuando un objetivo se pone en su punto de mira, es difícil que la bala no llegue al destino. Rompió con su técnico, recibió críticas, se encerró en sí misma. Y siguió. La caída en el Nido de Pájaro sirvió para reforzarla. Ese día puso la primera capa del oro que se colgó ayer en Berlín.
Marta brilló en la pista del estadio olímpico berlinés. Cruzó la línea de meta a lo Usain Bolt, con tiempo suficiente para celebrar y disfrutar de un oro que termina con la sequía española de preseas doradas en los últimos cuatro mundiales. Más atrás, muy atrás, la rusa. Y más lejos todavía, la keniata Milcah Cheywa. Entre la ría y la meta, a la de la ribera del Carrión le dio tiempo a mirar a la grada, saludar, sacar la lengua, explotar dos veces de alegría, dar rienda suelta a la euforia... y a quitarse la cinta. Un gesto que sólo hace en las grandes victorias, cuando sabe que ha ganado porque ha sido superior.
La carrera
El oro es de Marta, cierto, pero también de su extraordinaria estrategia, de su inconmensurable aplomo, de su inteligencia en la carrera y de su sublime final. Sabía cómo iba a ser la prueba. Sabía que las rusas iban a intentar romper la prueba. Y eso le gustaba, le aportaba buenas sensaciones. Ella, que viene del 5.000, necesita carreras veloces que le ayuden a superar los obstáculos con comodidad. En un año su técnica de paso de la valla ha mejorado de manera exponencial, pero aún así, cuando la prueba es lenta, su técnica de carrera la encamina hacia una postura muy rígida. Y para saltar hay que ser flexible. Y esa flexibilidad extra que necesita se lo aporta la velocidad.
Tenía la mejor marca de todas las participantes. Una referencia, sí, pero nada más. La campeona del mundo hasta ayer había quedado eliminada en la series. Otro factor a favor. Pero esto es la primera división, la final de un mundial, y un error se paga con la derrota. Pero Marta no lo cometió. ítem más, tuvo varios aciertos: no cebarse con los ataques, por ejemplo. O no ponerse de los nervios cuando la prueba bajó el ritmo y el terceto en el que ella estaba era atrapado por el resto. Ella se encontraba cada vez mejor, más suelta, más cómoda. «Las piernas me han funcionado de maravilla». Definitiva sentencia.
Y llegó la última vuelta. El toque de campana, como casi siempre, se produjo con la futura campeona bien colocada. Zarudneva puso la directa, pero la palentina aguantó el envite. Ambas atletas llegaron a la par a la recta de meta. Pero esta vez, Marta saltó muy bien y salió del último obstáculo con ventaja sobre su rival que ya no tenía capacidad de reacción y sólo pudo ver como la española enfilaba en solitario los últimos metros.
Y cuando cruzó la meta, acabó la sequía. Diez años desde que Abel Antón y Niurka Montalvo pusieran la enseña española en el más alto de los mástiles que presiden el podio. Dos lustros de decepciones y esperanzas acabaron en el momento en que Marta, cinta en ristre, cruzaba la línea final. El cronómetro se paró en 9.07.32. Nuevo récord de España. Para rematar la faena. Pero no era importante. Lo será, claro, en unos días, en unas semanas. Pero sobre la pista azul de la capital germana, Marta sólo se acordaba de su marido, de su hermana, de su familia. Y de las horas, eternas, invertidas en el Campo de la Juventud, en la ribera del Carrión, en su amada Palencia.