El viajero embarca tras sus peripecias en Bari y nada más entrar se encuentra a tres oficiales con chaleco salvavidas fosforito en la barra del bar Pantheon. Piensa si será una fiesta temática vespertina, pero en ese momento advierten por megafonía que hay un simulacro de emergencia y que, por favor, la gente se haga a la idea. El viajero percibe en la zona de ascensores un ambiente caótico entre los que no se han enterado, perplejos porque no les dejan usarlos, y los que bajan con el chaleco puesto. Que no panda el cúnico, como decía el Chapulín Colorado. A la gente le cuesta tomarse en serio lo que es de mentira. Aunque el centro de belleza hoy oferta con normalidad un 'Tratamiento adelgazante: pierda cinco centímetros en la primera sesión'.
El viajero sigue pensando en lo que le han dicho por la mañana en el centro de belleza. Está lleno de toxinas y debe hacer algo. Aún así, logra llegar a su habitación y coger el chaleco. Se encuentra en perfectas condiciones para el simulacro, pues se halla en pleno naufragio personal, ante la idea de tener que pasar una semana en el crucero. Pero imagina que se está hundiendo y se anima. Baja las escaleras con un matrimonio. Ella tiene el chaleco, él no. Son españoles. Discuten. Valga la redundancia.
-¡Qué me voy a poner yo eso. Si se hunde ya me lo pondré!
-Siempre tienes que llamar la atención. Mira, todos lo llevan.
A los adultos les cuesta participar del espíritu lúdico. En cambio los niños están en su papel, muy serios. El viajero imagina que para ellos un naufragio es una posibilidad real, porque lo habrán visto en las películas. De hecho, enseguida descubren el silbato incorporado y se ponen a pitar como locos. Algunos adultos también, por cachondeo. Se nota que todo el mundo ha visto 'Titanic'. Pero hay que mantener cierta tensión dramática. Los tripulantes ordenan silencio. Ya están todos colocados en filas, por alturas, a lo largo de los botes. Está muy bien organizado. Cada grupito tiene un responsable que cuenta a la gente y les pasa un lector por la tarjeta mágica, la de gastar, que también sirve de identificación. Al salir y entrar del barco, por ejemplo, se pasa por un aparatito. El viajero piensa que la tarjeta mágica es realmente formidable.
Sin noticias de Pelé
Por fin termina el simulacro y el viajero se quita el chaleco, que es un incordio si uno no está naufragando. Al regresar a su camarote llama a información. Sigue preocupado por la falta de noticias sobre Pelé. ¿Cuándo va aparecer? Aún no saben nada. El viajero, apesadumbrado, va a cenar. Sus amigos ecuatorianos le miran sorprendidos. Tal vez pensaban que, tras la primera cena, iba a pedir el cambio de turno. Él esperaba lo mismo de ellos. Mientras comen, al viajero le asalta una payasa. No es por faltar, es una chica vestida de payaso que le pide que sonría para una foto. El viajero dice que no, gracias. Cada día le asaltarán varias veces personajes disfrazados para que se haga fotos. Hasta tiene miedo de abrir el armario. Luego las venden a 15 euros.
Después de la cena sigue explorando la nave. Como él, la gente pasea temiendo que se acerca el momento en que ya se sabrá el barco de memoria. Curiosamente, se evita el exterior. No hay nadie. Se sale únicamente a hacerse la foto con el atardecer, y eso quien se acuerda. Luego ya sólo queda algún romántico en la barandilla. Ni siquiera hace falta salir para fumar, porque está permitido en todo el barco. El resto de la tropa rehúye sistemáticamente el contacto con la naturaleza y el viajero apostaría que a muchos les daría lo mismo que fuera un autobús idéntico, de 17 pisos y 250 metros, con tal de que dentro estuviera todo igual y les dejara cada día en un sitio. Ni pestañearían si se apearan en los Monegros.
El viajero empieza su recorrido por la galería de arte, un hallazgo sorprendente pero agudo. Intentan colar cuadros a gente que no entiende de arte pero que le gustaría tener cuadros sin el engorro de ponerse a entenderlo, sólo soltando la pasta. Como no se acercarían jamás a una galería, encontrársela en el crucero es una cosa muy cómoda. La de este buque la lleva una pareja muy simpática, un suizo y una oriental, que parece china, muy guapa. Todos se acercan a hablar con la china, pero les sale al paso el suizo. Así le ocurre al viajero. Le explica que pertenecen a una galería de Miami con locales en cuarenta cruceros. Así que debe de ser un buen negocio. Hacen subastas silenciosas. El viajero cree que es porque no entra nadie y por el mutismo del suizo y la china, pero se llama así porque uno puja escribiendo su precio en un papelito junto al cuadro. La subasta se cierra el último día.
¡Grabados de Chagall!
El viajero echa un vistazo a los cuadros. Es revelador de lo que piensa la galería sobre el gusto del pasajero. Cosas tremendas de deportes, paisajes, flores y perros. No los sitúan entre las vanguardias, la verdad. Pero, de repente, el viajero se para ante grabados de Renoir, Chagall o Pissarro. Algunos están incluso numerados y firmados y a buen precio. El viajero no se fía, pero le aseguran que tienen todos los certificados. Como queda mucho crucero, se despide y les abandona en su silencio. Con la biblioteca, que está enfrente, la galería es el lugar menos frecuentado del barco.
Las otras tiendas son una joyería, la de fotografía y una de recuerdos, con tabaco, alcohol, peluches y cosas así. Hay gente que se esperaba más tiendas, la verdad. El viajero hace su peregrinaje por los bares y en el Apolo le asalta un tipo con una peluca de rizos y pantalones de campana. Es para otra foto, justificada con el hecho de que esa noche hay fiesta de los setenta, 'Revival Party', y luego 'Paz y Amor Disco' en la discoteca Pan. Pese a sus esfuerzos, el viajero no se siente contagiado de su entusiasmo, y lo siente, porque parece que se divierten una barbaridad.
Pero el viajero desconfía de su efusión. Como muchos otros que andan disfrazados por ahí, es del equipo de animación, y para eso les pagan. También es verdad que muchos pasajeros parece que necesitan que les animen, y eso que han pagado. Se ven muchos rostros inexpresivos y parejas sentadas mirando al techo sin hablarse. Como pensando que por fin llegaron las vacaciones y resulta que eran esto. Al viajero se le ocurre que el rasgo dominante es la pasividad. La mayoría de la gente espera ser entretenida. Como familias sentadas ante la tele una noche cualquiera, a ver qué echan. Tras el embrutecimiento laboral, el aturdimiento vacacional. Es una sociedad muy sedativa y eso se agradece. De todos modos luego hay marcha hasta las tantas y se supone que el personal se lo pasará bien.
El viajero hace una parada técnica en la barra para reflexionar sobre la irreal figura del animador. Es enternecedor pensar que le pagan por animarle. Si él le contara. Se ve en la barra con uno de estos señores disfrazados hablando ante una botella de whisky. ¿Le dejaría su peluca de rizos? ¿Necesitaría él ser a su vez animado? Si le dejara la peluca de rizos el viajero lo intentaría. Pasa luego por la zona de tragaperras. Él enviaría allí a toda la flota de animadores. Se fija en una señora de rojo, muy arreglada, que se habrá puesto guapa sólo para dejarse los cuartos. Es, con diferencia, el lugar más interesante del barco.
Colarse en el casino
El viajero va luego al casino con aire de paleto. Como él, la mayoría de la gente simula que no es la primera vez que entra en uno. Pero todos son conscientes de la distancia que les separa de James Bond. No hay casi nadie jugando. Se nota que todos se fijan para volver otro día, porque cogen hojas de instrucciones. El viajero se promete jugar a la ruleta antes de que termine la travesía. Algunos niños se cuelan a mirar mientras la megafonía advierte que no pueden entrar niños. El viajero les envidia porque para ellos el crucero tiene que ser fascinante. Colarse en un casino, nada menos. Los niños se lo pasan bomba, está claro. Nunca se valorará lo suficiente los sacrificios que los padres hacen por sus hijos. Algunos hasta harán el crucero por ellos. Es verdad que de ellos dependen nuestras pensiones, pero tampoco hay que pasarse haciéndoles la pelota. Seguro que son igual de felices en el campo con un burro. El viajero sospecha que si a su clase hubiera llegado uno diciendo que había pasado el verano de crucero, le habrían dado una paliza.
También hay muchos ancianos, sentados por las esquinas viendo pasar gente. Y personas discapacitadas, para las que el crucero debe de ser una opción ideal y muy cómoda, porque están bien diseñados para ellos. En general, el viajero advierte un vacío generacional. Se abre en esa edad en la que uno ya se avergüenza de ir con sus padres y termina en esa otra en que uno empieza a ser uno de esos adultos de los que su hijo se avergonzará. Tras los últimos adolescentes que veranean con la familia no hay jóvenes. Luego ya aparecen parejas de treintañeros.
Pero también debe de haber gente sola, como el viajero: hay un Single's Party a las once en el Bar Minerva, puente 5. '¿Viaja solo? Venga a conocer nuevos amigos', anima el diario de a bordo. El viajero asoma el morro, pero haciendo como que pasa por allí, porque no quiere líos. Hay una jabatona en la barra y dos barrigudos en una esquina. Lo demás son parejas de viejetes que parecen agradables, pero probablemente ajenos a la convención 'single'. O es que quizá se organiza un partido de solteros contra casados, como en las fiestas de los pueblos. Aquí todo son actividades y cualquier día se encuentra una carrera de sacos en el pasillo.
El viajero envidiado
De momento lo que hay es Super Bingo en el Gran Bar Apolo. El viajero se pregunta si realmente habrá uno al día. Y por qué llevan a los niños a sacar las bolas como si se jugaran garbanzos, y no un Jackpot de 5.000 euros. Entre cócteles de formas y colores fantásticos hay un grupo de españoles que grita números en plan de broma. Hay una panda de amigos de Sevilla. El crucero con colegas, de cachondeo, debe de ser más divertido. Aunque cada vez que el viajero dice que va solo le miran como con envidia. Quién sabe lo que se imaginan. Es una de esas cosas con las que se fantasea: hacer un viaje mirando a la lejanía, leyendo a los clásicos y pensando un montón. Pero un instante después intuyen que tiene que haber algo raro, porque al final no se hacen esas cosas más que obligado. Así que empiezan a pensar que uno es raro o le ha pasado algo. Entonces el interés se reduce a intentar enterarse.
Por otro lado, cuando el viajero dice que es periodista le preguntan qué opina de la crisis y responde que no tiene la menor idea. Quedan muy decepcionados y sospechan que no es periodista. El viajero también sospecha. Con todo, dice que está de vacaciones. Ya en 1930 Evelyn Waugh, tras viajar a Abisinia en otro crucero para cubrir la coronación del Ras Tafari, decidió no decir más que era periodista: «Algunos se mostraban tan reticentes que caían en lo descortés, otros se explayaban tanto que rayaban en lo tedioso, pero nadie trataba a un periodista como a un ser humano normal».
Dentro del paseo, la gente va a la capilla. El viajero curiosea en el libro de mensajes a disposición de los fieles y lee asombrado que hay unas cuantas parejas en luna de miel que dan gracias por un viaje tan maravilloso. Desde luego, qué abismos de incomprensión separan a las personas. El viajero sigue preocupado por su toxicidad, pero allí encuentra una fotocopia del Libro de la Sabiduría que le reconforta: «Las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal». Toma, para que vean los del centro de belleza. De todos modos, sigue pensando en hacerse el test de toxicidad. Hacen un dos por uno y puede decírselo a Omar, su mayordomo, que parece muy buen chico. Aunque eso puede dar la impresión en el centro de belleza de que está colgadísimo. Antes de retirarse el viajero pasa por las tragaperras. Allí sigue la señora de rojo, con un monederito en la mano. Lleva tres horas.
Al llegar al camarote Omar le entrega el programa del día siguiente, con escala en Olimpia. Lo hojea nerviosamente y ¡allí está! ¡Cóctel de gala con el capitán y el Sr. Edson Arantes do Nascimiento 'Pelé'! ¡Código de vestimenta: gala! Será un día olímpico. Aunque antes han conseguido meter un bingo a las 10.45 en la piscina. Después del 'Laboratorio manual: pintemos cerámica', el baloncesto loco y la clase de salsa. Antes de dormirse, el viajero repasa la tarde. Lo más auténtico de todo ha sido el simulacro.