Nació en 1960 como una república federal inmensa en la que el Imperio Británico había agrupado, arbitrariamente, 250 etnias. Pero Nigeria, llamada a ser una de las grandes potencias africanas por sus dimensiones geográficas, humanas y económicas, pronto descubrió que sus costuras se rompían ante la presión de las fuerzas centrífugas. Como una célula sometida a la mitosis, sus tres primeras divisiones administrativas se convirtieron en doce estados en 1966, redistribuidos en 36 a finales de la década de los noventa. Hoy, medio siglo después de su independencia, tras sufrir una devastadora guerra civil y numerosos conflictos internos, el territorio se ha visto sacudido por una rebelión religiosa. La rebelión suicida de la secta Boko Haram ha demostrado, una vez más, que el gigante se asienta sobre un suelo quebradizo.
La breve historia del inmenso país ribereño del golfo de Guinea es una sucesión de episodios democráticos frustrados por golpes militares. Según el escritor nativo Ken Saro Wiwa, la verdadera prisión no se encuentra dentro de la celda húmeda y miserable, sino en la decrepitud moral y la ineptitud mental ordinaria de los dictadores. Esta reflexión alude directamente a Sani Abacha, el tirano que, hace catorce años, ordenó la ejecución de aquel ecologista y activista de los derechos humanos por su campaña contra la contaminación petrolífera del delta del Níger y la represión de los ogoni, uno de los pueblos nativos.
La medida provocó la repulsa internacional y forzó, de alguna manera, la recuperación de la vía constitucional y, posteriormente, de algunos cientos de los más de 1.560 millones de euros que el dictador cleptócrata transfirió a cuentas bancarias en Suiza. El país recobró la credibilidad en los albores del siglo XXI, pero no la esperanza. Su pasado de frustrados intentos democráticos y golpes militares se reveló un pesado bagaje que se sumaba a la incoherencia interna, fruto de las disparidades culturales que alberga en su seno, y a la rémora de una clase política corrupta aliada de las multinacionales del petróleo.
La reforma propiciada por el presidente Olusegun Obasanjo pretendió una armonía basada en las concesiones. El norte musulmán, la tierra de los hausas y fulanis, se ha sentido tradicionalmente marginada por el sur, el hogar de yorubas e igbos, mayoritariamente cristianos y detentadores de los principales recursos. Tras reforzar la autonomía, la introducción a principios de siglo de la 'sharia' en los doce estados septentrionales como reemplazo a la deslegitimada justicia pública supuso una ruptura fundamental de la unidad nacional. La disparidad religiosa y la etnización parecían anteponerse al fortalecimiento de la aún difusa identidad nigeriana.
Progresiva radicalización
Occidente supo de la aplicación rigurosa de la ley islámica con las condenas de Safiya Hussaini y Amina Lawal a ser lapidadas por la comisión de adulterio. Pero la realidad era aún más inquietante. La ancestral tolerancia de la fe musulmana en el ámbito subsahariano se demostraba perturbada por la progresiva radicalización, un hecho singular con la excepción de la atormentada Somalia, y que ya se refleja en el control oficial de la vida comunitaria en las regiones septentrionales.
Antes de que los iluminados de Boko Haram acometieran contra las comisarías se habían producido numerosos actos de violencia interreligiosa que demuestran la introducción de diversas corrientes rigoristas ligadas al wahabismo saudí y el salafismo, y la generación de milicias conocidas como los 'talibanes negros'. Las minorías cristianas y chiíes han sido las víctimas propiciatorias de grupos fanatizados que reclaman el rearme moral, pero también un mayor relieve político, y que pueden contribuir a desestabilizar aún más el Gobierno nigeriano.
Como ya ha advertido Stephen Schwartz, especialista norteamericano en el mundo islámico, la creciente influencia del fundamentalismo viene alimentada desde la península arábiga, se vehicula gracias a un entramado de organizaciones disfrazadas del espíritu solidario y resulta muy beneficiada por el descontento de una mayoría ajena al desarrollo. Un 70% de la población sobrevive por debajo del umbral de la pobreza, además de sufrir el abuso y la represión institucionalizada. El indisimulado asesinato del líder islamista Mohammed Yusuf mientras permanecía bajo arresto policial evidencia la falta de garantías que vive la ciudadanía.
Al sur, la situación también resulta compleja. El delta del Níger, la principal zona productora de crudo, es una de las áreas más convulsas del continente. El MNED aparece como el mayor grupo guerrillero, pero en la zona confluyen el Ejército y los paramilitares, las mafias y otras milicias que han tomado el relevo de aquellas que en los años sesenta pretendieron la independencia de la región bajo el nombre, ya mítico, de Biafra.
Desde 1998, el rapto de especialistas extranjeros, los secuestros de buques y los atentados contra los yacimientos de crudo y oleoductos han provocado un descenso del 30% en la producción. La compañía Shell es considerada la gran perjudicada, pero también el blanco de las críticas por su alianza con el Gobierno central. Los opositores, líderes del pueblo ijaw, denuncian tanto la ruina de uno los grandes ecosistemas del continente como la opresión sufrida por las poblaciones indígenas, objeto de desplazamientos forzosos, detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales.
La dependencia del crudo condiciona una guerra en la que los intereses económicos son determinantes. El 90% de las exportaciones proviene de la extracción en esa región suroriental, pero los cinco estados que la componen apenas perciben un 13% de los ingresos aportados. La guerra sucia y la degradación medioambiental crispan aún más las relaciones con el Gobierno.
Crisis global
El problema de los recursos también acecha la estabilidad. En el norte, la necesidad de pastos y acuíferos empuja a los pueblos ganadores hacia el centro del país, generando enfrentamientos con los grupos autóctonos. Pero se trata tan sólo del anticipo de una crisis global. El rápido crecimiento demográfico y las demandas de recursos amenazan con la destrucción total del medio natural antes del 2050.
Sin embargo, este marco desasosegante y las continuas violaciones de derechos humanos no han hecho mella en la proyección internacional de Nigeria. Su condición de sexto productor mundial de petróleo parece haber solventado todas las dudas que acarreó el sospechoso proceso electoral que llevó al poder a Umani Yar'Adua, actual presidente. La IV República cuenta también con el aval de sus poderosas fuerzas armadas, garantes de la estabilidad en la región en concurso con Francia. Tal y como ocurre con Sudáfrica, su condición de líder de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental le otorga el estatus de aliado necesario y el beneplácito de Estados Unidos y Europa, tan necesario para disimular en el escenario mundial la huella de sus embarrados pies.