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Valladolid

ALGO QUE DECIR

31.07.09 -

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N o me hago mucha idea de cuánto espacio ocupan millón y medio de metros cúbicos de tierra, como también ignoro adónde irán a parar. Pero lo que hoy empieza es otra fase de la movida que pretende dejar la ciudad como dijo Alfonso Guerra que sucedería con España: que dentro de nada no la conozca ni la madre que la parió. Afortunadamente para la gente de bien, en el mundo civilizado las grandes revoluciones ya no se hacen a hachazos y quemando cosas, sino a golpe de planes urbanísticos, de apuestas futuribles que los forasteros aprecian más porque notan los cambios sin sufrir las incomodidades. Los que nos visitan de vez en cuando (de Seminci, en Seminci, por ejemplo) suelen hablar de esas mutaciones, que a mí me cuesta creer aunque me estén dando en los hocicos. Pero esta vez sí que sí. De esta tacada, Valladolid cambiará, incluso para los escépticos, porque la obra es gorda y los beneficios visuales tienen que serlo también. Cuesta imaginar que un día los talleres de Renfe se habrán ido a otro sitio (no por culpa de un ERE, Dios nos libre), que será posible cruzar de Delicias a la calle Panaderos sin sortear vías y barreras, o rezar el rosario en la iglesia de La Pilarica sin que el paso del tren apague las velas. Temblad, incrédulos, el fin está cerca.
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