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Valladolid

ALGO QUE DECIR

13.07.09 -

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C on 40 años cumplidos me dio por matricularme en la universidad, ese sacrosanto lugar adonde no había podido llegar de joven. Mi fortaleza interior me ayudó a no tirar la toalla el primer día porque entre chavales atolondrados, catedráticos divinos y profesores zumbados, era difícil mantener la cordura. Sin embargo, lo más llamativo fue encontrarme con estudiantes más talludos que yo recorriendo las aulas invitando a los novatos a apuntarse a la tuna igual que los legionarios animan a los soldados a disfrutar (en el sentido noble) del carnero. Si no hubiera sido porque desentono, me habría apuntado, aunque sigo sin verme con esos calzones llamados gregüescos y cantando 'clavelitos' de boda en boda. Años después comprendí que ser tuno a los cuarenta tiene su razón de ser porque hay gente que se pasa dos lustros haciendo la carrera elegida, repitiendo curso o especializándose en másteres caros. Salvo excepciones, los estudiantes que conozco jamás terminan de estudiar la carrera que eligieron en el tiempo que dura estrictamente su matrícula, por lo que no sorprende que algunos entonen 'clavelitos' en primer curso y tengan dos hijos mayores al llegar al segundo ciclo. O sea, y como dijo Machín: toda una vida. ¡Aúpa, tuna!
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