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Valladolid

ALGO QUE DECIR

20.06.09 -

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D e todos los personajes que participan en el juicio que se sigue contra la canguro acusada de matar a esa niña de seis meses, no quisiera estar en la piel de ninguno. No me gustaría, por supuesto, sentarme en el banquillo de los reos, pero tampoco en la zona de los testigos o entre el público, ni entre los padres del bebé. Bajo ningún concepto desearía ser un miembro del jurado, ni fiscal ni cualquiera de los peritos obligados a decidir si María del Rosario hizo lo que hizo conscientemente o, como ella sostiene, todo fue fruto de la casualidad, de la mala suerte. De la perra suerte que se llevó por delante, sin arreglo posible y sin marcha atrás, a una niña inocente cuyo único 'delito', quizá, fue llorar a destiempo. Nada de cuanto sucedió ayer y continuará los días siguientes en esa sala de juicios es plato de gusto para nadie, ni siquiera para los que imparten justicia o para los que la esperan desde hace casi dos años. Todo es desgarrador, hasta las 'disculpas' de la mujer encargada de cuidar a la niña repitiendo una y otra vez que jamás la maltrató. Tampoco me gustaría ser el periodista que está siguiendo las sesiones, las declaraciones, las pruebas, condenado él también a tomar notas y a enhebrar el presente artículo para empaparnos hoy de algunos detalles de aquél nefasto día de agosto de 2007 cuando comenzó la calamidad. Un drama que ahora muestra con crudeza y lenguaje jurídico todas las caras del mismo: las de los familiares afectados y la de quien provocó o no evitó la muerte de la niña. A pesar de estar razonablemente curtido en la cobertura de muchos sucesos, jamás me acostumbraré a aquellos que tienen por protagonistas a los niños, y me da lo mismo un incendio que una historia como ésta, cuyo veredicto tardaremos unos días en conocer. Reconozco sin complejos que la muerte de los niños (incluso la no violenta) me acobarda, me atenaza y me deja sin palabras. Incluso para este artículo.
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