Una despedida siempre resulta emotiva, pero Víctor Manuel Fernández había previsto que la suya transcurriera de otra manera.
El adiós quedó fuera de contexto. En vez del césped, la moqueta. En lugar del rugido de la grada, el aplauso final y algo tímido de los periodistas. Todo adornado con la luz polar de los focos instalados por la televisión. «Estoy dolido porque creo que merecía otro final», pronunció Víctor en una sala del hotel Meliá Recoletos. Antes, hilvanó un discurso de agradecimiento al
Real Valladolid, enfatizó en su buena relación con José Luis Mendilibar y dejó frases para la hemeroteca. «Es mi casa y lo será siempre. Siempre será mi club». Después de cinco minutos de agradecimientos se asomaron las primeras lágrimas.
Víctor llegó acompañado de Gonzalo Arguiñano y Luis Perote, sus amigos y representantes, que le flanquearon en la comparecencia ante los medios. «Nos sentamos por si hay que echarle una mano», dijeron. «Que falta me hará...», añadió Víctor. Y el ya ex blanquivioleta, jugador para la eternidad, reconoció que afrontaba «un día triste». «Pero también alegre, por todo lo que he pasado aquí».
«He oído que tenía problemas con el míster, pero creo que la decisión de no renovarme no es por eso. Él me he ayudado en todo momento y yo a él. Nos hemos respetado y no han existido problemas. Nos tenemos cierto cariño después de tres años juntos», quiso aclarar.
La afición no tardó en aparecer en su alocución. Ni récords, ni dinero. Víctor se queda «con el cariño de la gente». Y por eso lamentó, por primera vez (vendrían más) que no ha podido despedirse «como debería». Los compañeros también se llevaron los elogios. Y el club en su totalidad. «Vine con 22 años, soltero; ahora tengo 35 y me voy con tres hijos», sintetizó. «Estoy orgulloso de haber estado aquí tantos años. Tengo claro que éste es mi club, mi casa. Siempre lo será. No quiero cerrar las puertas. Cuando vuelva me gustaría estar cerca del Real Valladolid y ayudar en todo lo que pueda».
Las lágrimas llegaron cuando Víctor recordó los apoyos que recibió desde el mediodía del jueves, cuando el club anunció que no le renovaría el contrato. Se produjo una pausa interminable, en medio de un silencio únicamente roto por los chasquidos de las cámaras. La única manera de contener las lágrimas le llevó a insistir en el hecho que más le ha dolido. Tal vez el que le ha enfadado. «Ya sabéis cuál es el 'pero' que pongo. Me habría gustado despedirme donde tenía que haber sido [pausa]. Creo que lo merecía yo y lo merecía la gente. Han sido nueve años que no voy a olvidar jamás».
Las preguntas de los periodistas devolvieron el acontecimiento a su cauce. Y Víctor abandonó momentáneamente los encomios para dejar algunos reproches. Pocos, pero reconvenciones al fin y al cabo.
El presidente le comunicó la resolución definitiva. «Yo hablo con Carlos Suárez. La decisión ha sido un poco rara. He visto cómo se cambiaba de opinión en cinco días dos o tres veces, pero veía el final de temporada y me lo olía. Creo que puedo seguir jugando al fútbol, pero la decisión la toman otros. Merecía otra despedida. La afición también. Después de aplaudirme durante nueve años, hacerlo también el último día». Porque Víctor es un futbolista, pero también un artista. Y, como todos los artistas, ansía el aplauso del público cuando cae el telón.
En el momento en que el Real Valladolid certificó la permanencia ante el Betis, Víctor se echó a llorar. «Sabía que era mi último partido y se juntaron todos los sentimientos. No fue ante mi público, pero fue una despedida digna. Hay que mirar el lado bueno. No sé qué habría pasado la próxima temporada. Todos nos quedamos con buen sabor de boca».
El Real Valladolid quiere concederle la insignia de oro, un galardón que Víctor no rechaza (¿cómo iba a hacerlo?), pero que se le ha planteado antes de tiempo. «Quiero seguir jugando, estoy capacitado para seguir. Me gusta llevar la insignia, estoy orgulloso de este club. Se habló de dármelo en el próximo Ciudad de Valladolid. Pero no creo que esté retirado en esos momentos».
Los colores del Pucela
Víctor reconoció estar «enamorado» de la elástica pucelana y se presentó a la cita con una camiseta morada y un pantalón blanco. «¡Qué mejor día para ir del Valladolid!», exclamó. Sentir los colores no es una expresión vacía para un jugador que hace ya tiempo que entró en la historia de Zorrilla.
La emoción volvió a dispararse cuando se le insistió por los mensajes de apoyo de sus compañeros. Un nombre le creó un nudo constante en la garganta: Alberto Marcos. Fuera de la sala de prensa reconoció que no podía hablar de su gran amigo sin que le desbordasen los sentimientos.
Tres empleados del Real Valladolid acudieron a despedirse de Víctor en el Meliá Recoletos. Óscar Fernández, utilero. Óscar Rodríguez, trabajador de la Residencia de Jugadores. Y Onésimo Sánchez, entrenador del Real Valladolid B. Los abrazos se prodigaron.
Al final de las escaleras esperaba otro nombre legendario del fútbol español: José Luis Pérez Caminero, que quiso aparecer para saludar a su amigo 'Vitines' e insuflarle alegría tras la complicada rueda de prensa.
Ya en la cafetería, Víctor contó cómo su hijo, de poco más de un año, pega patadas al balón con la zurda y adopta algunos gestos del padre. Con que posea una cuarta parte del talento de su progenitor estaremos ante otra estrella.