Francisco crea páginas web con ocho años. Nelia maneja el ordenador a sus cuatro años con la misma facilidad que sus padres conducen. Cecilia con cinco abriles es capaz de responder a las preguntas de Geografía que le hace su madre y además recita de memoria la lista de monarcas de España desde los Reyes Católicos. Son ejemplos de niños y niñas identificados como superdotados, tienen un coeficiente intelectual superior a 130. Pertenecen a ese 2,2% de privilegiados con una capacidad de aprendizaje superior al resto. Y cuentan con la ventaja de haber sido diagnosticados como tales a tiempo, lo que evita un bajo rendimiento escolar y el fracaso en las aulas, entre otros problemas que pueden ir asociados a su condición de más capacitados.
El Centro Huerta del Rey, de Valladolid, va a cumplir veinte años en el diagnóstico, atención y seguimiento a niños con altas capacidades. En el ámbito educativo está considerado una referencia pionera a nivel mundial tanto por sus investigaciones y 21 libros publicados como por trabajar en cinco niveles que la distinguen del resto de entidades dedicadas a tratar la superdotación: identificación, formación, seguimiento, investigación y publicación.
El lema con el que empezaron a navegar en 1990 lo mantienen vigente sus dos impulsores, Yolanda Benito y Juan Antonio Alonso. Es el principal mandamiento de su decálogo para gestionar talentos: «No se trata de hacer adultos excepcionales, sino niños felices».
En estas dos décadas por sus aulas han pasado 1.800 niños y niñas superdotados de entre 3 y 18 años a los que se ha identificado como tales, se ha seguido su evolución o han recibido formación, terapia y tratamiento. Sus impulsores han sido testigos del cambio operado tanto en las administraciones como en la opinión publica en relación con la especificidad de los menores que tienen una capacidad de aprendizaje más desarrollada que el resto de sus compañeros y precisan atenciones especilales.
El 30% de los casos tratados en el Centro Huerta del Rey son menores de Valladolid. El resto, alumnos de otras regiones, entre las que incorporan mayor número de escolares Madrid, País Vasco, Andalucía o Cataluña, entre otras, y lo hacen acompañados por sus padres con un informe bajo el brazo. «Llegan con dosieres pedagógicos, psiquiátricos, o simplemente en busca de un diagnóstico que aclare si el menor es superdotado», certifica Juan Antonio Alonso, doctor en Ciencias de la Educación, quien reseña que la superdotación se da en todo tipo de clases sociales, «lo que desmorona alguna idea mito que vincula a este tipo de alumnos con cierta elite».
Nada de vidas resueltas
El discurso de Juan Antonio Alonso intenta desterrar tópicos adosados a la condición de superdotato y alerta de que «poseer una inteligencia superior a la media no tiene nada que ver con tener la vida resuelta». Es más, su compañera Yolanda Benito, doctora en Psicología, matiza que hay niños superdotados con una doble excepcionalidad, y además de la superdotación presentan algún trastorno asociado que es preciso corregir, como la hiperactividad o la dislexia en buena parte de los casos. «El momento óptimo para diagnosticar si un menor es superdotado se sitúa entre los 4 y los 7 años», explica.
¿Cuándo empieza la sospecha de los padres sobre las capacidades de su hijo? La experiencia de Yolanda Benito le lleva a responder que observando su precocidad en el uso del lenguaje, en la adquisición de habilidades lectoras. «El aprendizaje se da porque el niño interroga e incorpora conocimientos con mucha rapidez, hace preguntas que no son habituales».
A pesar de que en los últimos años las legislaciones nacional y autonómica han avanzado en el reconocimiento de derechos y garantías educativas para los alumnos con capacidades superiores al resto de sus compañeros, en las aulas «falla la práctica», opina Juan Antonio Alonso. «Si el Ministerio llega hasta aquí, luego las comunidades autónomas son restrictivas en algo tan elemental como la identificación temprana de los superdotados; es una carencia importante que no haya programas sistemáticos de identificación temprana, más allá de que lo demanden o no los profesores para determinados casos».
Genios ocultos
Estadísticas oficiales y de colectivos de atención a superdotados estiman que en España el 98% de los casos de superdotados están sin identificar. El daño que produce esta desatención va mucho más allá del despilfarro continuado de talento. Algunos de esos informes con el Ministerio de Educación a la cabeza cifran en 300.000 el número de potenciales superdotados a nivel nacional sin identificar como tales y alerta de que un 70% de esos escolares presentaba bajo rendimiento en los estudios y entre un 35% y un 50% está abocado al fracaso escolar al no estar debidamente diagnosticados y atendidos.
Esta circunstancia hace que la doctora en Psicología Yolanda Benito dirija sus reproches más allá del desperdicio de mentes privilegiadas con el que se priva al conjunto de la sociedad. «Es que hablamos de la necesidad educativa de un niño, de su diagnóstico temprano para saber si es superdotado y poder cubrir sus potencialidades; y eso es un derecho, porque quienes no han sido detectados como escolares de alta capacidad no están teniendo el tipo de educación que precisan y eso acarrea consecuencias graves».
El procedimiento más común en la identificación de superdotados en la escuela comienza cuando un profesor solicita que a uno de sus alumnos le evalúe un equipo educativo. Si el estudio confirma la superdotación, el siguiente paso pasa por la adaptación curricular con un profesorado específico o la aceleración y flexibilización de cursos para la adquisición de más conocimientos. La mayor parte de las identificaciones en las escuelas suele hacerse entre los cinco y los nueve años.
Sin garantías
Pero más allá del talento precoz de los menores y en contra de una creencia errónea que es preciso desterrar, eso no significa que tengan asegurado el éxito profesional en la vida ni que sus habilidades les vayan a garantizar más felicidad que al resto de los ciudadanos. Quienes tratan con superdotados saben que sufren conflictos que si no se abordan adecuadamente van más allá del fracaso con los libros en las aulas y afectan a su estabilidad psicológica. «Su inteligencia también los hace más vulnerables a estímulos negativos del mundo», reseñan los expertos.
El Centro Huerta del Rey inicia una nueva década en la que las investigaciones van desbrozando nuevas pautas para abordar el fenómeno de la superdotación. Cada sábado, entre 40 y 50 niños y jóvenes se dan cita en sus aulas con el afán de colmar sus necesidades de aprendizaje, aquellas que les harán vadear con éxito los retos diarios en las relaciones sociales y en el conocimiento de un mundo enseñado a la medida de sus expectativas mentales.