Vienen días de comuniones, bodas, confirmaciones y otras ceremonias en las que, más allá de la dimensión religiosa o convencional, late el deseo de juntar a los seres queridos para celebrar, a poder ser entre sol y flores, cómo transitamos de una etapa a otra. Al arrimo de tales eventos quisiera evocar esa tendencia creciente -espero no equivocarme, hasta hace poco no me interesaba mucho por los cincuentones- a celebrar los cincuenta convocando a todas aquellas personas a las que uno desearía juntar aunque sólo fuera una vez en la vida, para transmitirles el valor de su presencia. Por contraste con la mayoría de las celebraciones festivas, habitualmente circunscritas al ámbito familiar, el denominador común de los 'cincuentaños' a los que he asistido ha sido la exaltación de la amistad, esos vínculos variados, imprevisibles y directos que convierten al homenajeado en un palimpsesto -¡llevaba décadas deseando colocar la palabreja!- de los años vividos, en una especie de síntesis de todas las amistades que, sin menoscabo de parejas, padres, hijos o hermanos, le han regalado la alegría necesaria para envejecer con dignidad.
Cumplir 50 tiene un simbolismo profundo. El número suena a oro, a cenit vital, a hazaña y a frontera. Más allá de la liturgia de las velas, los regalos y los deseos, el oficiante se hace niño cuando ya es incuestionablemente mayor, acepta su madurez dejándose envolver en el afecto ajeno, inyectándose así la rejuvenecedora energía de las risas, los cánticos, los bailes y el desmadre festivo. Hay algo de balance afectivo en la celebración de los cincuenta: uno se reconoce adulto y dedica a los presentes su victoria en esta meta volante de la complicada carrera del vivir. De manera excepcional, no se celebra un logro económico ni profesional ni protocolario, sino el mero hecho de haber llegado a los cincuenta con ganas de celebrarlo. Y se festeja la presencia y el apoyo de quienes casi nunca ocupan en la vida el protagonismo que se merecen, de los amigos.
Aunque charlamos con mucha gente a lo largo del día, conforme pasan los años más intensa es la sensación de que vivimos arrastrados por la marea de las obligaciones cotidianas, cada vez con menos margen para elegir a quién llamar o con quién estar. Las responsabilidades familiares, la vorágine laboral y la inercia de encuentros, llamadas, rutinas y otros ruidos que provoca la convivencia diaria nos dejan poco margen para regar como hace falta esas relaciones amistosas que tanto apreciamos y que tantas veces dejamos morir por falta de abono, iniciativa o ánimo. Creemos tener muy clara la importancia de los amigos, pero vivimos de tal modo que pocas veces les dejamos hueco.
Quizá en ello radique su valor. Como los buenos vinos, las amistades de calidad envejecen bien porque se les da tiempo, silencio y libertad. Una vez puesta a prueba su incondicionalidad -ese inconfundible sentimiento de que el otro te acepta como eres y sigue estando de tu parte aun cuando discrepe o te critique-, la amistad soporta perfectamente la distancia en el tiempo y en el espacio, es más, puede así consolidarse, siempre y cuando se cumpla su otro gran requisito, la disponibilidad. Han podido pasar los años, pero cuando se produce el reencuentro los amigos saborean con qué celeridad se recupera la sintonía ausente y lo que se necesita contar, pedir u ofrecer fluye como si no hubiera pasado el tiempo. Creemos que cuidar a los amigos supone institucionalizar cuadrillas, citas y otros periódicos rituales del encuentro, y muchas veces es que no: a veces sofocamos la libertad del encuentro amistoso de puro miedo de perderlo, ignorando que el buen amigo es quien más nos ayuda a estar solos porque la presencia de su afecto nos inmuniza de la tentación de aguantar a cualquiera porque sí, de puro miedo a la soledad.
Claro que son muchos los riesgos que se ciernen sobre la amistad. Como suele pasar, de sus aportaciones vienen sus pérdidas. Ha sido una escuela de sabiduría aprender a respetar en el amigo cosas que en cualquier otro habrías despreciado, pero eso mismo puede estimular la rivalidad o el abuso de confianza. Os habéis adentrado tanto en la sombra oscura de las intimidades compartidas, que llegará el momento de alejarse de quien conoce demasiado bien tus debilidades. No siempre estamos disponibles, hay curvas de la vida que transforman de pronto la brillantez en petulancia, momentos en los que uno decide no volver a sincerarse con nadie, gestos en el rostro que anuncian temas prohibidos; hay olvidos imperdonables, comentarios inoportunos, malentendidos, pequeñas y grandes traiciones, así como saludables deseos de hacer borrón y cuenta nueva para aligerar el fardo con el que nos va cargando la edad, amistades de toda la vida incluidas que se han convertido en un recuerdo amable: vivencias disecadas, brillos de una estrella muerta.
No es de extrañar, por tanto, que se llegue a los cincuenta sin muchas ganas de jaleo. Sea porque a uno le den alergia los cumpleaños, los ignora o los disfruta especialmente en la distancia corta; hay mil razones para que este tipo de celebraciones no se conviertan en un imperativo social semejante a las despedidas de soltero o a las cenas navideñas con los del curro. Poniéndonos extremistas, hay quien se toma el asunto como Harry Haller, el protagonista de 'El lobo estepario' -esa novela de Hermann Hesse-, quien se dio de plazo hasta los cincuenta para quitarse del medio como la vida le siguiera resultando tan sórdida. Haber puesto fecha a su suicidio le ayudaba a sobreponerse a las desdichas de cada día, vivir era descontar el tiempo que le faltaba hasta los cincuenta. En el extremo opuesto, puede resultar consoladora la lectura de Platón para descubrir que para el autor de 'La República' no termina hasta los cincuenta el proceso educativo ideal y sólo a partir de entonces se hace posible un comportamiento sabio y sereno.
Sean como sean los cincuenta, inicio o final de lo bueno o una mera cifra de trámite, yo les animaría a disfrutar de los 'cincuentaños' propios o ajenos en buena compañía. Conforme voy adentrándome en la década dichosa ya he participado en varios, más modestos u ostentosos, más o menos breves, más familiares o amistosos, pero de todos ellos he salido renovado por esa especie de elixir que desprenden los buenos amigos, animado por la efímera constatación de que, aunque muchas veces parezca lo contrario, no todo son pérdidas con la edad. Aunque si se les ha pasado la ocasión o se les antoja todavía muy lejana, tampoco importa. Un pensamiento, una palabra, un SMS, un telefonazo, un brindis, una postal... nunca faltan oportunidades para ensanchar el espacio de la amistad. Escribiendo estas líneas no he pretendido otra cosa.