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21.05.09 -

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E n mis particulares coordenadas espacio-tiempo coincidieron el lunes dos poetas. Antonio Gamoneda, que presentaba en Madrid su espléndido libro de memorias, 'Un armario lleno de sombra', y Mario Benedetti que unas horas antes se había despedido de este mundo en el mismo país que le vio nacer, después de un largo peregrinaje vital. Con lo difícil que es que un poeta sea noticia, pensé, y hoy vienen a disputarse el titular dos escritores radicalmente distintos.
Preguntarle a Gamoneda por Benedetti parecía inevitable. Y lo fue. Lo fue una y otra vez mientras el autor de 'El libro del frío' se sometía a la supremacía de las televisiones. Además de preguntas hubo incluso alguna propuesta un tanto peregrina que destilaba ignorancia acerca de la obra de uno y otro. Al menos de la obra de Gamoneda.
Me pregunté cómo saldría el premio Cervantes de todo ello. Y no tuve que esperar mucho para saberlo. Gamoneda fue exquisito. Y algo más. Fue honrado consigo mismo.
Mi abuelo solía decir con buenas dosis de ironía: 'Dios nos libre del día de las alabanzas'. La muerte suscita dosis de compasión que suelen convertirse en dosis de repentina admiración, aunque en vida esa admiración no haya tenido tiempo de germinar. Ese apuntarse a un bombardeo tan típico de nuestra clase política (intentan hacernos ver que han leído lo que luego jamás dejan traslucir en sus discursos y en sus actitudes) empieza a ser moneda común -¡ay!- también entre nuestros escritores y demás prohombres de la cultura, quitándonos así la esperanza de que las cosas algún día vuelvan a adoptar sus justas medidas en el mundo intelectual.
Antonio Gamoneda fue exquisito al hablar de Benedetti, de su bondad y de su compromiso vital, pero no renunció a expresar que en su opinión su poesía estaba lejos de la esencialidad que para él debe impregnar el pensamiento poético. Es raro en estos tiempos en los que todo el mundo baila la música más pegadiza escuchar a alguien expresar su opinión con respeto, pero con exactitud. Con absoluta sinceridad.
Puede parecer banal mi alegría por que alguien exprese su opinión aunque no parezca políticamente correcta. Pero tengan en cuenta que me paso el día navegando entre manifestaciones banales (y eso que no me dedico a la información política, donde la comunicación está nutrida exclusivamente por eslóganes) frases hechas, superficialidades varias. Me llegan al ordenador colecciones de obviedades, virus informático del que nadie habla. Y algo tan sencillo como lo que aquí relato puede devolverme la confianza.
Gamoneda mostró además un respeto exquisito por las preguntas que le hacíamos los periodistas y contestaba a ellas reflexivamente como si todas le parecieran importantes. ¡Qué diferencia con esos horribles 'canutazos' a los que nos prestamos sin rechistar (¿dónde está el orgullo profesional?) a mayor gloria de algún cargo o a esas comparecencias con preguntas prohibidas!
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